miércoles, 20 de diciembre de 2017

Entre la irracionalidad y la falta de conciencia


Una nota publicada por Página12 que nos llega a través de ECUPRES * nos cuenta del exterminio de mil seiscientos judíos en un pueblo de Polonia, de 3.000 habitantes, llevado a cabo en junio de 1941 por sus vecinos no judíos, personas de toda clase que actuaban movidas por sentimientos de superioridad y odio.

Después de leer esa nota vemos las imágenes de la brutal represión llevada a cabo por la gendarmería argentina sobre quienes manifestaban su disconformidad con la nueva ley previsional que el Congreso se disponía a aprobar. Escenas de extrema crueldad contra personas desarmadas. Gases lacrimógenos, balas de goma. Agentes de paisano infiltrados entre los manifestantes, cuya identidad se revelaba por el hecho de que colaboraran con los gendarmes a detener gente. Detenciones arbitrarias de personas que ningún daño hacían. Acciones todas ellas impropias de un estado de derecho y solo concebibles en un régimen dictatorial.

Junto a esa información, los comentarios de personas que justifican tan tremenda violencia. Algunos quizá sean de trolls, pero otros son de personas que conocemos bien. Gentes comunes que encuentran justificable tanto el actuar policial como que el gobierno se ensañe con las pensiones de la población más desfavorecida, como son las personas mayores, personas con discapacidad, pensión universal por hijo…

Lo expuesto, más lo que está ocurriendo en España, donde se da un excepcional conflicto entre el Estado y el pueblo catalán, nos mueve a reflexionar sobre la irracionalidad y la falta de conciencia de gran parte de la población argentina y española. En ambas vemos la pasividad ante el despojo social que llevan a cabo sus respectivos gobiernos. Vemos la necia aceptación de las mentiras más que evidentes que a través de los medios informativos lanzan los políticos. Lo vemos y nos cuesta hallar una explicación coherente a tanta incoherencia.

Este 21 de diciembre el pueblo catalán acude a las urnas para elegir el parlamento autonómico. El futuro de Cataluña depende en gran parte del resultado de esos comicios. En el momento de escribir esta nota no sabemos lo que va a ocurrir, pero consideramos importante dar alguna información que facilite la comprensión de lo que resulte.

Los partidos políticos que concurren a las elecciones son tres de ámbito español, tres meramente catalanes independentistas y uno catalán de izquierda no independentista. Los tres españoles son de derechas. Pero es el de más a la derecha el que más atrae a la clase obrera catalana, porque es el que más ha combatido el independentismo. Eso ocurre porque la permanente compaña independentista llevada a cabo desde 2012 ha dividido la población de Cataluña en independentistas y no independentistas. Es la guerra de las banderas a la cual se refiere Vicenç Navarro **. Y también lo explican de forma excelente Eugenio Del Río *** y Albert Recio Andreu ****
Vivimos en un mundo a la deriva, manejado perversamente por gobernantes y adláteres sin escrúpulos. Las clases privilegiadas son cada día más fuertes a la vez que las desposeídas son más débiles. Nada parece poder detener el dominio de los codiciosos. No parece importarle a nadie la insostenibilidad de nuestra forma de vida, con la evidente destrucción de nuestra casa común el planeta Tierra. Y tampoco parece fácil hacer ver a las capas de población más modestas que la insolidaridad es el camino recto hacia la esclavitud y la miseria. Ante ese conjunto de cosas, ¿qué hacer?

Seamos conscientes del momento que vivimos. La única posibilidad de sobrevivir es resistir. Resistir en los diversos frentes que el enemigo común nos presenta, que son muchos, porque como bien señaló el gran Discépolo “la lucha es cruel y es mucha”. Ante la barbarie, peleemos y aguantemos, porque el triunfo nunca es completo, pero la derrota siempre es de quienes se rinden. /PC

NOTAS






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lunes, 27 de noviembre de 2017

Lo que nos mueve


Vivimos tiempos difíciles. En unos pocos años hemos retrocedido siglos de lucha social. El absolutismo que hoy impera nada tiene que envidiar al de los viejos tiempos, cuando la realeza era quien dictaba las leyes a su antojo. Hoy quienes las dictan son las entidades financieras, las cuales no son elegidas democráticamente, como tampoco lo eran los reyes.  

Nuestra maravillosa civilización occidental, de raíz supuestamente cristiana, ha generado sociedades con muy poca conciencia social y sin más principios que la propia conveniencia. Damos por bueno lo que nos va bien y nos importa muy poco si a alguien le va mal. Propiedad privada y competencia son principios que nadie discute, pese a que están destruyendo la naturaleza y acabarán con la especie humana en menos tiempo del que la gente imagina. El capitalismo ha impuesto su ideología en todo el mundo “civilizado”.

Pese a esa falta de conciencia social que señalamos, la cual fue el motor de las luchas de clases de final del siglo XIX y principio del XX, se dan protestas colectivas. La gente sale a la calle y pone el cuerpo. Y no siempre lo hace con la idea clara de alcanzar un fin, sino con la de testificar con su presencia un descontento que late en lo hondo de la mayor parte de la sociedad. Ahí tenemos las “primaveras árabes” del 2010, el 15M español de 2011, y toda una serie de movimientos de similares características que se sucedieron y todavía se dan.

Una de las cosas que caracteriza a esos movimientos de masas es la ausencia de un fin político debidamente razonado. La gente protesta porque está harta. Si alguien les dijo que con esas protestas iban a alcanzar la Luna, puede ser que se lo crean o puede que no, pero eso no impide que salgan a la calle, porque lo que une a todo ese gentío es el hartazgo, Coinciden en su deseo de cambiar lo que no les gusta y en la necesidad de creer que con su protesta pueden desterrar la opresión y alcanzar una libertad satisfactoria.

Sin duda los poderes políticos se valen de ese sentimiento colectivo para fines que nada tienen que ver con lo que el pueblo desea. Ya vimos en qué quedaron las revueltas norteafricanas, así como la escasa repercusión política del 15M español. El poder sigue en las mismas manos y las posibilidades de quitárselo son más que remotas. La fuerza represiva de los estados es cada vez mayor y a ella hay que añadirle actualmente la capacidad de persuasión de los medios informativos que controla.

Si miramos fríamente los movimientos de protesta actuales veremos que los hay de dos clases, los espontáneos, que responden a quejas más o menos concretas de la ciudadanía, y los dirigidos, que suelen tener fines más políticos que sociales y que tienen siempre una gran carencia de reflexión colectiva en torno al objetivo final. Quienes en estos últimos se manifiestan siguen consignas, pero en ningún momento se da un debate profundo de las afirmaciones que contienen. Y así, puede ocurrir que el pueblo esté luchando por objetivos que ni siquiera sospecha.

Ninguna de las dos clases de protestas que acabamos de referir son revolucionarias. No se proponen cambiar el orden establecido sino hacer que quienes gobiernan tomen conciencia de que pueden tener una grave pérdida de votantes en beneficio de sus opositores, algo que siempre preocupa a los políticos. Son protestas vacías de esperanza. No hay estrategia ni plan alguno previamente establecido. Es casi un darle gusto al cuerpo, porque el descontento no se puede ya contener. Protestamos con la convicción honda de que nada sustancial vamos a cambiar. Pero si más no, sembramos.

Hace años que perdimos la esperanza de alcanzar la utopía. La sabemos cada vez más lejana. Pero no perdemos la Fe que nos mueve a luchar. Hacemos lo que creemos que debemos hacer. Lo hacemos con plena conciencia, con convicción profunda, porque ese hacer, ese luchar es lo que nos mantiene vivos. Lo que nos permite vivir sin esperanza, a la vez que no nos deja caer en la desesperanza.

No es triste luchar así. Somos conscientes de que el cambio no es posible, pero no nos resignamos. Somos conscientes de las grandes fronteras que hay dentro de nuestro mundo entre el cuarenta por ciento acomodado y el sesenta por ciento desposeído. Sabemos que los de arriba seguirán estando siempre arriba y que nosotros, pueblo, estaremos siempre abajo. Pero aun así protestamos. Tenemos necesidad de protestar. Somos pueblo, pero seres vivos, no objetos. Quien nos quiera esclavizar va a tener que enfrentarnos. /PC

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27/11/2017

lunes, 20 de noviembre de 2017

La rebelión del pueblo catalán


“Volveremos a luchar, volveremos a sufrir, volveremos a vencer”


Desde hace algún tiempo vivimos en Cataluña un gran movimiento de masas que reivindican la independencia patria, algo muy difícil de lograr porque atenta a los intereses del Estado español y aún de la misma Unión Europea (UE). Catalunya aporta un 20% del PIB estatal y la UE no quiere problemas territoriales en el seno de los estados que la constituyen. Difícil, pues, para las aspiraciones independentistas.

Hemos señalado en escritos anteriores como el espíritu rebelde del pueblo catalán es utilizado con fines electoralistas por algunos políticos catalanes y españoles, así como la escalada que ese movimiento ha ido tomando desde el uno de octubre hasta el presente, en que ha desbordado con creces a sus líderes. Hoy no son los políticos independentistas catalanes quienes se enfrentan al Estado sino el pueblo catalán organizado horizontalmente.

La historia nos muestra cómo a lo largo de los siglos los pueblos rebeldes han sido aplastados por los poderes a los que se han enfrentado. Las tres guerras serviles del Imperio Romano son ejemplo de ello, pero los hay muchos más. Siempre el poder organizado ha derrotado a quienes han pretendido librarse de él. De un modo u otro la esclavitud ha prevalecido. No necesariamente en la forma de seres encadenados, pero sí sometidos a violencias institucionales que les obligan a vivir dentro de los límites que los poderosos establecieron.

El catorce de abril de 1931, todavía no hace un siglo, el Estado español se proclamó República. Lo logró con la ayuda de gran parte del pueblo, al cual prometió principios de igualdad, fraternidad y libertad que la ancestral monarquía no respetaba. Pero aquellas promesas políticas no se cumplieron nunca del modo que habían imaginado quienes las recibieron. Eso dio lugar a protestas de las clases más humildes, las cuales el gobierno republicano reprimió del mismo modo que las reprimía la monarquía: a punta de bala.

Aquella República duró poco. Fue un avance importante en derechos humanos y sociales con respecto a las monarquías que la precedieron, pero no logró complacer al pueblo que la aupó. Y aun con esa insuficiencia despertó la ira de quienes veían peligrar sus privilegios ante los reclamos de los más menesterosos. Y así, el 18 de julio de 1936, un golpe militar truncó todo lo bueno que traía consigo aquel intento de cambiar la milenaria injusticia. Se desató una guerra civil que terminó en 1939 con la victoria de los golpistas. Tras ella quedó España bajo el dominio de una dictadura que duró hasta la muerte del dictador en 1975.

Durante los años de gobierno dictatorial los agravios del Estado al pueblo catalán se redoblaron. Se produjeron hondas heridas en el alma de quienes habían sobrevivido a la guerra. Pero el estado de terror instaurado por los golpistas vencedores hizo que durante mucho tiempo pocos fuesen los desafíos que la dictadura tuviese que afrontar. Aun así, la rebelión siguió viva en el alma del pueblo catalán, como lo atestiguó la gran “huelga de los tranvías” de 1951 en Barcelona y las muchas protestas que durante los años siguientes se dieron. Pese a que la huelga logró que el precio del billete no subiera, las protestas fueron seriamente represaliadas y más de un implicado fue detenido y torturado.

A partir de 1978, con la instauración del “estado de las autonomías” se inauguró un período de calma en las reivindicaciones del pueblo catalán, que terminó en 2010 cuando el Tribunal Constitucional vetó la propuesta de actualización del Estatuto de Autonomía de Cataluña. A partir de entonces se inicia un período de confrontaciones políticas entre Cataluña y el Estado, las cuales son utilizadas de forma electoralista por políticos españoles y catalanes. La intolerancia de unos y la torpeza de otros han desencadenado un continuo de protestas que ha crecido de año en año hasta el presente y ha dado pie al gobernó del Estado para iniciar represalias.

Una vez más el pueblo catalán está siendo represaliado por ese Estado español irrespetuoso. Pérdida institucional, fuga de empresas catalanas hacia territorio español, desprestigio programado del pueblo catalán ante el resto de España y, lo que es más grave, una división en el seno de la sociedad catalana entre independentistas y unionistas que será muy difícil de superar en el camino hacia esa tan deseada independencia. Peores cosas pueden todavía suceder, pero las enumeradas son ya suficientemente graves para que los responsables de tanta desgracia sean juzgados severamente. El pueblo catalán tendrá que hacer una muy honda reflexión antes de seguir en su empeño de alcanzar la independencia.

No es probable que amaine la ira de ese pueblo reivindicativo y tenaz. Barcelona, esa “rosa de fuego” como la apodaron algunos historiadores por haber sido centro de bravas rebeliones reivindicativas, no se dejará amilanar. Podrán quizá parar por algún tiempo las protestas, pero prevalecerá el espíritu de lucha contra la opresión que ha caracterizado durante siglos a este pueblo. Ningún gobierno logrará quebrarlo ni con engaños ni con violencia. Aprenderá, quizá, con la presente experiencia que debe cambiar de estrategia. Pero a partir de ahora se llenarán de sentido más que nunca las palabras de Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Catalunya, fusilado por los fascistas españoles el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuïc de Barcelona: “Volveremos a luchar, volveremos a sufrir, volveremos a vencer”. /PC

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jueves, 9 de noviembre de 2017

El conflicto hispano-catalán en tela de juicio


En los acontecimientos políticos, la bondad y la maldad, por ser valores morales, cuentan poco.


Ha transcurrido un mes desde el uno de octubre (1-O), fecha histórica en Cataluña que difícilmente se borrará de la memoria de quienes la vivieron. La República Catalana ha sido proclamada por los políticos independentistas. El Estado español ha reaccionado encarcelando a quienes la proclamaron y encausando a los líderes de las organizaciones pro independencia. Cataluña tiene suspendida su autonomía y está en manos del gobierno español.

Nada hace pensar que la proclamada República Catalana tenga posibilidad alguna de convertirse en un estado independiente mínimamente reconocido. Y no obstante, las dos grandes entidades bancarias catalanas han trasladado su sede fuera de Cataluña, y también lo hacen numerosas empresas grandes y no tan grandes. Las cadenas de TV catalanas y españolas siguen ocupadas por el proceso independentista, pero no van más allá de lo puramente anecdótico. ¿Por qué no van a la raíz del conflicto? 

Cuando se trata de política suele ocurrir que por encima de los derechos de los pueblos se habla de sus gobernantes, ya sea para señalar la sinvergüencería con que actúan unos o para elogiar sus supuestas virtudes. No queremos caer en eso, porque sabemos bien que ahí están las trampas. Pero ahora en Cataluña hay dos contendientes en lucha y vamos a tratar de ver qué de bueno y qué de malo nos trae esa pelea.

Vaya por delante que rechazamos las leyes impuestas por la fuerza, como lo es la presente Constitución Española, fraguada a la muerte del dictador por sus secuaces para seguir detentando el poder bajo una apariencia de democracia. No entraremos pues a discutir legalidades sino estrategias y conductas.

Desde el inicio de eso que llaman democracia, en 1978, la derecha española gobernante no ha desperdiciado ocasión de hacer méritos para despertar la ira del pueblo catalán. Incluso hay políticos que hacen del ataque a Catalunya un arma electoral. El principal agravio al pueblo catalán es el incumplimiento de las obligaciones presupuestarias que fija el estatuto de autonomía. Pero entre las más recientes está el ninguneo que el gobierno presidido por Mariano Rajoy ha hecho de las demandas de los políticos catalanes.

Las ofensas de los gobiernos españoles fueron capitalizadas por Artur Mas, presidente entonces de la Generalitat de Catalunya, para lanzar una campaña independentista que empezó en 2012 y todavía sigue. Resultado de ella es la actual situación por las que atraviesan las instituciones catalanas y algunos de sus políticos. La pregunta que nos viene a la mente es si esta desgracia institucional y económica que estamos padeciendo en Cataluña forma parte de la estrategia de Artur Mas y sus colaboradores, o si ha sobrevenido por causa de su torpeza.

Empecemos por la segunda suposición. ¿Se han encontrado los líderes independentistas catalanes con que habían puesto en marcha un movimiento ciudadano que les ha sobrepasado y no lo han sabido o podido detener? ¿Qué puede haber impedido al presidente Puigdemont disolver el parlamento catalán y convocar elecciones autonómicas según prevé el estatuto de autonomía para evitar la represión del Estado?

Si pasamos a la primera suposición, la de que esta situación estaba buscada, debemos preguntarnos con qué objetivos y qué fin. ¿Es el triunfo electoral de Artur Mas el objetivo primero de esta campaña independentista? ¿Pretenden poner en evidencia la falsa democracia del Estado español para así fomentar el independentismo? ¿Está inspirada su estrategia en el Alzamiento de Pascua irlandés de 1916 pero sin armas ni muertos, solo con independentistas encarcelados?

Reiteradamente nos hemos mostrado contrarios a toda clase de opresión, sea personal o colectiva. Entendemos que los pueblos tienen derecho a decidir democráticamente su destino. Sabemos que el Estado español no respeta los más elementales derechos exigidos en el marco de la Unión Europea. Pero la culpa de una parte no exculpa a la otra. Veamos. ¿Pensaron en algún momento los líderes independentistas en los daños que ese alzamiento podía comportar al pueblo catalán?

Lamentamos todo lo que está ocurriendo en Cataluña. La revuelta independentista ha creado una brecha social que va a perdurar. Después de más de medio siglo de vivir en paz gentes provenientes de diversos lugares de España, ahora se enfrentan identidades patrias en el seno del pueblo. No podemos sino censurar la conducta de los gobiernos causantes de ese gran daño social, los  cuales son, a nuestro juicio, tanto el antidemocrático gobierno español como el catalán que ha fomentado el independentismo.

Ni la intolerancia constitucional ni la división independentista nos parecen caminos aceptables. El deber de todo gobernante es velar por el bienestar del pueblo con base a los principios de libertad, igualdad y solidaridad. Todo lo que se aparte de ellos merece ser rechazado. Ningún pueblo que acepte otras vías va por buen camino. Por más que logre triunfos, acabará a la larga cosechando derrotas, porque con su mal hacer habrá perdido el mayor de sus valores: la dignidad humana. /PC


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viernes, 27 de octubre de 2017

Por las sendas del odio


Pertenecer a un pueblo significa llevar grabada en el alma, a modo de ADN, el alma de ese pueblo.


En el corazón de quien esto escribe hay dos pueblos que desde muy temprana edad han protagonizado los relatos familiares. Su Catalunya natal y la Argentina paterna. Barcelona, la de las luchas obreras contadas por la abuela que vivió inmersa en ellas; pero también la de las alegrías, no menos obreras, narradas por una madre que desde muy joven amó esa ciudad como propia. Y un Buenos Aires lejano, evocado por los tangos que con linda voz cantaba esa dulce madre a impulso del amor que la unía a un hombre enamorado de esa República Argentina en que vivió los primeros años de su vida.

Hoy esos dos pueblos amados viven momentos de verdadera angustia. Uno completamente en manos de un gobierno neoliberal que sembrando odio se ha hecho dueño de la situación y amenaza con arruinarlo de por vida.  El otro, liderado por gente ambiciosa carente de artes políticas, ha trocado el amor patrio en odio hacia el Estado español hasta el punto de lanzarlo ciegamente a una confrontación que pudiera llegar a ser violenta. Dos hechos terribles que nos afligen y nos llenan el alma de pena.

Por las sendas del odio no se alcanza la vida. Solo la destrucción y la muerte llevan consigo quienes las siguen. Frutos del odio son las guerras, pero también otros males no tan graves pero sí lo suficiente como para hacerlas posibles. La xenofobia, el ruin clasismo, la insolidaridad que aísla, la irreflexión, el fanatismo que ciega y no deja ver la viga en ojo propio. Con el odio se ningunea a quienes disienten y así desaparece el diálogo y la convivencia.

Cargados de mentiras y de falsas promesas van haciendo camino los sembradores de odio, rodeados de mercenarios que ocultan sus fraudes. Grandes coros de voceros a sueldo y de necios voluntarios repiten hasta la saciedad las mentiras y consignas que expertos en manipulación de masas diseñaron. La ilusión vence a la realidad y el pueblo necio cae en la trampa de aplaudir a quien le ganó el corazón con cantos de sirena. Y así vemos a gentes humildes dar soporte a políticos neoliberales que van a aumentar la pobreza a los pobres y la riqueza a los ricos.  

En el ámbito político la maldad impera. Vale todo, menos perder. Si hay que mentir, se miente. Si hay que matar, se mata. Solo hay trampas si se ven; cuando no se ven, no hay trampas. Es cosa de estrategias, no de principios. Ganar es lo único que cuenta. La verdad depende de la simpatía que merece quien la proclama. La razón perdió la baza y cualquier adulador puede llevarse el gato al agua.

Grandes males traen siempre los sembradores de odio. Quienes han gobernado en el Estado español desde que los fascistas impusieron su ley en abril de 1939 han sembrado odio en abundancia. Pero quienes con fines electoralistas han atizado ese odio desde 2012 hasta el presente en Cataluña han abierto la caja de Pandora. El pueblo catalán está ahora expuesto a la ira de un Estado poderoso. Las consecuencias pueden ser muy graves.

No estamos de parte del Estado opresor. Nunca lo estuvimos y ahora menos. Pero no aprobamos lo que han hecho los líderes catalanes. Han proclamado la República Catalana a petición de menos de un tercio de la población sin que haya habido ningún referéndum legal vinculante. No nos parece justo. Las patrias no se imponen sino que se gestan mediante la solidaridad, la libertad y la igualdad de oportunidades. El respeto es fundamental para la convivencia. No es justo que las minorías impongan su voluntad a las mayorías.

La independencia de Cataluña no debió ser nunca un fin en sí misma sino que debió serlo la consecución de una sociedad más justa que la actual. Nos atrevemos a decir que todo lo que se aparte de esa senda nos va a llevar por mal camino. Por esa razón no pensamos que una Cataluña que se construye a partir de un sentimiento identitario que no comparte ni la mitad de la población pueda traer un mayor grado de justicia.

La República que el parlamento catalán acaba de proclamar no parece que tenga ninguna posibilidad de mejorar las condiciones de vida del pueblo. En cinco años que ha durado el proceso independentista no se ha hablado nunca de cómo sería ese futuro estado catalán. Pero sabemos que quienes lo han estado promoviendo son partidarios de las políticas neoliberales de la Unión Europea, lo cual no augura nada bueno. Eso aparte, el gobierno español hará cuanto esté en su mano para someter de nuevo Cataluña a la legalidad española.

La independencia patria hoy proclamada tiene aspecto de ser un brindis al Sol. Todo hace pensar que se avecinan tiempos aciagos para el pueblo catalán. Pero también cabe pensar que la osadía catalana pueda servir para que en el Estado español haya quien entienda la conveniencia de dar paso a una estructura más afín con las idiosincrasias de los pueblos que lo componen. Si eso se diese, las penas que nos pueda traer la infracción de la vieja Constitución de raíz dictatorial valdrían la pena. /PC

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lunes, 23 de octubre de 2017

Quo vadis, Catalunya?


El pueblo catalán lleva años defendiéndose de los abusos del Estado español. Esa defensa ha tenido momentos muy dolorosos. Los gobernantes españoles no han regateado crueldad en sus represiones. El pasado uno de octubre el mundo entero pudo percatarse de ello cuando vio cómo la policía española apaleaba a gente indefensa para impedir que depositasen un voto en una urna.

El combate de Cataluña contra España es un símil del bíblico David contra Goliat pero sin honda ni piedras. Catalunya está completamente desarmada frente a un Estado dispuesto a someterla y humillarla. No parece que nada ni nadie vaya a ayudar al aguerrido pueblo catalán. Y no obstante sus líderes siguen empecinados en su plan hacia la independencia. Nos asaltan dudas. ¿Cuáles son los objetivos y cuál es el fin de esta gran revolución de colores que desde hace cinco años está llevando a cabo el pueblo catalán?

No es fácil responder a la pregunta que acabamos de formular. Como suele ocurrir en el ámbito político, nadie dice la verdad y quien no miente oculta información. Las certezas de triunfo en la lucha por la independencia patria que el gobierno catalán estuvo pregonando a través de sus medios informativos suenan cada vez más a cantos de sirenas. Empieza a haber desconcierto entre la gente. ¿Cuál es la estrategia de los líderes independentistas, si es que tienen alguna?

El pueblo que reivindica la independencia patria se mantiene firme, pero ante las amenazas del gobierno español, que cada vez recuerdan más la época de la dictadura, mucha buena gente que hasta ahora admiraba y apoyaba a quienes se enfrentan a la brutalidad del gobierno estatal cambia de bando y acusa a los independentistas de poner en peligro la autonomía de Cataluña.

La “justicia” española ha empezado ya a actuar con mano dura. Ha encarcelado a los máximos responsables de Omnium Cultural (OC) y Assemblea Nacional Catalana (ANC), las dos organizaciones civiles promotoras de las grandes manifestaciones pacíficas que se han llevado a cabo desde 2012 acá. Ha encausado a diversos funcionarios y dirigentes catalanes y está activando la intervención del gobierno español en las instituciones catalanas. ¿Se estará abriendo la caja de Pandora para el pueblo catalán?

Para entender bien todo lo que está sucediendo hay que dejar de mirar la Luna y empezar a mirar el dedo que la señala. Según indica ese dedo, el fin de todo este movimiento es la independencia de Catalunya, algo que entusiasma a gran parte de la población catalana. Pero a la vista de los hechos, la pregunta que nos hacemos es: ¿qué dejamos de ver en nuestro entorno mientras miramos la lejana Luna?

El gobierno catalán que desde 2012 viene promoviendo el movimiento independentista es el mismo que restringió presupuestos a la sanidad pública catalana y privatizó parte de sus servicios. Y el partido político al cual pertenecía ese gobierno era el mismo que durante 23 años gobernó en Cataluña bajo la presidencia de Jordi Pujol, a quien se le descubrió un importante sistema de coimas. El actual presidente Puigdemont pertenece al mismo partido, al cual el ex presidente Artur Mas maquilló con un cambio de nombre.

Si bien se mira, los actuales dirigentes de Cataluña son neoliberales a ultranza. Las políticas que vienen aplicando desde que empezaron a gobernar en diciembre de 2010 han sido nefastas para el pueblo catalán. Diversas organizaciones civiles y profesionales se movilizaron en contra y obligaron a enmendar algunas decisiones gubernamentales. Siendo pues miembros de ese partido quienes animan al pueblo a pensar solo en la independencia, ¿no cabe sospechar que puedan tener algún interés en mantener fija la atención en ese lejano y difícil objetivo? ¿Y no cabe pensar que ese propósito coincide con el del gobierno del Estado por razones similares?

De la fidelidad del pueblo catalán a su ideario patriótico cada vez cabe menos duda. Pero sí que cabe tenerla de quienes lo gobiernan y dirigen. ¿Cuál es su verdadera intención? ¿Por qué afirmaron tener soportes internacionales que ahora se ve claramente que nunca existieron? ¿Por qué adoptan esa actitud arrogante frente al gobierno del Estado sabiendo que nos puede quitar de un momento a otro gran parte de lo que ahora gozamos como pueblo? ¿Por qué animan al pueblo catalán a poner el cuerpo para detener los embates de esa represión española que irracionalmente quiere aplastar a este pueblo que mantiene una ancestral lucha contra tiranos y opresores?

No se debe confundir nunca un pueblo con sus gobernantes. No siempre es cierto que cada pueblo tenga el gobierno que merece y mucho menos ahora que los medios de información están en manos de los poderosos y cuentan con grandes equipos de especialistas en desinformación. El pueblo catalán no es mejor ni peor que cualquier otro pueblo, razón por la cual es igualmente vulnerable. A su vez, la clase dirigente catalana es tan cuestionable como lo es la española. No hay razón, pues, para no sospechar que tras esta enconada guerra de banderas no se escondan espurios intereses por ambas partes. Démosle tiempo al tiempo.

Todas las revoluciones de colores que conocemos han terminado mal para los pueblos que las han llevado a cabo. ¿Será también la nuestra una de ellas? ¿Será el pueblo catalán víctima de la ambición de unos desalmados gobernantes? /PC

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domingo, 15 de octubre de 2017

La independencia de Catalunya en tiempo de prórroga



El pasado martes, 10 de octubre de 2017, el presidente del gobierno autonómico catalán Carles Puigdemont convocó al Parlament de Catalunya para proclamar la República catalana y hacer pública su voluntad de asumir la responsabilidad que como presidente del gobierno de la Generalitat le corresponde.

Un gran despliegue de medios informativos, de ámbito nacional e internacional, esperaba el acontecimiento. Fuera del recinto ajardinado donde está enclavado el edificio del parlamento catalán, una ingente multitud seguía mediante grandes pantallas lo que sucedía dentro.

La reacción del público tuvo tres fases: una primera de gran expectación, de gente anhelante que esperaba escuchar las palabras del presidente; una segunda fase de euforia total, de gritos de alegría que surgían de lo hondo del alma de aquel gentío emocionado; y una tercera fase de estupor, de desilusión y desencanto cuando el presidente Puigdemont, tras proclamar su decisión de ser el primer presidente de la República Catalana añadía que la misma quedaba en suspenso hasta nueva decisión.

Puigdemont explicó que la dilación tiene por objeto dar al gobierno español la oportunidad de sentarse a negociar. ¡Negociar! ¿Qué es lo que queremos negociar? ¿Qué es lo que se puede negociar con quienes nos niegan hasta el más elemental derecho a expresarnos mediante un simple voto? Esas y otras de semejante orden son las preguntas que se hace ese pueblo independentista que lleva cinco años escuchando las glorias que nos traerá una Cataluña libre. Cinco años escuchando que la independencia era posible, que no había que negociar nada sino simple y llanamente proclamarse independiente. ¿Cómo entender y aceptar ahora que no es así?

Desde 2012 acá, el proceso independentista catalán ha sido tema casi exclusivo en los medios de difusión controlados por el gobierno catalán. Se ha enfervorecido al pueblo de mil y una maneras. Se han activado métodos de propaganda de alto rango, llevados a cabo por especialistas de primer orden. Y lo que es más grave, se han hecho afirmaciones que finalmente se ve que no responden a la realidad, tales como que había un alto consenso internacional a favor de la independencia de Cataluña.

Como todo colectivo humano necesitado de Fe, gran parte del pueblo catalán ha creído fervorosamente todo lo que se le ha dicho en relación con el futuro de esa Catalunya independiente soñada. Lo ha creído, lo ha interiorizado y ha puesto el cuerpo para defenderlo.

A tenor del fervor despertado, las redes sociales han estado polarizadas en extremo. No ha habido posibilidad de diálogo alguno entre quienes querían proclamar la independencia y quienes ofrecían objeciones. El independentismo se ha comportado durante ese tiempo como cualquier identidad fanática, sin aceptar dudas ni críticas. Finalmente la realidad muestra lo que hasta el presente se había estado ocultado: que la independencia soñada no es posible.

La independencia no es posible por varias razones y muchas sinrazones. La primera y mayor sinrazón es que quienes tienen el poder en España y en la Unión Europea (UE) no lo van a consentir. Otra sinrazón, aunque de menor orden, es que hay en España un alto grado de españolismo. Todavía pervive en muchos corazones el espíritu golpista de 1936. Son resabios de la dictadura fascista que con el beneplácito de buenas gentes que nunca se metieron en política oprimió al pueblo español. Esas buenas gentes son las que hoy dan soporte al sistema imperante.

Tras las sinrazones empiezan a aparecer las razones. Las hay de orden económico, las cuales habría que ver hasta qué punto son razonables. Y las hay de orden identitario, las cuales en opinión de quien esto escribe son a todas luces razonables. Dada la diversidad de origen de la actual población de Cataluña, más de la mitad de ella tiene raíces españolas, no catalanas, y mantiene vínculos familiares y de amistad con su tierra de origen, lo cual merece mucho respeto.

A nadie se le oculta que la relación entre el Estado y Cataluña es inadmisible. El pueblo catalán viene siendo maltratado por los gobiernos españoles desde muy remotos tiempos, pero de un modo especial desde que se instauró en España la dictadura del golpista Franco. Nada que ver con lo que padecieron el resto de los pueblos de España. La falta de respeto por los más elementales derechos de las personas ha sido notoria en Cataluña. Gran parte del pueblo catalán se ha sentido lastimada. No es gratuito pues el deseo de no seguir estando bajo el dominio de ese Estado maltratador gobernado por continuadores del régimen fascista.

Hay que acabar con los maltratos. Hay que acabar con esa relación ignominiosa. Y si por parte del Estado maltratador no hay voluntad de cambio, el pueblo catalán se tiene que alzar. La rebelión catalana no es un capricho sino una necesidad vital.

Pero la presente indignación de la población catalana ante la declaración de su presidente está más que justificada. A nadie le gusta que le engañen. A nadie le gusta que manipulen sus sentimientos. A nadie le gusta que sin ninguna explicación previa se haga lo contrario de lo que se le había prometido. Lo que ha hecho Puigdemont puede ser un loable gesto de prudencia, pero el modo como lo ha hecho, con total desprecio del pueblo que le ha dado soporte es inaceptable.

Mucho tienen que aprender los políticos catalanes para merecer el respeto del pueblo que gobiernan. Mucho tendrán que aprender también los españoles si no quieren que el conflicto catalán se eternice, que camino lleva de hacerlo. Pero acá, de los políticos españoles nada se esperaba ni se espera. En tanto que sí se confiaba en los que hasta el presente han liderado este pueblo que alza la voz y pone el cuerpo para reclamar un trato digno.

No sabemos cómo terminará el presente round entre el gobierno de España y los políticos catalanes. Ambos contendientes se han dado un tiempo de prórroga, un alargue, como se dice en términos futbolísticos en algunas partes del mundo. Pero sea como sea, no va a terminar como el pueblo independentista esperaba. Es obvio que no habrá independencia.


Nos duele en el alma pensar que el pueblo catalán pueda tener motivos para dejar de confiar en quienes hasta ahora han sido sus líderes. El riesgo existe, porque la fidelidad es sagrada cuando de sentimientos se trata. Y el incumplimiento de lo pactado, sin previo aviso, aun cuando haya para ello razones y causas, a nadie agrada. Pero de humanos es errar y de sabios enmendar. Ojalá que no haya demora en la enmienda. /PC

martes, 26 de septiembre de 2017

El desafío catalán al gobierno español

Cuando la injusticia se convierte en ley, la rebelión se convierte en deber. (Thomas Jefferson)


Legal no es sinónimo de justo. Lo legal es lo que acuerdan quienes tienen el poder. Gran parte de las legalidades vigentes fueron proclamadas al amparo de violencias generadoras de injusticias. La Constitución española vigente es legal pero no es justa. Fue redactada siguiendo indicaciones de ministros franquistas y bajo amenazas del ejército. No fue un acuerdo entre poderes libres sino la imposición de los más fuertes.

El pueblo catalán ha padecido siempre la opresión de la clase privilegiada catalana amparada en el poder estatal español. Numerosas revueltas a lo largo de la historia así lo atestiguan. Siempre fue el Estado español quien las aplastó. Esa es la razón por la cual la burguesía catalana no ha querido nunca la independencia de Cataluña. Y esa es una de las razones por las cuales el pueblo catalán no desea permanecer bajo la tutela de ese Estado represor.

En Cataluña, como en cualquier lugar del mundo, si algo caracteriza a las clases privilegiadas es su sagacidad para medrar a costa de los más humildes. El egoísmo es el principal rasgo de quienes acumulan riquezas y poder. El sentido de comunidad es, por el contrario, lo que salvaguarda los intereses de las clases humildes y da fuerza a los pueblos para defenderse.     

Cuando se unen en un mismo acto de rebeldía parte del pueblo y algunas de las clases dirigentes, la rebelión contra el poder dominante estalla. Y eso es lo que acontece en el momento presente en Cataluña. Un gobierno autonómico de derechas que se hallaba en minoría parlamentaria buscó el apoyo de organizaciones populares y éstas han aprovechado la ocasión para manifestar su rechazo a la opresión del Estado español. No es un nacionalismo romántico el que mueve al pueblo catalán que se declara en rebeldía sino la injusticia padecida a lo largo de los tiempos, que late vivamente en su conciencia.

Una vez más el Estado español ha reaccionado contra la rebeldía. Tras rechazar toda consideración sobre el abuso económico que sufre la comunidad catalana por parte del Estado, ahora pretende ahogar las protestas acogiéndose a la injusta ley que las provocaron. En vez de sentarse a dialogar con los representantes catalanes para reconsiderar la política de expolio a la cual está sometida esa comunidad, los gobernantes españoles pretenden acallar las protestas mediante la represión, tal cual se hacía en tiempos de la dictadura, de la cual son verdaderos continuadores en ideología y métodos.

Las relaciones entre colectivos humanos son conflictivas casi siempre. De aquí la conveniencia de que haya gestores para abordar con justicia e inteligencia los conflictos. En los nefastos años de la dictadura, entre 1939 y 1975, cuando en España se vivía bajo un régimen de terror, los conflictos ideológicos y políticos estaban prohibidos. Toda discrepancia con la actuación de quienes gobernaban era severamente castigada. La violencia ocupaba el lugar de las palabras. Represión y castigos eran las respuestas del gobierno a toda acción que considerasen subversiva.  Un tribunal llamado Tribunal de Orden Público juzgaba a quienes se acusaba de desacato al régimen. Sus sentencias eran severas.

Acabada la dictadura, ya en tiempos de eso que quienes gobiernan vienen a llamar democracia, el viejo Tribunal de Orden Público ha sido sustituido por el Tribunal Constitucional, el cual tiene por misión hacer cumplir a rajatabla la Constitución en todo el ámbito estatal. Los derechos y deberes que en el momento de la transición de la dictadura a la democracia se otorgaron a las comunidades autónomas son indiscutibles. La Constitución es sagrada. Sus orígenes se consideran legítimos al igual que se consideraron en aquel momento. Que los tiempos hayan cambiado y las necesidades sean hoy otras no importa a quienes gobiernan, fieles servidores de los poderes fácticos, criminalizadores del disenso y la protesta. No es extraño que con tales actitudes la discrepancia haya llegado a extremos como el que vivimos.

Quienes controlan el Estado español no están dispuestos a perder los ingresos provenientes de Catalunya, el mayor proveedor de dinero público para el despilfarro organizado que asola al Estado. El pueblo catalán y su gobierno están hartos de tanto abuso de poder, por lo que ante la negativa al diálogo por parte del gobierno español optan por independizarse.

Siempre es el miembro abusado quien pide el divorcio y siempre es el abusador quien se opone. Y así, en el día de hoy, un ingente número de policías a las órdenes del Tribunal Constitucional registra sedes públicas y privadas en Cataluña y detiene personas acusándolas de sedición. Una vez más el pueblo catalán padece el ataque del Estado español opresor. ¿Hasta cuándo seguirá ese orden de injusticia? Quienes tenemos fe en la lucha de los pueblos sabemos que no será para siempre. /PC

Publicado en ECUPRES

jueves, 14 de septiembre de 2017

La ilusión del pueblo y la estrategia de quienes gobiernan


Cataluña ha celebrado ya el 11 de setiembre de 2017, su fiesta patria. Según promesa de los líderes del proceso independentista, esta será la última que se celebrará bajo el dominio del reino de España porque, según ellos, el referéndum del próximo uno de octubre y la voluntad del pueblo catalán harán posible la independencia. Y eso será así pese a que la Constitución del reino de España niegue ese derecho. Pese a que el gobierno del Estado lo impida. Pese que el gobierno catalán no tenga fuerza alguna que oponer a la fuerza del Estado. Pese a que solo los convocantes se obligan a respetar el resultado de la consulta. Nada de eso importa, porque de lo que se trata no es de lograr la independencia sino de mantener viva en el pueblo la ilusión de alcanzarla.

A nadie se le oculta la fuerza movilizadora de las ilusiones. El amor mueve montañas, suele decirse. Pues bien, ¿cuál es la base del amor sino el enamoramiento? ¿Y cuál es la del enamoramiento sino la ilusión? No nos enamoramos de la realidad del ser amado sino de lo que nuestra ilusión hace que veamos en él. Luego para liderar hay que saber ilusionar, porque sin ilusión no se enamora y sin amor no hay fuerza que mueva nada. Y los líderes necesitan la fuerza del pueblo para alcanzar sus objetivos, los cuales las más de las veces no son los que anuncian y prometen sino otros muy contrarios. Nada nuevo pues, ya que el arte de la política es desde muy antiguo el arte del engaño.

Pero que nadie interprete mal mis palabras. Ninguna ilusión arranca de la nada. Los espejismos nacen de realidades imperiosas. Nadie alucina un oasis si no está muriendo de sed. Y de sed muere un pueblo cuando el poder controla la fuente y da con cuentagotas el agua necesaria para existir. Sin una fuerte sed de justicia y respeto nadie hubiese podido lanzar al pueblo catalán a la calle.

En esta España, que desde 1939 viene siendo de vencedores y vencidos, hay miles de almas que sienten viva la humillación de la dictadura franquista. Unos la padecieron. Otros crecieron en un entorno que la padeció. Otros la padecen ahora por la política de recortes que el gobierno español dispone. Y a unos y otros les ilusiona la posibilidad de un cambio que aleje tanta desgracia. No importa que ese cambio sea un espejismo. Los cambios ilusionan a todo el mundo, aunque sean pura fantasía.

Tanto la derecha catalana como la vasca han ocultado su complicidad en la aceptación de la política neoliberal impuesta por la UE. Lo calló la TV española. Lo calló la vasca, controlada por la derecha. Y lo calló la catalana, que también es de derechas. Tan solo voces con muy poca capacidad de difusión lo denunciaron. Pero el pueblo no se enteró porque no quiere indagar. Prefiere soñar, pasar la responsabilidad del cambio a los líderes designados por el poder para que el público elija, ¿Qué cambios puede haber así? ¿Quién va a cambiar nada si siguen mandando los de arriba? ¿O acaso hay alguna diferencia entre la derecha de un país y la de otro? No la hay. Es en los pueblos donde están las diferencias. Hay pueblos sumisos y los hay rebeldes. Hay pueblos inconscientes y los hay con alma y conciencia.  

Las relaciones entre los gobiernos catalán y español andaban revueltas desde que el catalán presidido por el socialista Pascual Maragall sustituyó al conservador de Jordi Pujol en 2003. La tozudez del gobierno español en rechazar la actualización de la autonomía catalana que el gobierno catalán proponía aumentó el descontento entre quienes tenían vivo el espíritu de resistencia contra el franquismo. La actitud nada dialogante del aparato estatal español que se comportaba como en tiempos de la dictadura avivó el afán de independencia.

La derecha española ha sufrido muchos y muy inesperados ataques desde que el 15 de marzo de 2011 aparecieran las acampadas de indignados en diversas poblaciones. Gran parte del pueblo que solo miraba la TV empezó a escuchar otras voces y a enterarse de la corrupción de quienes gobiernan. El gobierno catalán también fue acusado de complicidad por colectivos diversos. Les era pues urgente a ambos desviar la atención del pueblo hacia algo que pudiese motivar a gran parte de la población. Nada mejor para ello que hacer del afán catalán de independencia el principal centro de debate. El mismísimo Marx advirtió en su día que el nacionalismo es el gran antídoto contra la lucha de clases.

A tal fin se puso en marcha en el parlamento catalán un proceso de desobediencia al Estado español. Se aprobó recientemente una ley de ámbito autonómico que tiene como objetivo celebrar un referéndum para decidir si Catalunya debe seguir siendo parte del Estado español o si tiene que ser una república independiente. El gobierno español ha pasado al Tribunal Constitucional la responsabilidad de prohibir dicha consulta. Los jueces la prohíben y movilizan a las distintas fuerzas policiales del Estado para que impidan el acto que el gobierno catalán tiene programado. El gobierno catalán no se arredra y asegura que el próximo uno de octubre llevará a cabo la consulta. Las espadas están en alto. /PC

domingo, 10 de septiembre de 2017

Carta abierta a Lidia Falcón a propósito de su escrito “La historia falseada”, publicado con fecha 18/06/2017 en el blog “Perroflautas del Mundo”. *


Señora Lidia Falcón,

Antes de hacer algunos comentarios a su escrito quiero manifestarle la admiración que desde hace años siento por su talento y bravura al escribir. Casi siempre comparto todo lo que usted dice, pero hoy disiento de su parecer en algunos puntos que me parecen importantes.

Estoy plenamente de acuerdo con usted en que la derecha catalana ha impulsado el movimiento independentista que latía en lo honde de una parte del pueblo catalán para ocultar el latrocinio que están cometiendo y así permanecer en el poder. Y pienso que eso le ha ido de maravilla a la derecha española. Los de acá por la independencia. Los de Madrid por la unidad de España. Ambos por el robo a mansalva y por distraer al pueblo. Pero no creo que el movimiento independentista pretenda “separar a los trabajadores y a las mujeres de los pueblos de España, enfrentándolos entre sí”, como usted señala. Que ese pueda ser uno de los riesgos de posicionarse, no se lo niego, pero no comparto que sea ese el objetivo.

Hace usted una muy interesante exposición histórica de la lucha obrera en tiempos de la II República, pero omite algunos detalles importantes. Es cierto que Durruti llamó a defender la República amenazada por el fascismo, pero no lo es menos que cuando lo hizo dijo que después de derrotar a los fascistas tendrían que luchar contra la República para defender los derechos de los pueblos que la constituían. Eso usted lo ha omitido. Como también ha omitido que aquella II República disolvió huelgas y manifestaciones a punta de bala. Quienes desde posiciones de izquierda la defendieron en tiempo de guerra estaban poniéndose al lado del menos malo. Algo que usted ahora no hace al posicionarse al lado de quienes niegan al pueblo catalán el derecho a manifestarse en referéndum.

Otra cosa que no comparto es su negación al derecho del pueblo catalán a ser independiente y gobernarse por sí mismo porque solo fue una parte de la Corona de Aragón. Lamento de veras que recurra usted ese argumento porque en eso coincide con un fascista vecino mío. Y no es que quiera compararles, pero sí señalar esa coincidencia que, a mi ver, viene de confundir los pueblos con las organizaciones político-administrativas que los gobiernan.

No son estados ni reinos ni condados sino pueblos lo que importa. Pueblos de gentes oprimidas por otras gentes que pactaban alianzas entre ellas para poder oprimir más y mejor al mayor número de desdichados posible. Esos desdichados son los pueblos. Pueblos con costumbres y lenguas que pocas veces fueron respetadas por quienes los gobernaban y explotaban.

Los pueblos son entes naturales, en tanto que los reinos y estados son organizaciones artificiales hechas a espaldas de los pueblos. En la línea que usted razona, tener una lengua propia y una cultura milenaria no parece que sea suficiente para considerarse nación y tener derecho a gobernarse según criterio propio. ¿Qué hacía falta pues, una corona otorgada por poderes superiores a los del pueblo?

Me parece evidente que hay tantas historias como historiadores y que cada cual lee la que más le acomoda. El 11 de setiembre catalán no es una excepción. Por esa razón me tiene sin cuidado lo que pueda haber sucedido en 1714. Lo que de veras me motiva es lo que he vivido desde que tengo memoria: la opresión de  un Estado español fascista. Ese Estado genocida, enemigo de los pueblos desde siempre, gobernado hoy por autoritarios descendientes de la dictadura me impidió aprender mi lengua materna en la escuela. Ese estado, amo y señor de todos sus ciudadanos, se llevó mi padre al frente cuando yo era un recién nacido y no me lo devolvió hasta tener cumplidos cuatro años. Esa España que hoy niega sus derechos al pueblo catalán está gobernada por los descendientes de quienes bombardearon mi ciudad y mataron a mi abuelo materno. Quienes se hicieron dueños absolutos del Estado español impusieron la religión católica en las escuelas y nos catequizaron desde la infancia según la sacrosanta doctrina de esa Santa Madre Iglesia cómplice de todos los crímenes que los golpistas cometieron. Ese Estado español, contra el cual usted dice que debemos unirnos todos los desposeídos para luchar, ha mantenido durante años a la clase obrera en la miseria y sigue ahora favoreciendo la desigualdad entre ricos y pobres para beneficio de los privilegiados... Eso y un montón de cosas más por el estilo es lo que yo he vivido en relación con el Estado español. En cuanto a la burguesía catalana, la mayor parte de ella se puso de parte de los vencedores y a su amparo siguió explotando a la clase obrera. No me extraña que Maria Aurelia Campmany odiase a esos burgueses y tildase de fascistas a los que renunciando a su lengua hablaban en castellano para congraciarse con los vencedores. Yo no les hubiese llamado fascistas sino desalmados, gentes sin conciencia ni principios, lo que a mi ver es peor que ser fascista.

No voy a analizar punto por punto su discurso, estimada señora, porque sería una tarea ardua y no serviría para nada. Usted se quedaría con su opinión y yo con la mía, que es lo que ocurre casi siempre en las discusiones. Pero no quiero concluir esta nota sin hacerle la siguiente observación.

Todos los seres humanos, sin excepción, somos fruto de lo que hemos vivido. Aun en nuestros anhelos personales más contradictorios esa ley es inexorable. No es fatalismo sino observación de la realidad. Eso que en lenguaje coloquial llamamos corazón dicta todo lo que elaboramos intelectualmente. Es a partir de ese principio como analizo yo mi pensamiento y el de quienes me rodean.

Usted se declara catalana hija de emigrantes. En parte yo también lo soy, pues mi madre era aragonesa. Llegó a Barcelona con diez y seis años y lo primero que hizo fue aprender catalán, pues era muy consciente de que llegaba a tierras catalanas, las de un pueblo que no era el suyo. Cuando años más tarde se conocieron con mi padre, ambos hablaban catalán y así siguieron. Por eso mi lengua familiar fue el catalán.

No ha sido esa la actitud de todas las gentes que vinieron a Cataluña desde el resto de España. No todas tuvieron ese elemental respeto por el pueblo que las acogía. Gran parte de ellas llegaron acá creyendo que tenían pleno derecho. No porque pensasen en un mundo sin fronteras sino porque de no saberse en tierras de España se hubiesen sentido gente extranjera. Un modo de pensar nada utópico sino muy conforme con la violencia que determina estados y fronteras.

La mayor parte de la gente que vino a instalarse a Catalunya no traía más objetivo que el de mejorar su forma de vida, algo muy primario pero muy humano. A nadie se le oculta que la mayor parte de las migraciones han sido motivadas siempre por razones similares. El hambre, la supervivencia, la ambición también, han sido los poderosos motores que han impulsado a las gentes a moverse más que a querer cambiar el mundo que habitaban. Pocos son los seres humanos que ponen la utopía en el primer plano de su vida. Eso explica, a mi ver, que ni la lucha de clases haya podido evitar caer en la codicia. Los sindicatos y los partidos de izquierdas están hoy día tan emponzoñados como la mayor parte de la sociedad, incluida la clase obrera. Quizá sea esa la razón por la que no logran arrastrar a la gente hacia la utopía, porque no la tienen en su horizonte.

Todo ser humano, señora Falcón ve el mundo desde la perspectiva que ha construido a lo largo de su vida. Los partidos de izquierda actuales no son ninguna excepción. Los independentistas catalanes, tampoco. Se lo dice alguien que no es independentista ni confía en ningún partido de los que participan del abanico parlamentario actual. Alguien que al igual que usted (si no me equivoco) desea la unión de todos los desposeídos del mundo contra el capitalismo opresor. Alguien que está contra toda opresión venga de donde venga. Alguien que se opone a quien sea que prohíba derechos tan elementales como el de manifestarse mediante referéndums o del modo que sea. Contra quien se sienta con derecho a decirle a un pueblo en qué lengua deben hablar sus hijos en la escuela. Ya viví eso en mi infancia y no quiero que lo vivan quienes me sucedan en este país del cual soy hijo. Gracias por su atención. /PC


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Siempre hay un pueblo sumiso y otro que lucha por los dos


En una de sus lúcidas prédicas Martin Luther King dijo que los horrores padecidos por la humanidad durante el siglo XX se deben tanto a la maldad de los malvados como a la pasividad de las buenas personas. Lamentablemente eso sigue siendo así en la mayor parte del mundo cuando llevamos recorrido ya un trecho del actual siglo XXI. Apenas son contestadas las atrocidades cometidas por quienes gobiernan. Se dan por buenas sus mentiras después que las difunden reiteradamente los medios de difusión que controlan, que son los más y los más importantes. Y lo que es peor: se cuestiona a quienes disienten del discurso oficial, que suelen ser minoría. Viene esto a cuento de lo vivido en los atentados de Catalunya (Barcelona y Cambrils) durante el pasado mes de julio y lo que está ocurriendo en Argentina a día de hoy.

Desde los medios oficiales se potenció acá en Catalunya la compasión, el acatamiento del orden, el apoyo a las fuerzas represivas y muy especialmente el rechazo de toda clase de violencia (la violencia terrorista, por supuesto, pero no la que ejerce el Estado en defensa del orden impuesto). Se silenció todo cuanto pudiese inducir a la gente a preguntarse por las causas ocultas del terrorismo que padecemos. Se silenciaron también las voces de quienes acusaban a las máximas autoridades del Estado de complicidad con quienes organizan y financian las acciones terroristas. La manipulación de las mentes ejercida por los medios triunfo en esta ocasión.

En Argentina, desde que asumió la presidencia Mauricio Macri el gobierno ha tomado un continuo de medidas que perjudican a las clases más desfavorecidas de la sociedad. Una parte de la población ha ido contestando esas fatales decisiones, pero la mayoría las acepta de buen grado y da por buenas las “razones” que difunden los principales medios que están controlados por quienes gobiernan. No en vano es un gobierno de ricos para ricos el que allí ejerce y, como dijo en su día Quevedo, “poderoso caballero es Don Dinero”. [1]

Pero todo tiene un límite y hay hechos que sobrepasan lo que la conciencia de las gentes puede soportar. La desaparición de Santiago Maldonado en manos de la gendarmería el pasado día uno de agosto en la provincia de Chubut es uno de ellos. Gran parte del pueblo argentino se ha lanzado a la calle en numerosas poblaciones del país para reclamar, de forma pacífica, su aparición con vida y censurar la brutalidad del gobierno. Las manifestaciones se llevaron a cabo sin incidentes que mereciesen ser remarcados, salvo en la capital, donde una vez concluida la gran marcha se organizó una refriega entre la policía y un grupo de encapuchados de ignorada procedencia. Las fuerzas del orden aprovecharon ese acto de violencia para hacer redadas por las calles vecinas y detener a diversas personas acusándolas de agresión a la policía. Curiosamente, no faltaron las cámaras de televisión para testimoniar la supuesta violencia de quienes se manifestaron. [2]

Es un hecho común en el viejo y en el nuevo mundo que gran parte del pueblo trague ingenuamente las mentiras que los gobiernos urden para esconder sus ignominias. No en vano cuentan con numerosos equipos de especialistas en la desinformación y controlan los principales medios de difusión de noticias verdaderas y falsas. Y también lo es que la gente engañada se posicione a favor de los mentirosos y en contra de quienes denuncian las mentiras. El engaño programado acaba fracturando la capacidad de razonar a cualquiera que sistemáticamente dedique gran parte de su tiempo libre a dejarse bombardear el cerebro por las emanaciones del televisor.

Pero no es tan común que el pueblo se indigne y salga a la calle reclamando verdad y justicia en la medida que lo está haciendo en ese gran país que es Argentina. Para poder hacer algo así hace falta mucha conciencia de pueblo, algo que no se improvisa. El pueblo argentino lleva años bregando por sus derechos y enfrentándose a quienes se los quieren arrebatar.

También acá en Catalunya hay una larga tradición de reivindicaciones populares. Muchas de ellas han ido perdiendo fuerza con los años, con la dictadura primero y luego con la desmovilización programada de la supuesta democracia en que vivimos. Pero otras se mantuvieron vivas y otras fueron apareciendo como rechazo a las políticas neoliberales que imponen los gobiernos. Entre las que vienen de lejos está el afán de independencia que cada año el pueblo catalán reivindica el 11 de setiembre, un rechazo a la ya secular opresión de los gobiernos españoles.

No será fácil ni en Argentina ni en Catalunya contagiar el fervor de lucha al pueblo pasivo que calla y otorga. No lo es en parte alguna. Despertar de su letargo a la mayor parte de una población dopada y adormecida requiere mucho tesón y que acompañe la suerte; que algo inesperado mueva las entrañas de la gente. Pero la vida es una gran lucha que no concluirá mientras haya un solo ser humano con conciencia. /PC



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martes, 29 de agosto de 2017

Ganaron por goleada


El pasado sábado día 26 tuvo lugar en Barcelona el solemne acto final de ese ceremonial de “conducción emocional de la ciudadanía” que los expertos tienen establecido para los ya frecuentes casos de ataque terrorista en ciudades europeas. Una gran manifestación del pueblo encabezada por los estamentos ciudadanos que protagonizaron la asistencia a las víctimas y la defensa de la población, tales como policía autonómica, servicios médicos, agrupaciones de taxistas, etc., seguidos por las autoridades que se mantuvieron en un discreto segundo plano y cedieron el primero al pueblo.

Como es lógico, al acto no podían faltar los máximos representantes del Estado, tales como el presidente del gobierno y Su Majestad el Rey de España. No acudieron autoridades extranjeras, como si hicieron en París, quizá porque Barcelona no lo merecía dado que no es la capital de España, como sí lo es París de Francia. Pero esa ausencia quedó hasta cierto punto paliada porque una buena parte del pueblo catalán no siente como propios ni al rey ni al presidente del gobierno español, con lo cual para ese gran colectivo sí que hubo gente de fuera.

Tampoco vieron con buenos ojos la presencia de esas máximas autoridades los activistas de izquierdas, esas minorías sospechosas de estar contra el sistema que, según la gente cabal y agradecida, protestan por todo sin tener en cuenta que aún podríamos estar peor. Manifestaron su descontento armando una sonora bronca cuando Su Majestad y el presidente español descendieron del coche y ocuparon el centro de la fila de autoridades. Silbidos, gritos adversos y una pancarta que señalaba la causa de los atentados con una frase que recordaba aquella canción de Atahualpa Yupanqui, “El arriero”, en la cual dice: “Las penas y la vaquitas se van por la misma senda; las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. Así, ajenos son también los negocios que causan muertes en el pueblo.

Pero fue empezar el escrache y empezar también a oírse fuerte el lema acordado para la manifestación: NO TINC POR (NO TENGO MIEDO) algo muy oportuno para dar coraje al público y a la población entera, para que no cunda el pánico, para que todo siga como si no hubiese ocurrido nada. Un eslogan que gritó a pleno pulmón la población musulmana de Catalunya para manifestar que no teme ser excluida por el pueblo que la acoge, pese a las malas acciones de unos locos que sin legitimidad alguna dicen actuar en nombre de Alá. Un loable acto de confianza en la sensatez del pueblo catalán y en la solidaridad que lo caracteriza.

No cundió, pues, la bronca entre la gran multitud que se manifestaba contra el terrorismo y en solidaridad con las víctimas. No lograron los gritos de protesta contagiar al gran público. Que los muertos fuesen propios y la causa fuese los negocios ajenos no resonó en las mentes de esa población disciplinada, consciente de que su deber no es otro que el de cuidar su bienestar según manda el orden establecido. La más absoluta serenidad reinó en todo momento. Unidad frente a la agresión terrorista. Cortesía hacia los máximos mandatarios del Estado. Todo fue según lo planificado por los expertos. La pulcritud y el orden ganaron por goleada a la indignación y la bronca.

¿Qué pensar ante tanta sumisión al orden establecido? Cuatro gritos fácilmente apagados. Ninguna organización importante aprovechando el momento para manifestarse contra la inmundicia que ese orden esconde. Los máximos representantes de un Estado que encubre negocios de armamento con los países que financian a los terroristas manifestándose junto a la multitud que rechaza el terrorismo y se solidariza con las víctimas. ¿Cabe mayor desfachatez? Y tan solo una minoría fácilmente silenciada manifestando indignación.

¿Es razonable esa conducta en esta sociedad catalana que tantas quejas dice tener del gobierno español? ¿De veras cabe esperar algo digno de un pueblo que tan pocas muestras de rebeldía da?

Muchas dudas nos deja ese ceremonial. La mansedumbre nunca trajo consigo libertad. Siempre fue la rebeldía la que hizo menos esclavos a los pueblos. Y a decir verdad, rebeldía estamos viendo muy poca ante tanta sinvergüencería organizada. /PC


jueves, 24 de agosto de 2017

Tratamiento mediático del atentado de Barcelona


El pasado jueves 17 de agosto, alrededor de las cinco de la tarde, se produjo un ataque terrorista en el centro mismo de Barcelona, en Las Ramblas, la calle más emblemática de la ciudad.

Una furgoneta se subió al paseo de peatones y arrolló a gran velocidad a más de cien personas. Resultó muerta una y heridas de gravedad el resto. A las pocas horas ya se contaban 13 los muertos y los informes médicos de los distintos centros hospitalarios que atienden a las personas heridas prevén que puedan ser muchas más el total de las fallecidas.

A las pocas horas, en el término municipal de Sant Just Desvern lindante con el de Barcelona, un hombre fue hallado muerto a puñaladas en el interior de un coche. Y en la madrugada siguiente al ataque de Las Ramblas, en la población de Cambrils, a unos 120 Km. al Sur de Barcelona, un coche con cinco ocupantes embistió a un coche patrulla de la policía. Tras un breve enfrentamiento los agresores fueron abatidos.

El día anterior al ataque de Barcelona se produjo una gran explosión en una urbanización de la población de Alcanar, a unos 200 Km. al Sur también de Barcelona. El chalet quedó totalmente destruido. Hubo dos hombres muertos y otro herido, el cual permanece hospitalizado bajo custodia policial.

La policía relaciona todos estos hechos y los atribuye a una célula de ISIS que ya venían persiguiendo desde hacía tiempo. Desde el año 2015 hasta el presente habían logrado abortar varios intentos de ataque de esa organización en Catalunya. Este no lo pudieron evitar. Según parece, la célula terrorista cuenta con muy buena organización. Se han realizado detenciones en diversos puntos del país y la policía trabaja firme para la total desarticulación de ese gran peligro que es el terrorismo yihadista.

A partir de estos lamentables hechos, los servicios informativos han dado toda suerte de instrucciones a la población para la propia seguridad y el buen funcionamiento de la acción policial. Han transmitido los sentidos mensajes de los políticos que se solidarizan con las víctimas y han hecho hincapié en el profundo dolor que unos actos tan luctuosos despiertan en todo ser humano. Han señalado también la ejemplar solidaridad de la población civil con las víctimas y con personas afectadas por causa de las medidas de seguridad que la policía debió tomar.

Se han declarado tres días de luto y se han convocado manifestaciones con asistencia de autoridades y abundancia de público. Barcelona entera ha quedado conmovida y la indignación contra el terrorismo islámico ha crecido considerablemente en la mayor parte de la población. Cabe pues felicitar a quienes han tenido bajo su mando el control de la situación, así como a los medios informativos que han realizado su tarea con admirable profesionalidad.

Durante los días siguientes al ataque se han emitido programas especiales dedicados al terrorismo yihadista y a deslindarlo de la religión musulmana. A explicar el origen del Estado Islámico presentándolo como una escisión radical de Al Qaeda en la guerra de Siria por motivos de fanatismo religioso. A explicar cómo son captados por ISIS los jóvenes terroristas. Y a informar de cómo la población civil puede colaborar a detectar síntomas de radicalización entre los jóvenes pertenecientes a la población musulmana que vive en nuestro país.

Nada, absolutamente nada se ha dejado entrever acerca de quienes impulsaron la formación de esa organización militar y se valen de ella en los terribles conflictos bélicos de Oriente Medio y de buena parte de África. Según lo transmitido, ISIS es fruto del fanatismo islámico, sin más. En ningún momento se ha dicho nada que pudiera dar lugar a que alguien pensara que el terrorismo que nos azota pueda ser una represalia por las agresiones bélicas que la OTAN con los EEU al frente y la UE como cómplice llevan a cabo en los países árabes. Y aun menos se ha dicho que pudiera hacer sospechar que estos ataques puedan estar inspirados por servicios de inteligencia relacionados con la CIA para controlar emocionalmente a las poblaciones afectadas.

La manipulación informativa empieza silenciando lo no conveniente y potenciando lo emocional. Sigue luego con la mentira programada, la cual encuentra ya el terreno emocionalmente abonado en las mentes de la audiencia. Es un método muy bien estudiado y eficaz. Nadie puede negarse a los sentimientos que mueve un atentado de ese orden. La muerte de seres humanos despierta a la vez dolor, compasión y odio. Compasión hacia las víctimas y odio hacia los terroristas. Las emociones embargan por completo la mente de las gentes y no dejan lugar para la reflexión.

Barcelona está ya en la lista de ciudades que han padecido los ataques terroristas y la consecuente “conducción emocional” de la población a través de los medios de comunicación fielmente obedientes a quienes gobiernan. Podemos decir, pues, que este ataque terrorista ha cumplido con su finalidad, la cual no es sino atemorizar a la población, polarizar la opinión pública en lo concerniente a las guerras que actualmente libra el bando de la OTAN en el mundo y reafirmar la confianza ciudadana en la policía y en las medidas de seguridad que dispongan quienes gobiernen.


Todo ha quedado controlado. No cabe esperar que ninguna opinión no conveniente pueda prosperar en la sociedad catalana. Tan solo cabe emocionarse, aplaudir, seguir ignorando de dónde vienen los males que nos azotan y dejar que siga siendo el zorro quien cuide del gallinero. /PC