sábado, 15 de octubre de 2016

Ahora tendrás tu parcela

Eso es lo que decían los falangistas a los jornaleros del campo cuando los iban a asesinar porque pedían el reparto de los latifundios entre quienes trabajaban las tierras.


Ocurría por allá los años treinta. De esos crímenes no se ha hablado en esta España controlada desde 1939 hasta el día de hoy por herederos y cómplices de aquellos caciques asesinos. Se han silenciado todos sus crímenes en tanto que se ha dado pábulo ininterrumpidamente a los “crímenes de los rojos”, abominables como todo crimen, por más que esos fuesen en venganza de siglos de inhumana opresión.

Durante años se rindió homenaje a los Caídos por Dios y por España, que eran los combatientes del bando golpista, del que se alzó en armas contra un gobierno surgido de las urnas, elegido por el pueblo. Según las “buenas gentes” de derechas, esa elección del pueblo era contraria a los principios que predicaba la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, según reza su credo. Por eso había que derrocar aquella república y por eso había que acabar con los rebeldes que osaban echar abajo tan sagrado orden. Eso era lo que decían. Lo que no decían era que por encima de todo defendían sus privilegios, que rechazaban la igualdad de derechos y deberes, que no era causa justa alguna sino puro egoísmo lo que los movía a usar la violencia.

Aquella España cainita no murió, sino que viva y vestida de lo que hoy llaman democracia sigue adorando la violencia. Así lo demuestra, entre un sinfín de hechos más, la conmemoración de ancestrales “victorias” de más de cinco siglos, puro genocidio donde los haya, en fechas como el fatídico 12 de Octubre, Día de la Raza años ha, Día de la Hispanidad luego. Con tal fin se ha hecho una vez más acá en España el tradicional alarde militar con pompa y gala, presidido por las máximas autoridades del Estado y sus allegados. Un claro homenaje a la supremacía de la fuerza bruta expresado sin ninguna vergüenza y sin ninguna autocrítica.

Esas gentes, gobernantes y gobernados, que se vanaglorian de tan luctuosos hechos en esas fechas son las mismas que dan soporte a las actuales políticas neoliberales que destruyen los logros sociales alcanzados tras siglos de esfuerzo y trabajo. Sacrificio y lucha de gentes que a lo largo de años dedicaron su vida a construir un mundo mejor para los desheredados, para esas capas de población oprimidas por las fuerzas represivas y explotadas por la burguesía dominante. Ese pueblo que aspiraba a ser libre fue aplastado por la codicia, el odio y la mala sangre de aquella España ultraderechista que fue y que sigue siendo.

Las pobres gentes que adoran el dinero que da bienestar material, ni que sea a cambio de dar por buena la fuerza bruta y el sofisticado engaño, siguen hoy como ayer poniéndose al lado de los opresores, de quienes no sienten escrúpulo alguno en medrar robándole al desamparado pueblo hasta lo más básico, como es casa, comida, asistencia médica y educación. Esas gentes, que se dicen a sí mismas civilizadas, pueden incluso en muchos casos declararse fervientes seguidoras del más ortodoxo catolicismo romano, como decían ser en aquellos años de reivindicación obrera los asesinos que otorgaban parcelas de tierra de dos metros de largo por setenta centímetros de ancho, o sea tumbas, a quienes reclamaban justicia social.

Quienes hoy aceptan, cuando no apoyan con sus votos, políticas neoliberales no son conscientes, ni parece que deseen serlo, de que su posicionamiento político comporta la exclusión y la miseria para amplias capas de la población menos favorecida. Obnubiladas sus mentes por las pantallas de los televisores que permanentemente miran, no se dan cuenta de que ese bombardeo audiovisual les impide observar la realidad y reflexionar sobre ella.

Poco cabe esperar de quienes celebran los crímenes del pasado, pero tampoco cabe esperar nada de quienes no los rechazan. Esa indiferencia ante el crimen político, ante la exclusión social, ante la mentira institucionalizada es el caldo de cultivo que nos trajo las presentes desgracias y nos seguirá trayendo todas las venideras. /PC

Publicado en ECUPRES 


martes, 20 de septiembre de 2016

El silencio de la conciencia

Hay un asunto en la tierra más importante que Dios
y es que nadie escupa sangre pa’ que otro viva mejor.

(Atahualpa Yupanqui) [1]

Mucho se ha dicho y escrito sobre Dios a la hora de determinar conductas éticas. Identificar al Ser Supremo con el bien es lo recurrente en las tres grandes religiones del libro. No obstante, en nombre de ese Dios en el cual fundamentan sus principios, las tres sin excepción han protagonizado iniquidades de todo orden. ¿De qué les sirve, pues, esa creencia?

En diálogo epistolar sobre la ética preguntaba el Cardenal Martini a Umberto Eco [2] en qué basan la ética quienes no creen en Dios. Eco respondía que la base está en la consideración del otro y Vittorio Foa lo redondea diciendo “en cómo vivo en el mundo” [3]. “Dime cómo vives y te diré quién eres”, dice el refrán popular. Y también el lenguaje llano viene a dar respuesta a la gran pregunta del fundamento ético cuando califica de inhumanas las relaciones en las cuales se maltrata de modo inaceptable a alguien.

Nos viene esto a la cabeza tras las lecturas del escrito de Leonardo Boff titulado “Una santa que no creía en Dios”  [4] y el de Sergi Pujales “Dussel y los refugiados” [5]. Para Boff, hombre creyente, la conducta compasiva da testimonio de Dios aun cuando quien la siga no sea creyente. Para Dussel, el origen del mal arranca de la ignorancia del otro, de la desconsideración. Señala que pensadores admirados por la eurocéntrica intelectualidad de nuestro mundo actual sostuvieron principios de una inhumanidad tal que a cualquier ser humano mínimamente reflexivo los descalifica por completo. ¿Será que el mucho saber ahogó el pensar? ¿O será que la mente humana elabora el discurso que para su mayor bien el corazón le exige?

Que el pensamiento desvaríe en sus elucubraciones intelectuales no es nada nuevo, pero que en pleno siglo XXI el planeta tierra esté habitado por seres que tienen en su inmensa mayoría conductas extremadamente inhumanas, tales como las que señala Pujales en su escrito, por poner un ejemplo, es algo alarmante en grado sumo que está pidiendo a gritos una reflexión tanto personal como colectiva.

En opinión de quien esto escribe, no es el silencio de Dios lo que da lugar a la inhumana conducta del mundo actual sino que lo es el silencio de nuestras conciencias. Dios no había “muerto” todavía cuando las cruzadas medievales y las quemas de herejes dejaban huella en la historia de la humanidad. Dios sigue vivo todavía en muchos pueblos que pregonan su supremacía sobre los pueblos vecinos y creen en el derecho que esa superioridad les da a exterminarlos. Con todo el respeto que merecen las aportaciones que las distintas religiones han hecho a la humanidad, los hechos demuestran que el santo temor de Dios no basta para guiarnos hacia conductas verdaderamente humanas. Así lo da a entender el mismo Jesús de los evangelios cristianos en la parábola El Buen Samaritano. No son las creencias religiosas lo que lo mueven a aquel pagano a la compasión sino su buen corazón.

Llegado este punto no podemos sino preguntarnos: ¿qué es lo que ocurre en este mundo nuestro que anda tan descarrilado? ¿Qué hay y qué no hay en nuestro modo de vivir que sea causa de tanta inhumanidad?

Eduardo Galeano decía en una entrevista que le hicieron en Barcelona que cuando visitó las cuevas de Altamira pensó que si nuestros antepasados no hubiesen sido capaces de compartir caverna y comida la humanidad hubiese desaparecido. También Kropotkin participa de esa idea cuando dice que en sus investigaciones en Siberia observa que sobreviven las especies que colaboran, no las que compiten. ¿Cómo va a sobrevivir, pues, esta humanidad nuestra, esclava del pensamiento capitalista que lo basa todo en la competencia?

Competir para ser más que el otro, humillar al vencido para propia vanagloria, despreciar al más débil, ignorar a quien padece nuestra violencia para sacarlo de nuestra conciencia… Eso es lo que conlleva nuestro modo de vivir bajo la ideología capitalista que domina el mundo. Guerras de rapiña, desigualdad social extrema, violencia institucional de todo orden nos destruyen en la medida que destruyen nuestro sentimiento de pertenencia a la gran familia humana. En la medida que anteponen la victoria sobre los demás al cuidado que todo ser humano necesita. En la medida también que destruyen la aldea global que habitamos, equivalente hoy de la prehistórica caverna.

Dejemos ya de basar nuestra conducta en hipotéticas razones supremas y humanicémonos. Abandonemos nuestra soberbia y nuestros egoísmos. Abramos los ojos a la luz de los más elementales principios éticos compatibles por todo ser humano y despertemos nuestras conciencias. Hagamos como queremos que nos hagan. Tan solo así podremos recuperar una conducta colectiva que deje de precipitar la destrucción definitiva de nuestra especie. /PC


NOTAS

[1] Atahualpa Yupanqui, “Preguntitas sobre Dios”,

[2]  , ¿En qué creen los que no creen? Un dialogo sobre la ética., Ed. Temas de hoy, Madrid, 2005 [1996],


[4]  “Una santa que no creía en Dios”

[5]  “Dussel y los refugiados”


Publicado en ECUPRES

jueves, 15 de septiembre de 2016

Cambios personales y cambios estructurales


Cuando la opresión es un hecho, la resistencia es un deber. Y no vale decir “no va conmigo”, porque si contigo no va, irá con tus hijos y con los hijos de tus hijos y con los de tus nietos… Y así será hasta que alguien luche y venza.

Sabemos que la conducta humana depende en gran medida del entorno que habita. La capacidad de adaptación al medio, tanto natural como social, hace que la persona se moldee según convenga a su subsistencia. De ahí en buena medida los rasgos físicos y caracteriales propios de cada población, los cuales sin ser compartidos por todos los individuos lo son de la mayoría.

Quienes crecieron en entornos opresivos violentos suelen tener tendencia a rehuir el enfrentamiento, pues aprendieron que de hacerlo llevaban las de perder. Y ahí tenemos la lamentable herencia de las dictaduras: pueblos cobardes que en vez de unirse y enfrentarse huyen. Huyen físicamente, emigrando, exiliándose, renunciando a su patria y a su pueblo, cuando pueden. O bien huyen mentalmente, sometiéndose y embotando su conciencia mediante formas de pensar afines al pensamiento opresor y centrando todo su hacer en el beneficio propio con total indiferencia por el bien común.

Pero en toda sociedad hay individuos excepcionales. Aun en los medios más opresivos hay seres a quienes el poder no pudo doblegar. Personas capaces de seguir su propio criterio y romper con las normas que de forma tácita acata y sigue la mayoría. Ellas son la esperanza de los pueblos, las gestoras de los cambios necesarios para transformar la sociedad. Unos cambios sin los cuales la inercia seguiría adormeciendo las conciencias, cultivando la irresponsabilidad colectiva y arruinando finalmente el futuro de la sociedad entera.

La resistencia a la opresión no es inútil, por más que pudiese parecerlo al no dar logros inmediatos. La conducta humana se contagia. Conductas mueven conductas, despiertan mecanismos de emulación en quienes las contemplan. La gente se vuelve sumisa en un entorno sumiso y rebelde en uno rebelde. La admiración que despiertan quienes se atreven a hacer lo que nosotros no osamos es un estímulo que nos mueve a seguir su ejemplo. De ahí que lo más importante sea lo que hacemos, no lo que decimos. Nadie sigue a quien no camina. Y no se entienda lo de “caminar” en sentido literal sino el de avanzar en cualquiera de los órdenes de la vida: pensamiento, conducta…

Las libertades de que hemos gozado durante años han sido fruto de miles de resistencias acumuladas, pues como dice el refrán, “no se gano Zamora en una hora”. Y también lo son las pérdidas que de ellas estamos ahora sufriendo.

El poder opresor no bajó la guardia ni un solo día. Permaneció al acecho y fue configurando unas estructuras que acabaron generando las condiciones propicias para la embestida que ahora no sabemos como detener. Crearon estructuras económicas de dependencia absoluta en prácticamente todo el mundo. Apenas quedan ya países autosuficientes y con total autonomía alimentaria. El mercado mundial está en manos de grandes corporaciones mercantiles, las cuales controlan a gobiernos y tienen a su servicio ejércitos poderosísimos.

Nada escapa en el mundo al control de ese omnímodo poder. Nada, excepto algunos espíritus indómitos, los cuales pese a no poder eludir por completo la opresión, tienen capacidad para mantener libre su pensamiento y una buena parte de sus acciones.

Esos seres excepcionales, libres de pensamiento y corazón son la base de la resistencia. De que se unan y organicen depende que haya verdadera resistencia colectiva ante ese monstruo opresor. Una resistencia que tal vez no alcance a cambiar las poderosas estructuras que nos manipulan la mente, pero que bien puede ser la levadura que fermente en medio de la sociedad y contribuya a elaborar un nuevo pensamiento colectivo del cual puedan surgir verdaderos cambios estructurales que nos abran el camino hacia un mundo mejor.

Rememorando a Freire diremos que los cambios personales no cambiarán las estructuras opresoras, pero pueden dar lugar a cambios en el modo de pensar colectivo que bien pudieran llegar a cambiarlas.

No se empiezan las casas por el tejado sino por los cimientos, por la base, y es en esa base donde hay que poner la mayor atención y el mayor esfuerzo. Sin ella no se suben paredes que sustenten tejados, elementos necesarios para que se convierta en habitable un baldío.+ (PE)

(*) Barcelona, 1935. Maestro de Enseñanza Primaria Especialista en Educación Musical.

SN 0505/14

Publicado en ECUPRES el 05/05/2014

miércoles, 13 de julio de 2016

Reivindicar la Patria con reflexión y amor


Es difícil hablar de Patria hoy día, cuando ya hace tiempo que tomamos conciencia de cómo ese término se ha venido utilizando a lo largo de los siglos para defender los intereses de las clases privilegiadas a costa del sacrificio y la sangre de los desposeídos. Guerras que los ricos declararon en las que solamente lucharon y murieron los pobres. Victorias que enriquecieron a los ricos vencedores. Derrotas que pagaron con vida y con penas los pobres perdedores. 

No es fácil reivindicar la Patria sin evocar las programadas sensiblerías con que nos bombardearon la mente desde la infancia. Pero aun no siendo fácil es necesario y urgente hacerlo en momentos como el presente, a modo de defensa colectiva ante el brutal ataque de ese capitalismo invasor que destruye las conciencias y borra de mil formas los límites y las fronteras a fin de colonizar y someter a los pueblos. 

Desde el poder tratan de hacernos confundir Patria con Estado. Magnifican la importancia de los símbolos sin entrar en la profundidad de lo significado y con esa simbología nos entretienen la mente y nos ofuscan la razón. Todo cuanto nos llega a través de los medios y en los oficiales libros de historia tiende a beneficiar esa confusión. Se ensalzan gestas denominadas gloriosas mostrando como protagonista al Estado y a los próceres que lo representan pero silenciando al pueblo que las lleva a cabo. Cuando este aparece en la narración lo hace bajo la forma de una institución u organismo que las más de las veces actúa al margen del pueblo representado. Y los hechos se narran de forma sesgada según conveniencia de quienes se apropian de los laureles. 

Tanto empeño se ha puesto a lo largo de los años y aún se pone en esas maniobras manipuladoras del pensamiento colectivo que el pueblo acaba convencido de que su patria es el Estado, hasta el punto de sentir como propios los triunfos de este sobre sus competidores, lo cual contribuye a llenar el pensamiento de fronteras y a ver a los demás pueblos no como a prójimos sino como a competidores o incluso como enemigos.

Ante tan perversa intención por parte de quienes ejercen el poder, la reflexión se impone. Y así, lo primero que deberemos hacer para hablar de la Patria sin errar ni generar malentendidos es poner en claro lo que nos da a entender esa sacrosanta palabra. 

La Patria es el colectivo humano con el cual nos identificamos, con el cual organizamos nuestro hacer y nuestra lucha en busca de objetivos de equidad y bien común a fin de mantener y reforzar nuestra dignidad. La Patria es el pueblo, no el Estado que le impone leyes pensadas y dictadas para favorecer a los poderosos, por más que algunas de ellas puedan ser útiles a la gente humilde. Tampoco es un territorio acotado en el cual los amos de las parcelas nos dejan vivir a cambio de que nos sometamos y aceptemos dedicar nuestras vidas a servirles y enriquecerles. Ni es el conjunto de fincas y negocios de los acaudalados que controlan el comercio y las finanzas. No, no es eso ni lo ha de ser, porque si eso fuere, los documentos que nos identifican como españoles, franceses, argentinos, etc. no serían más que títulos de servitud, de dependencia, algo por lo que nadie con dignidad debe sentir orgullo. 

El amor a la Patria es algo más que un deber moral. Es una necesidad de supervivencia ante la acometida de los traidores, de los vendepatrias, de los gobernantes que decretan en beneficio de las minorías adineradas con perjuicio del pueblo trabajador. De los que privatizan lo público cuando es rentable y socializan lo privado cuando genera pérdidas. De los que mediante trampas legales se apropian del trabajo del pueblo eludiendo contribuir con impuestos al igual que contribuye la mayor parte de la población.

Al amor a la Patria le llamamos patriotismo y a quienes actúan conforme a ese amor se les llama patriotas. Y así, patriota es quien ama al pueblo trabajador y honesto que constituye la Patria. Quien vela por el bien común, quien trabaja por la cultura, quien cuida lo que es patrimonio público, quien defiende los derechos del pueblo humilde y se rebela ante las injusticias de quienes gobiernan. Patriota es quien ama a la Patria en su honda realidad de pueblo unido y digno. 

La Patria es en sí misma el amor sublime que nos une y nos hace ser pueblo, porque sin ese amor ni el pueblo es pueblo ni la Patria puede ser Patria. /PC


domingo, 3 de julio de 2016

Entre el fracaso electoral y el fraude


Pena honda en el alma, en muchas almas, tras la desilusión causada por el resultado oficialmente anunciado de las elecciones generales en el Estado español el pasado domingo 26 de junio. Siendo estos tan discordes con los sondeos que se habían estado efectuando a pie de urna, han aparecido las sospechas de fraude electoral, a las cuales dan pie además un considerable conjunto de indicios. Esta sospecha viene a incrementar la indignación que nos produjo la pasividad de este pueblo español que acepta de forma sumisa la pervivencia del espíritu de la dictadura en gran parte de las instituciones y no reacciona debidamente ni contra la corrupción de los mandatarios ni contra la falsedad de este sistema electoral que hoy acá rige, cuyas normas son de por sí una pura trampa.

La férrea oposición del partido del gobierno a que tengan alguna posibilidad los partidos oponentes, utilizando recursos estatales como son la policía para investigar posibles conductas personales que puedan servir para difamarlos, se le suma la asignación a dedo, sin el obligado concurso, del recuento de votos a una empresa que tiene un claro historial de fraude. Y así, a donde no llegue la mentirosa propaganda podrá llegar la falsificación de los resultados electorales. Pura vergüenza. “Lo llaman democracia y no lo es”, decía con razón un slogan del 15M. Pero ¿qué cabe esperar de unos gobernantes que dan el dinero público a banqueros ladrones y que se gastan como si fuesen suyos los fondos de la Seguridad Social? Y aun así triunfan en las urnas. Hay para indignarse y más.

Se ha dicho en diversos momentos de la historia que cada pueblo tiene el gobierno que merece. En muchas ocasiones he disentido de quienes así piensan, pero ante tanta ignominia, tentado estoy de darles la razón. Aunque no. No puedo aceptar que merezcan merecer ese castigo. Porque veamos: ¿cuál es la razón por la cual merecen estar sometidos a una forma de vida impuesta por los poderes dominantes y recibir un permanente bombardeo ideológico? No, eso no lo merecen porque no es decisión suya sino de quienes los oprimen. La gente vive como puede, buscando con natural instinto el mejor modo de estar en este mundo, con lo cual en cada encrucijada de su vida elige entre los caminos que las circunstancias le presentan. No se le puede pedir a nadie que vea la senda oculta, al igual que no se le puede pedir que ande recto al borrico que hace girar la noria.

Los pueblos no son libres. Nadie es libre en este mundo dominado por toda clase de violencias, empezando por las de los estados opresores, los cuales lejos de velar por el bien común son el brazo armado de los poderes de turno. Extraña naturaleza la humana, que tiene en su esencia misma el instinto de dominar y someter. Siglos de reflexiones filosóficas y prédicas religiosas no han logrado hacernos evolucionar. Seguimos siendo tan bestias como los primates de los cuales descendemos. Hemos evolucionado, sin duda, en inteligencia pero no en pensamiento. La ciencia y la técnica han dejado de lado a la filosofía. El pragmatismo se ha apoderado del pensamiento colectivo y prima sobre la reflexión. Y así, en un derroche de inteligencia y carencia de sabiduría, la humanidad ha llegado a desarrollar en el ufano siglo XX dos artefactos tan terribles como la bomba atómica y la televisión, dos armas capaces de derrotar voluntades y someter a personas y pueblos.

Todo el orden social y político que nos rige y gobierna es reflejo de esa bestialidad que señalamos. No hay un solo país en el mundo en el cual el primitivismo humano haya sido totalmente superado hasta el punto de que sus leyes y su forma de vida puedan ser tenidas por ejemplares. Y aun cuando alguno pueda parecernos aceptable en su organización interna, deja de serlo cuando consideramos las relaciones que mantiene con los otros países, su posicionamiento al lado de los opresores y su indiferencia ante las maniobras de estos. Ahí en ese análisis aparecen de nuevo la mentira y la trampa que denuncian a la bestia humana. Luego, ¿puede extrañarnos que en esta España de hoy día permanezcan vivas y activas las mismas fuerzas que allá por los años 30 del pasado siglo cerraron filas contra los intentos civilizatorios de la II República?

El franquismo no ha muerto en España sino que pervive en gran parte de las instituciones, de la clase política, de la burguesía y de quienes con total indiferencia consienten cuando no colaboran con las corruptelas que se dan en diversos ámbitos de la sociedad. Pero lo más grave es que no ha muerto en el alma del pueblo, de un pueblo que entre fascista, asustado y en su mayor parte indiferente no ve más camino por delante que el de seguir amarrado a la vara que hace girar la noria.

Falta gente que predique libertad en el mundo. Que la predique con el ejemplo. Que la sienta en lo hondo del alma. Que la viva... ¡Cómo no va a faltarla, pues, también en España! /PC

Artículo relacionado con “Y sigue en pie, señoras y señores, la España impertérrita”.

martes, 28 de junio de 2016

Nadar y guardar la ropa *


Parece ser que una de las habilidades indispensables para ejercer como político debe ser la que expresa ese refrán español con el cual encabezamos este escrito: nadar y guardar la ropa. Hablar de lo que conviene y callar lo inoportuno. Y puesto que como político ejerce, sin duda alguna, el representante máximo de la Iglesia Católica Romana, tanto más cuanto que es también Jefe de Estado del Vaticano, no debe causar extrañeza que el Papa Francisco tenga bien desarrollada esa capacidad. Quizá porque la tenía ya de antemano el jesuita Bergoglio sea por lo que ha llegado a ser elegido papa.

En el escrito que señalamos, para hablar de genocidio se ciñe Bergoglio al marco de las dos grandes guerras mundiales, lo cual le permite omitir todos los que conoce o debiera conocer bien por haber sido cometidos a lo largo de su vida pastoral, tales como los de las dictaduras militares en América Latina, que de ningún modo puede ignorar, y el tercero en magnitud de la Europa del siglo XX, cual es el asesinato sistemático de adversarios políticos en España durante la guerra que desencadenó el golpe militar de 1936 y en los años que le siguieron. Genocidios ambos que le atañen por su proximidad en el espacio y el tiempo los primeros y por la participación de la sacrosanta institución que él preside el segundo.

Siempre fue fácil entender que la convivencia exige el cuidado de las palabras. No se debe decir todo lo que se piensa si se quiere mantener relaciones cordiales con quienes nos rodean. Pero eludir las palabras comprometedoras y acusar al mismo tiempo a los demás de mirar hacia otro lado en momentos tan graves como los que se evita hacer presentes es, en opinión de quien esto escribe, algo que sobrepasa la habilidad diplomática y cae de lleno en la hipocresía.

Que en buena moral cristiana la hipocresía debiera ser inexcusablemente rechazada es algo que está en la base misma de las creencias cristianas, según puede verse en los evangelios. Y no obstante, muestras claras de hipocresía vienen dándole al mundo desde tiempos inmemoriales clérigos y gentes nominalmente creyentes. Quien esto escribe puede dar fe de que acá en el Estado español hemos padecido la hipocresía clerical durante los cuarenta años que van desde el golpe militar de 1936 hasta la muerte del dictador. Y que esta sigue imperando en la clerecía católica española aún después de proclamada la Constitución de 1978 que declara no confesional al Estado español pero no invalida los privilegios que la dictadura le concedió.

Cabe señalar que, salvo contadísimas excepciones, toda la clerecía española dio soporte a los golpistas y silenció los crímenes que cometieron durante la guerra y tras ella. Y que aún hoy día ninguna autoridad de la clerecía católica romana ha pedido perdón por ello. Como tampoco tenemos conocimiento de que lo haya hecho ese Bergoglio que hoy acusa a los dirigentes aliados de esas dos grandes carnicerías que fueron las dos grandes guerras del siglo XX. Ni por la connivencia con los golpista españoles ni por la que tuvieron él y sus pares con los golpistas de América Latina ha pedido perdón. Es más, no tan solo no lo pide sino que se refiere al papa Wojtyla, el perseguidor de la Teología de la Liberación y de los clérigos que en ella participaron, nombrándolo “San Juan Pablo II”, lo cual es indicativo de lo que de él piensa. Y en este sentido debemos recordar que ese antecesor suyo hizo un derroche de hipocresía al pedir perdón “por los errores de la Iglesia en tiempos pasados” mientras daba soporte a las criminales dictaduras militares de su mismo tiempo.

Nos parece lamentable que el actual Papa Francisco siga en la línea de hipocresía que desde tiempos remotos viene caracterizando a la clerecía católico-romana. Nos parece lamentable porque en esa línea de tradición clerical poco cabe esperar de la Iglesia que él preside. Cabe esperar, eso sí, que como viene sucediendo a lo largo de los siglos haya personas de corazón cristiano, pertenezcan o no a su feligresía, que sigan los preceptos que dimanan de las enseñanzas del Jesús de los evangelios. Cabe esperarlo también de quienes con corazón cristiano o simplemente humano tengan sentido de la bondad, de la justicia y de la misericordia que nos mueven a convivir en paz y armonía con la humanidad entera. Cabe esperarlo sin duda alguna. Pero tenemos muy claro que hoy por hoy no podemos confiar en esa institución que preside quien de tal modo se expresa y comporta. /PC

* A propósito de la noticia aparecida en Agencia de Noticias Prensa Ecuménica – ECUPRES con fecha 27 de junio de 2016 titulada “Genocidio, la palabra de Bergoglio”.



lunes, 27 de junio de 2016

Y sigue en pie, señoras y señores, la España impertérrita.


No se arredra. No se mueve. No parece que hay nada capaz de causar espanto a ese pueblo español diezmado ideológicamente  hace tres cuartos de siglo por una de las más sangrientas dictaduras de la Europa del siglo XX. ¿Será que inoculado el terror en lo más hondo de sus entrañas ha ido transmitiendo a las nuevas generaciones el temor a los cambios? Ni un millón de parados, ni la pobreza que avanza a pasos agigantados, ni la desfachatez de una clase política que no se molesta siquiera en esconder la poca vergüenza que la caracteriza hacen que parpadee la mayor parte de la población a la hora de emitir su voto.

Pasó el 26J, esa fecha que debía mostrar en las urnas una reflexión que el impase político de los anteriores comicios ameritaba, pero no sucedió apenas nada. El inmovilismo político sigue campando por sus anchas en esta España sin alma ni conciencia, sin principios sociales que muevan masas ni aun cuando el ahogo oligárquico asfixie a gran parte de la población. La pelota sigue en el tejado. Nada ha resuelto el nuevo escrutinio de deseos políticos del electorado. Nada va a cambiar acá por ahora. Ni el ejemplo de la clase obrera de la vecina Francia ni el hartazgo de la población del Reino Unido han hecho mella en la mente del rebaño que mansamente ha acudido a las urnas o ha dejado de ir a ellas. 

Con gran júbilo se frota las manos la derecha española y con ella la europea. En esta Piel de Toro que las fuerzas conservadoras domesticaron a placer durante el pasado siglo, el abuso institucional sigue asegurado. Por lo menos en tanto que las pensiones de los abuelos contribuyan a paliar parte de las necesidades de su descendencia. Luego habrá que ver por dónde se decanta la masa no pensante. Habrá que ver si la indignación estalla ya de una vez o si puede más el temor y la estulticia que cimientan la prodigiosa indignidad de este pueblo que acepta sin inmutarse tanta mentira y tanta corruptela política.

No pasaron los tiempos que hicieron pensar a Machado que un español quería vivir y a vivir empezaba entre una España que moría y otra que sin terminar de despertar bostezaba. Hoy esa España apenas si empieza a desperezarse cómodamente tumbada sin ponerse de pie. Y no porque no haya gente que se mueva. No porque la totalidad de la población viva a modo de zombi, sino porque la inquietud de quienes se mueven no alcanza a despertar a los inertes. 

La derecha mundial sabe bien como arremeter contra las poblaciones rebeldes. Sabe que estupidizando a las mayorías logra neutralizar cualquier esfuerzo humanizador que las escasas minorías pensantes puedan hacer. Y eso le sirve para pueblos como el español del presente y para buena parte de algunos que otrora fueron bravos en la defensa de sus derechos, por más que para estos últimos tenga que poner en juego a la vez otros recursos más contundentes. Pero y la izquierda, ¿qué es lo que sabe la izquierda? Nada, de momento no parece que sepa nada. Es como si le faltase encontrar un lenguaje con el cual dirigirse al pueblo, a esa masa de población no pensante que es la que siempre vota a favor de quienes más la perjudican. 

Muchas son las hipótesis que ante la evidencia de esa gran incomunicación pueden llegar a formularse, pero en opinión de quien esto escribe, la partida la perdió la izquierda por vía afectiva. La gente pobre adora a los ricos y ansía tener acceso a cuanto ellos muestran como medios para alcanzar la felicidad. Tanto es así, que los logros materiales han paso a ocupar el primer plano en el orden axiológico, con desprecio de cualquier manifestación de felicidad que no venga del placer corporal o de la presunción de estar en el camino recto para llegar cuanto antes al paraíso terrenal que el sistema promete.

Se nos han metido en el bolsillo mediante el confort y la estética. Han logrado que la debilidad mental de los menos pensantes, que dicho sea de paso son las grandes mayorías, se quede boquiabierta de admiración ante el poder de los déspotas que tratan como a perros a quienes no se acercan a su altura. Han logrado que el pobre desprecie al pobre y adore al rico que lo esclaviza, al tiempo que sueña con ser él quien esclavice a quienes tenga alrededor. Han logrado deshumanizar a la humanidad entera y a fuerza de palos y regalos convertirla en rebaños de animales domésticos que aceptan las cargas que se les imponen, convencidas de que tras ellas llegarán las correspondientes gratificaciones.  

La competitividad se ha instalado en el pensamiento colectivo del mundo “desarrollado”. Millones de personas tienen hoy día como principal objetivo el de alcanzar un empleo bien remunerado y, al igual que los perros con los que experimentaba Iván Pavlov, salivan copiosamente con tan solo pensarlo. No va a ser fácil que la gente descubra que esa es una forma de sutil esclavitud. Pero aun cuando llegasen a darse cuenta, faltaría todavía lograr que descubriesen el valor de la libertad y la amasen.

Ese es el gran reto que en nuestra opinión la izquierda tiene: lograr formas de vida que enamoren al pueblo más de lo que lo enamoran las melifluas carantoñas del consumismo capitalista. Ánimo pues, militantes del alma, porque en el campo de lo inmaterial se juega la batalla. /PC

miércoles, 25 de mayo de 2016

Tras leer el libro de Claude Lacaille “En misión dans la tourmente des dictatures” *


Hace años, cuando todavía pensaba que los cristianos podían cambiar el mundo, imaginé una huelga de la feligresía católica que consistía en negarse a entrar en los templos en tanto la Iglesia Católica Romana en peso, con su jerarquía al frente, no encabezase acciones directas contra quienes causan la pobreza en el mundo. Imaginaba piquetes de fieles concienciados frente a los templos, con pancartas y carteles que explicasen sus reclamos, interpelando a quienes pretendían entrar para participar en rezos y liturgias. Una huelga indefinida, como debe ser toda huelga que se precie y de verdad quiera obtener la victoria. Eso y más cosas me han venido a la cabeza después de leer lo que Claude Lacaille cuenta de sus años de compartir la lucha de los pobres en América Latina.

Lo primero que me trajo a la memoria esa fantasía piquetera que recuerdo fue su “Carta Abierta al Cardenal Ratzinger” que ya en su día leí. En ella prescinde de protocolos y jerarquías y tratándole de hermano en la fe cristiana le señala la obligación que ambos tienen de ponerse al lado de los desposeídos como se puso el Jesús de los evangelios, tras lo cual le reclama respeto por quienes abrazaron la teología de la liberación y la opción por los pobres.

Nunca llegué a escribir aquella fantasía porque además de parecerme una idea poco menos que esperpéntica pensé que produciría un efecto contrario a lo que yo me proponía, que era movilizar la conciencia de ese catolicismo tibio que Lacaille señala en su libro y avala con una cita de San Pablo. Por eso y porque pensé que reforzaría el rechazo de la religión a los no creyentes, algo que tampoco nos lleva a parte alguna. Pero sí que me acerqué a ese tema en una serie de escritos que tenían como lugar común “orar en tierra de nadie”, en los cuales señalaba la poca diferencia que observaba entre la forma de vida de las personas creyentes y las que no lo eran. En ellos yo exponía mi honda convicción de que no es cristiano ese catolicismo que me rodea y me ha rodeado siempre. Que no lo es porque enciende “una vela a Dios y otra al diablo”, algo que el mismo Jesús del evangelio condena claramente. Las personas católicas de mi entorno, con sus clericales pastores al frente, aman como quien más al poder y al dinero, con lo cual dan callado soporte a ese capitalismo atroz que causa miseria y sufrimiento y destruye a la humanidad entera.

También me transportó a mis años mozos la referencia que hace de la encíclica de Pablo VI en la cual prohíbe el uso de anticonceptivos a los fieles católicos, que acá ya era preceptivo en tiempos de Pío XII aunque no hubiese una proclama pontificia que así lo dijera. ¡Cuántas buenas almas piadosas tuvieron hondos sentimientos de culpa por causa de la intromisión de la moral católica en su lecho matrimonial! ¡Qué lejos del pueblo ha estado siempre la Iglesia Católica Romana!

Más adelante, cuando expone el silencio de la jerarquía eclesiástica chilena ante el sangrante atropello que perpetraban los militares contra el pueblo, en contraste con las comunidades de base que se unían a la resistencia, recordé la connivencia de las autoridades eclesiásticas españolas con la dictadura fascista del golpista general Franco, responsable de miles de asesinatos, no tan solo por haberse alzado en armas contra un régimen republicano legalmente establecido sino por la limpieza ideológica que ordenó tras su victoria, con más de 120.000 fusilados, lo cual lo sitúa justo detrás de Hitler y Stalin entre los genocidas de la Europa del siglo XX.

Son muchas las calamidades vividas que me ha traído a la memoria la lectura de ese libro. Desgracias que han marcado la vida de millones de personas en mi país y muchas en mi entorno. Pero lo que más me ha impactado de esta narración es el contraste entre la valentía de aquel pueblo que se rebelaba contra la criminal injusticia que padecía y la mansedumbre que se respiró durante años acá en la España de posguerra, la cual se ha prolongado hasta alcanzar nuestros días.

Actualmente tanto acá en Europa como en América Latina el capitalismo neoliberal está atacando con una crudeza impresionante. No se vale de los militares, como en el siglo pasado, sino del control del pensamiento colectivo a través de los medios de comunicación. A partir de ahí, políticos y jueces custodiados por fuerzas policiales imponen leyes esclavizantes. Precariedad de vida por causa del desempleo programado y el robo de impuestos que hacen los gobiernos, acompañado de golpes blandos en América Latina. Esos son los procedimientos de que se valen las clases dominantes para afianzar su estatus en este siglo XXI.

La pregunta que cabe hacerse es: ¿reaccionarán los pueblos de Europa y América Latina y se opondrán a esta brutal agresión del capitalismo? Queremos pensar que sí, porque tenemos la firme convicción de que el mundo se mantiene en pie gracias a la lucha de quienes no se rinden, de quienes día a día se oponen a la codicia de los poderosos en los muchos frentes que frenan sus embestidas.

No quiero terminar sin aplaudir de corazón a todos los pueblos que han luchado y luchan contra la opresión, así como a las personas de quienes tengo noticia que esas luchas han compartido. Entre ellas está Claude Lacaille, que cierra las páginas de su libro con esos versos de Violeta Parra que dicen “gracias a la vida, que me ha dado tanto”.


De verdad puede darlas. Lean su libro y saquen conclusiones. /PC


* Claude Lacaille, Les Éditions Novalis inc 2014. ISBN 978-2-89688-050-8

PUBLICADO EN:

https://ecupres.wordpress.com/2016/05/26/tras-leer-el-libro-de-claude-lacaille-en-mision-dans-la-tourmente-des-dictatures/ 

sábado, 30 de abril de 2016

Aprender o sucumbir


Los pueblos tienen que aprender a desconfiar de los políticos que prometen. Pero más todavía de los que valiéndose de periodistas venales atizan el odio contra sus adversarios a través de medios informativos que actúan a su favor o que están bajo su control. La desinformación y la mentira suelen ser armas habituales en las derechas, gentes sin escrúpulos casi siempre y de poco fiar las más de las veces, dado que en la esencia misma de la ideología que profesan hay una carencia absoluta de humanidad. Porque, ¿qué tiene de humano acaparar para sí la mayor parte de la riqueza y dejar en la miseria a quienes la producen?

Los pueblos tienen que aprender que ningún rico lo es por generoso sino por engañoso cuando no por ladrón. Porque ladrón es quien se apropia de lo que otro produjo con su trabajo, con su esfuerzo, incluso con sufrimiento muchas veces, pero siempre con entrega de su tiempo y de su vida, porque el tiempo es oro para el patrón pero vida para el obrero. “Arbeit macht frei” (“El trabajo hace libre”) rezaba en las puertas de los campos de concentración nazis. Era una ironía, pero era cierto, porque el trabajo forzado a que se sometía a los prisioneros los mataba, con lo cual los liberaba del sufrimiento que ocasionaba vivir en aquellas inhumanas condiciones. Y lo mismo con los hombres y mujeres e incluso niños que dejando sus vidas en las fábricas y minas hicieron ricos a los burgueses que las sacrosantas leyes de la propiedad privada declaraba dueños indiscutibles de ellas. Esos burgueses alzaron luego ostentosos edificios que pregonan su gloria mediante admirables arquitecturas, una gloria que solo fue suya porque se la apropiaron, pero que en justicia debiera ser de quienes con su trabajo acumularon la riqueza necesaria para construirlos. Hay que tenerlo presente cuando se pasea por las grandes ciudades.

Los pueblos tienen que aprender que en democracia la izquierda es mucho más vulnerable que la derecha, porque de la derecha nadie, salvo los necios, puede esperar nada, mientras que de la izquierda se espera la felicidad absoluta. Aunque necio también hay que ser para esperar que un partido político pueda convertir el mundo capitalista en un paraíso. A lo sumo podrá mitigar los sufrimientos y disminuir el montón de excluidos que el capitalismo genera, pero poco más. Tan solo una revolución total, que el entorno capitalista combatirá a muerte siempre que se dé, podría intentar algo parecido. Pero una revolución exige que el pueblo entero o si más no en su mayoría sea revolucionario porque de lo contrario fracasará. “El peor enemigo de la revolución es la corrupción”, dijo en una ocasión Fidel Castro. Cierto, porque el corrupto es un falso revolucionario, un traidor que se infiltra en la revolución para medrar y la destruye desde dentro con su conducta egoísta.

Los pueblos tienen que aprender que “la política es el arte de gobernar y permanecer en el poder”, como bien dijo Ortega y Gasset. Que los partidos de izquierdas se pierden muchas veces por su empeño en permanecer, algo lógico si bien se mira, pero que a menudo acaba dando la victoria a la derecha porque en su afán de guarecerse hacen oídos sordos o silencian a quienes les señalan sus errores y la mala gestión de algunos de sus miembros, una actitud que a la larga acaba pasando factura. De aquí que sea tan nefasto el partidismo. “Viva el Betis manque pierda”, gritan alegremente los fans de ese club. Y bien está la alegría cuando se trata de algo tan poco importante como es un club de fútbol, por más pasiones que despierte. Pero una nación no es una cancha y la política es algo mucho más trascendente que una liga de campeones.

Los pueblos tienen que aprender que la peor cadena es la que se forja en la mente del esclavo. La desmoralización, el pesimismo derrotista que hace bajar los brazos es la mejor arma de los esclavistas. Por eso insisten en decir que no hay salida, que el mundo es así tanto si queremos como si no. Que lo mejor es aceptar y divertirse, escurrir el bulto todo lo que se pueda y dejar que los amos azoten con tal de que no nos azoten a nosotros. Necia idea, porque la insolidaridad se paga. Podríamos decir: “Vinieron a por los comunistas y yo no me moví porque no soy comunista. Vinieron a por los rojos y yo no me moví porque yo no soy rojo. Ahora vienen a por mí y nadie se mueve porque nadie es yo”. ¿Y por qué vinieron a por mí? Pues porque no les soy útil, porque quieren explotarme más todavía, o porque llegó mi turno.

Los pueblos tienen que aprender a existir en tanto que pueblo. A dejar de comportarse como un rebaño. A observar y reflexionar. A no prender la TV para saber si llueve o si lloverá, porque la gente sabía eso mucho antes de que se inventase esa maldita máquina de lavar cerebros. Mil veces más fiable es el “barómetro de piedra”, ese sabio instrumento meteorológico que consiste en una piedra colgada mediante una soga de la mitad de un travesaño soportado por dos horcones hincados en tierra en mitad de baldío. Si la piedra está mojada, es que llueve. Si se balancea, es que hace viento. Si da sombra, es que luce el sol. Nada más cierto y más al alcance de todo el mundo. No requiere estudios previos ni graduación universitaria, que a veces solo sirven para embotar la mente. Basta con haber aprendido a distinguir el grano de la paja, a no dejarse deslumbrar por espejismos, a mirar la realidad sin temores ni prejuicios.

La realidad nos muestra lo manipulable que es el pensamiento colectivo. Los Iluminados del Siglo de Las Luces atribuían a la superstición religiosa todos los males que padecía la sociedad en aquel tiempo, pero ahora vemos que “donde antes hubo los curas hoy está el televisor” y que “vamos de mal en peor”. Que el pensamiento colectivo está hoy día controlado por los amos del mundo mediante el permanente bombardeo de imágenes sugestivas que durante todos los instantes del día padece el pueblo. Y por si eso fuese poco, ahí tenemos a los políticos que les sirven fielmente y a los jueces corruptos que legislan a su mayor conveniencia. Tienen en su poder todos los ases. Es muy difícil ganarles la partida. Pero quien ha nacido para luchar no puede vivir para rendirse. La lucha seguirá mientras haya una sola alma rebelde en el mundo. Es así y así será. /PC

sábado, 23 de abril de 2016

San Jorge contra el nuevo dragón


Venerado en diversas culturas, santo patrón y protector de ciudades, naciones y reinos, el legendario San Jorge es desde hace siglos un símbolo de la lucha contra el mal. Es representado tradicionalmente en forma de caballero medieval luchando contra un feroz dragón para salvar a una doncella que iba a ser devorada por la inmunda bestia. En calidad de caballero no faltan infinidad de leyendas que le atribuyan milagrosos hechos de armas al lado de huestes cristianas peleando contra infieles. Paradójicamente, porque ocurre que San Jorge es también venerado en algunos entornos musulmanes. El mundo cristiano celebra su fiesta el 23 de abril, ya que en esa fecha del año 303 se supone que murió decapitado por negarse a renunciar a su fe cristiana.

Pese a que su historia arranca en Capadocia (actual Turquía) allá por el 280, en pleno imperio romano, son muchísimos los lugares del planeta que hoy celebran la festividad de San Jorge, desde el Cercano Oriente  y África hasta América Latina tras pasar por Europa. Entre ellos figura en un lugar preferente para quien esto escribe la mediterránea Catalunya, donde se celebra desde muy antiguo el día de los enamorados, fiesta primaveral por excelencia, en la cual es tradición de obligado cumplimiento regalar una rosa roja a la amada. Y puesto que el 23 de abril es a la vez el Día Internacional del Libro, es costumbre también en esta fecha regalar libros, ya sea o no en correspondencia al obsequio de la pasional rosa.

Es lindo ver cómo los tiempos cambian en tanto que se conservan tradiciones como la que nos ocupa. Que la gente se obsequie, ya sea como testimonio de amor o simplemente como manifestación de franca amistad, nos muestra que la especie humana, pese a las muchas atrocidades que ha cometido y sigue cometiendo, encierra en su propia naturaleza gérmenes de bondad capaces de sacar a flote este mundo que cada día tenemos más motivos para considerarlo poco menos que perdido. La irracionalidad y la codicia destruyen a velocidad de vértigo de forma irreparable la naturaleza, en tanto que la maldad y la ambición destruyen logros sociales que habían sido elaborados trabajosamente a lo largo de años de reflexión y esfuerzo.

Figuras como la del legendario San Jorge, capaces de entregar su vida antes que renunciar a su fe, nos pueden servir de estímulo, más allá de que creamos o no en ellas, para mantenernos firmes en nuestras convicciones más hondas, aquellas que dan base a nuestra existencia y fundamentan nuestro modo de vivir. Seguir los dictados del corazón, más allá de toda consideración de conveniencia es lo que impulsa las grandes empresas, lo que nos hace vivir humanamente y nos hace pelear contra las injusticias. Porque no son quimeras, como en las legendarias narraciones, lo que nos amenaza hoy día sino la criminal organización a nivel mundial de una codicia tan monstruosa como nunca la habíamos imaginado. La mentira, la falsedad y el crimen están a la orden del día en gran parte del mundo que otrora se autodenominó civilizado y hoy se las da de inteligente, lo cual demuestra que no fue ni es una cosa ni la otra. Dándoselas de civilizado destruyó admirables civilizaciones y hoy destruye el planeta que habitamos con gran perjuicio para toda la humanidad.

Si el crimen se organiza a nivel mundial, justo es que a nivel mundial se organice la defensa. Por eso hoy más que nunca son de aplaudir las acciones de resistencia que diversas organizaciones civiles promueven en muchas ciudades. Concretamente acá en España, en este fin de semana hay en varias capitales de provincia actos de protesta por la inhumana conducta de esa UE a la que no le basta con financiar y organizar guerras sino que luego niega la acogida a quienes de ellas huyen. Y acá en Catalunya, Barcelona encabeza un movimiento de municipios que se niegan a aceptar el Tratado Internacional Transatlántico TTIP. Más que intereses políticos partidistas, lo que necesitamos hoy son organizaciones civiles que creen conciencia y velen por el cumplimiento de normas y conductas justas que garanticen la convivencia de la humanidad en justicia y paz. Por fortuna se dan en todas partes, aunque habrá que ver si en grado suficiente, pues grande es el monstruo que nos ataca. Pero que surjan es ya motivo de estímulo y esperanza.


En este 23 de abril, en plena primavera boreal, desde un entorno ciudadano repleto de rosas y libros y sonrientes expresiones de felicidad, invocamos al Caballero San Jorge, defensor de causas justas, inspirador de amorosas grandezas generadoras de vida, para que su espíritu penetre con fuerza en el pensamiento colectivo de todos los pueblos, empezando por los que sufren la brutal agresión del neoliberalismo y pasando por los que además de ese repugnante mal padecen el del individualismo y la indiferencia. Los libros y las rosas ofrendadas con amor no pondrán fin a la deshumanización que nos aqueja, pero los sentimientos que a tales actos nos impulsan harán aflorar, sin duda, acciones que la mitiguen y remedien. /PC

jueves, 14 de abril de 2016

A paso de tango


“Tiempos de la vida mala que aturden la conciencia colectiva. Gobiernos de emperadores malevos fecundan malas semillas”. Con estos versos inicia Susana Rinaldi, a modo de prefacio, el tango de Cátulo Castillo “Desencuentro”. Una visión que no se queda en la comprensiva contemplación de la miseria humana que tan bien expresa la letra original y las de tantísimos tangos, sino que denuncia el gran mal que conlleva nuestro modo de vivir y la perversión de quienes con su poder crean las condiciones necesarias para que tanta desgracia ocurra.

La “vida mala” va mucho más allá del triste malvivir de las pobres gentes que los desgarradores viejos tangos denunciaban. La “vida mala”, esa forma de vivir sin alma y sin conciencia, al modo de las bestias, bajo la ley del más fuerte que nos han impuesto esos “emperadores malevos” que gobiernan el mundo nos ha llevado a un grado de inhumanidad que nunca los iluminados del siglo XVIII hubiesen podido imaginar. Como tampoco imaginaban, cabe pensar, que quienes les sucederían secuestrarían en beneficio propio los nobles ideales de “libertad, igualdad y fraternidad” que pretendían ser fundamento de la República.

Pese a los grandes discursos, el mundo occidental ha evolucionado social y políticamente sobre bases que más tenían que ver con la miseria humana que denuncian los viejos tangos que con el ideario republicano. Quienes han tenido el poder en sus manos han hecho caso omiso de cuanto pudiera significar dejar de ejercerlo y así, con esa idea en su mente, se han hecho dueños de los medios de difusión y los han controlado de modo que ignorasen la humana proclama republicana y en la medida de lo posible la ahogasen, a fin de que no fecundase el pensamiento colectivo.

Con el abuso de poder que siempre las armas dieron, esos bucaneros de la política que año tras año han gobernado sin que nadie les torciera el rumbo crearon democracias al modo como la entendían los antiguos griegos, es decir, con exclusión de los más débiles, los desposeídos, tales como esclavos y mujeres en aquel entonces y pobres y obreros en el presente. Y así, legislando de modo excluyente y a fuerza de despreciar los más nobles sentimientos del ser humano, han logrado fecundar malas semillas e imponer la vida mala a la cual gran parte de la humanidad hoy se adhiere.

Nuestro mundo, así gobernado, ha convertido en virtudes lo que otrora fueron pecados, tales como la codicia, la ambición desmesurada, el abuso de poder, la inmisericordia, la insolidaridad… Persuadidos a fuerza de sufrimientos cuando no de castigos, de la bondad o por lo menos la conveniencia de esa despreciable forma de pensar y sentir que rige nuestras vidas, hemos llegado a tener hoy una civilización occidental de origen presuntamente cristiano que adora el lujo, la prepotencia, el poder abusivo y las malas artes tanto como desprecia la virtud y la justicia. En ella se dan fenómenos tan lamentables como que los pobres desprecien a quienes son todavía más pobres y admiren a los causantes de la pobreza. Tanto es así que los gobiernos más contrarios a los intereses de la mayor parte de la población logran triunfos electorales a base de ganarse el corazón de los votantes mediante la “elegante” frivolidad que rodea a los candidatos, de quienes creen sus engañosas afirmaciones sin pararse ni un solo instante a reflexionar.

Reflexionar no se lleva en este mundo alocado en que vivimos. Se llevó en otro tiempo, cuando la gente era más consciente de lo poco que tenía y sabía que debía mantenerse lúcida para no perderlo y aun mejorarlo. Pero hoy día la gente, cegada por las pantallas de televisión y manipulado su pensamiento por los falaces discursos que de ellas brotan, no ve ni lo más obvio. No ve a donde nos lleva la vida fácil que el capitalismo nos propone a cambio de momentáneos favores, Y así, al igual que la pobre percanta del tango, hemos sido engrupidos por las lisonjeras milongas de una mala vida que es causa del malvivir de la mayor parte de la humanidad.

El mundo occidental se ha sometido a la base ideológica del capitalismo de un modo parecido a como se doma un potro o cualquier animal salvaje que no tenga las agallas necesarias para resistir los castigos y las tretas de sus domadores. Mediante palos, comida y algún discreto confort nos han configurado el pensar y el sentir, de tal modo que vivimos gozando de lo efímero, envidiando, codiciando y odiando a quien no nos da lo que esperábamos que nos diera, sin sentir en ningún momento necesidad alguna de luchar por lograrlo. La mayor parte de la sociedad vive esperando necia e indignamente que algún político “bacán” le dé lo que ansía, aun a cambio del amancebamiento que haga falta.

Pobre civilización nuestra occidental, que a fuerza de olvidar lo humano olvidó la dignidad. Cuando sea (y ya casi lo es) un auténtico “descolado mueble viejo” difícilmente encontrará ese buen amigo que Celedonio Flores nos invita a imaginar en su “Mano a mano” “que ha de jugarse el pellejo pa ayudar en lo que pueda cuando llegue la ocasión”.

A golpe de “Cambalache”, según nos cantó Discépolo, empezó el siglo XX y por caminos de vida mala, con la conciencia colectiva aturdida, transcurre el XXI. /PC

PUBLICADO EN:
https://ecupres.wordpress.com/2016/04/15/a-paso-de-tango/

miércoles, 13 de enero de 2016

Indignación y vergüenza


Con la ayuda de una bandada de pardillos mi país permanece en las garras de los rapaces.


Soy catalán de origen y de sentimiento. Nací en tiempo de la República y he vivido la guerra que los militares fascistas hicieron contra el legítimo gobierno republicano y las consiguientes desgracias que aquella criminal acción conllevó a mi pueblo. No he perdonado ni perdonaré nunca a los gobiernos de España los sufrimientos y las humillaciones que nos infringieron, tales como el soporte que dieron a la burguesía catalana para explotar a la clase obrera sin que esta pudiese oponerse a la arbitrariedad de aquella y también la prohibición de enseñar la lengua catalana en la escuela privándonos a todos los catalanes de aprender a leer y escribir nuestra propia lengua.

Soy obrero, hijo, nieto y biznieto de gente obrera. Como obrero he sufrido la explotación de la burguesía que se ha apropiado de la plusvalía de mi trabajo. Y también la desigualdad de oportunidades que los de mi clase han tenido siempre en relación a los de clases sociales más acomodadas. Y soy plenamente consciente de que estas desigualdades no son hechos naturales como el viento o la lluvia sino que provienen de decisiones políticas tomadas por los que ejercen el poder, ya sea personalmente o por medio de otros.

Todo esto que acabo de decir hace que me sienta independentista y proletario a la vez y que considere el Estado español y la burguesía catalana en conjunto enemigos del pueblo catalán obrero. Y son estos sentimientos míos los que me hacen desear que mi país, Cataluña, deje de estar bajo el dominio de España, que sea una república gobernada de manera justa y democrática para que mi pueblo sea libre y soberano y no esté sometido a ninguna de sus enemigos tradicionales ni a otros que puedan llegar a serlo.

Tengo plena convicción de que estos sentimientos míos no son una rareza de mi persona sino que los comparte más gente, tanto de mi edad como más joven y tanto por motivos similares a los míos como por otros, pues todo ser humano es fruto de lo que la vida le dio. Por eso me indigno y sublevo contra políticos y especuladores de todo tipo que quieran sacar provecho de estos sentimientos que tanto respeto me merecen.

Me lleva a decir públicamente cuanto antecede el abuso que el gobierno catalán está haciendo de los sentimientos de catalanidad que, como he señalado, compartimos una parte del pueblo. Un gobierno que, fiel cumplidor de las doctrinas neoliberales imperantes en la UE, impone políticas de austeridad que conllevan miseria y sufrimiento para una gran parte del pueblo catalán mientras mediante todos los recursos que tiene a su alcance exacerba el sentimiento patrio y manipula en beneficio propio el pensamiento de la gente.

El pueblo catalán tiene derecho a expresar su deseo de independencia y parece razonable de todo punto que el gobierno de turno favorezca estas expresiones. Pero manipularlas de forma que sirvan para asegurar la continuidad de políticas de expropiación y expolio del patrimonio y servicios públicos básicos para el pueblo me parece una actuación merecedora del rechazo de quienquiera que tenga dos dedos de frente y un mínimo sentido de lo que es justo.

Llevamos ya más de tres años de manipulación mediática del pensamiento de la gente en favor de una independencia que, bien mirado, en caso de llegar a conseguirse sólo beneficiaría a las clases más acomodadas y dejaría inmersa por muchos años en el esclavitud y la miseria la mayor parte de la población catalana. La liberación de la opresión española que los actuales líderes independentistas catalanes de derechas proponen no es un hecho de justicia ni social ni política sino una trampa para tener el pueblo catalán sometido a los poderes dominantes. No es una revuelta contra la opresión sino un simple cambio de amo hecho con alevosía para beneficio de los políticos catalanes que lo manipulan.

Dado el gran despliegue de mensajes persuasivos hecho por el gobierno catalán a través de los medios que controla, parece lógico que el pueblo no se dé cuenta de a dónde nos están llevando. Pero que una formación política encabezada por líderes bien preparados políticamente que pretende ser a la vez independentista y anticapitalista acabe cayendo en la trampa y apoyando las pretensiones del gobierno de derechas que la pone es no sólo decepcionante sino indignante y vergonzoso a la vez.

Pero bien, la historia de los pueblos se compone de victorias y derrotas. Esperamos que lo antes posible estos líderes que se presentaban como revolucionarios reflexionen y enmienden su error, o bien, si esto no sucediera, que su conducta estimule otros a hacer lo que ellos prometían pero no hacen. / PC

PUBLICADO EN:
http://kaosenlared.net/indignacio-i-vergonya-indignacion-y-verguenza-catcas/

lunes, 11 de enero de 2016

Las contradicciones de la CUP


Dijo NO pero ha hecho SÍ. No ha investido presidente a Artur Mas, lo ha humillado, pero ha dado a su partido la ocasión de seguir con su línea de gobierno. ¿No es una contradicción, esto?


A lo largo de toda la campaña electoral la CUP ha defendido dos posiciones que si en principio no tenían por qué ser contradictorias ha resultado que en las actuales circunstancias sí lo son. Por un lado se ha manifestado independentista hasta el punto de no querer saber nada con las candidaturas que no lo eran explícitamente, lo que parece bastante coherente. Por otro, ha mantenido una férrea oposición a la candidatura de Artur Mas diciendo que no estaba de acuerdo con su línea política neoliberal de recortes presupuestarios y privatización de servicios públicos básicos para el pueblo catalán. Esta actitud crítica más la procedencia izquierdista y combativa de una parte de los candidatos a diputado que ocupaban los primeros puestos de la lista han hecho pensar a una buena parte de sus votantes que la CUP podía ser una izquierda catalana comprometida y dispuesta a luchar por el bienestar del pueblo catalán.

La falta de una izquierda sensible a las necesidades de la población catalana actual se hacía sentir más que nunca desde que ERC se juntó con CDC y so pretexto de favorecer un hipotético proceso independentista daba apoyo a los presupuestos y los recortes de su gobierno. ¿Quién quedaba para defender al pueblo catalán si todos los que se decían independentistas estaban de acuerdo en pasar a manos privadas los servicios más necesarios para la población? Sólo quedaba la izquierda española, la que no contemplaba ni de lejos la idea de una Cataluña independiente de España... y la CUP. Era lógico, pues, que el electorado independentista de izquierdas pusiera sus esperanzas en esta formación joven que tantas muestras daba de estar al lado del pueblo. Y así, con esta imagen, la CUP pasó de tener tres diputados a tener diez.

Estar al lado del pueblo y ser independentista a la vez no es ninguna novedad. Los revolucionarios catalanes de tiempos de la II República participaban de esta idea. De palabra y de hechos se oponían a que ningún pueblo sometiera a otro igual que se oponían a que ningún ser humano sometiera a ningún otro. Es un pensamiento coherente con la idea de libertad que entra en conflicto con los intereses de los poderosos y de los estados opresores. Parecía lógico pensar que la CUP pudiese compartir esta idea. Pero el hecho de que haya terminado apoyando una candidatura claramente neoliberal hace dudar entorno a cuáles son las prioridades de la CUP, si lo es la justicia social o la independencia.

La opción "primero la independencia y luego ya hablaremos de ideologías" no se aguanta por ningún lado desde una perspectiva social en el presente de la nación catalana. Y no solamente porque es apoyar la ambición de estos políticos neoliberales que están gobernando ahora sino porque sabemos bien, y el último 27S lo ha demostrado, que la mayor parte del censo electoral no está a favor de la independencia. Y esto es así después de cuatro años de bombardeo mediático y permanente lavado de cerebro de la población catalana por parte de un gobierno interesado en ponerse al amparo de la estelada. Hay que pensar qué sucedería si en España hubiese auténticas perspectivas de cambios que hiciesen aflorar políticas de carácter social. ¿Cuál sería la oferta catalana que pudiera contrarrestarlas? ¿Que ofrecen CDC y ERC en el pueblo catalán que no sea someterse a los imperativos de la UE? ¿Y qué tienen de bueno para el pueblo las exigencias de este lobby de banqueros que es la Europa del euro? ¿Es razonable pensar que en una situación así ganaría la independencia en caso de referéndum? Pues no, no es razonable pensarlo. Así nos lo hace ver el hecho de que el presidente Mas haya tenido que tragarse su soberbia y echarse atrás de la amenaza de ir a nuevas elecciones en las que la nueva izquierda catalana que está surgiendo hubiera podido hacer desaparecer definitivamente del mapa político a su formación.

¿Qué espera, pues, conseguir la CUP al juntarse con la derecha catalana para evitar unas nuevas elecciones que podrían abrir paso a una izquierda surgida del actual pueblo catalán con ánimo de justicia y espíritu dialogante? Esto es lo que nos debería explicar de manera convincente esta formación independentista que veíamos como sensible a las necesidades del pueblo. Porque si al hacerlo nos encontráramos con que sus argumentos difieren poco de los de la derecha, el desencanto de una buena parte de sus votantes podría ser grande. / PC