martes, 31 de diciembre de 2013

Entre el deseo y la esperanza


Diciembre boreal.
¡Lejos quedó el verano!
El melancólico otoño golpea ya la puerta del invierno,
tiempo de oscuridad y de silencio,
en el que duerme la savia de la vida
esperando brotar en primavera,
en el marzo guerrero,
en el abril lluvioso de dragones raptores de doncellas,
de legendarios caballeros y rojas rosas
cual la sangre que corre por las venas
y en ellas hierve
y aflora en el radiante mayo
en las calles y plazas
con un clamor de pueblo,
un estruendo de quejas
y reclamos,
indignación profunda
que despierta
tras un largo letargo de inhumana anestesia.


Enero.
Bajo la niebla
el hielo adorna
con cristalinas cenefas
las ramas de los árboles
en el silencio de unos campos que esperan
con labriega paciencia
la nieve que los cubra,
la lluvia que les moje las entrañas
y las devenga fértiles.
Sobre los hielos
en mitad de esos campos
unos pájaros negros
arrebozados en sus plumas
aguardan
sobrevivir en esta dura prueba
a que la madre natura los convoca,
de madurez y resistencia
y voluntad firme
de alcanzar
la todavía lejana primavera.
Solo el firme afán
y el vivo anhelo
les darán la victoria.


Cubierto ya de invierno
sigue febrero
con su manto de nieve
bajo un sol que se le asoma
con discreta prudencia.
A su queda llamada
florecen los almendros
temerarios,
dispuestos a afrontar
los últimos envites
de ese invierno tenaz
cuya derrota cantan ya
esos pájaros negros,
profetas pregoneros de esperanza.
No se rindió la vida,
solo hizo una tregua.


Tras el cristal de mi ventana observo
con mi mirada vieja
como cae la lluvia
que repica con fuerza
sobre asfaltos y losas y tejados
y murmura
en la labrada tierra blanda
de los sembrados
y escucho
en lo hondo de mi alma
cargada de deseo
su gorjeo de promesas
de abundantes graneros
que nutrirán generaciones venideras,
un nuevo mundo
de gentes jóvenes
y esperanzas nuevas.


Pep Castelló
Diciembre 2013

sábado, 28 de diciembre de 2013

La Navidad del pobre y la del rico

¿Qué nos mueve a celebrar la Navidad del modo que lo hacemos? 


La Navidad que nuestra civilización cristiana viene celebrando a lo largo de los siglos es el triunfo del malabarismo mental sobre la natural alegría que mana del renacer de la vida. Es el triunfo de la maldad sobre la bondad; de la perversión sobre la inocencia; de la soberbia sobre la humildad; de la prepotencia, la ostentación y el lujo sobre la sencillez. Es un escarnio, un desprecio total de la propia alegoría navideña.

Cuando en el siglo IV el emperador Constantino convocó y presidió el concilio de Nicea, sabía bien el fin que perseguía: poner de parte del Imperio a quienes profesaban la fe cristiana. Tuvo para ello que contar con la complicidad de los líderes religiosos que anteponían lo divino a lo humano, una supuesta vida en el cielo antes que una certera vida en la tierra, el culto a la majestad de un Dios todopoderoso antes que la fraternidad humana.

La concepción de la doctrina cristiana que a partir de entonces se impuso acabó con la esencia del mensaje de Jesús de Nazaret que transmiten los evangelios, con las lecciones de humanidad que nos transmite ese arquetipo que invita a convivir haciendo honor a la verdad y a la justicia a fin de que la paz y la felicidad reinen en la tierra. El poder se enseñoreó desde entonces del entorno llamado cristiano y el mal llamado Reino de Dios se impuso a filo de espada en el mundo conocido y en el que los imperios fueron conquistando.

No obstante, algo del primigenio mensaje conservó el cristianismo, pues que siguió predicando humildad y mansedumbre, paz y bondad, bases necesarias para la convivencia, sin duda alguna. Pero a poco que se mire con sentido crítico se verá que esa prédica responde plenamente a la astucia interesada de los líderes político-religiosos que se sucedieron a partir de aquella imperial reforma, pues sabían bien que para tener sujeto al sometido es necesaria la mansa colaboración del mismo.

No hace falta profesar creencias religiosas para entender las alegorías que las religiones ofrecen a nuestro intelecto. Pasó ya aquel tiempo en que la ingenuidad y la incultura hacían que diésemos por cierto cuanto narran. Hoy sabemos bien que no es lo que dicen sino lo que nos quieren dar a entender. Más allá de las creencias y los preceptos, su valor está en la invitación que nos hacen a reflexionar. La universalidad de sus metáforas queda clara en la actualidad de sus mensajes. Entre ellos, el de la Navidad que estos días celebramos.

A poco que nos paremos a pensar veremos el contrasentido que encierra celebrar con ostentación y despilfarro esa imagen de sencillez que comporta el nacimiento en condiciones de pobreza extrema de quien según la tradición fue muestra de humildad, de renuncia a las glorias y al poder de este mundo para animarnos a descubrir y gozar la alegría de la fraternidad, del amor al prójimo, del amor a la verdad, de la lucha por la justicia, por la igualdad de todos los seres humanos, por la libertad de las almas y conciencias frente a las imposiciones dominantes. 

¿Qué nos mueve a celebrar la Navidad del modo que lo hacemos? Si en el siglo IV fue el poder del Imperio quien fagocitó el cristianismo, luego ha sido el capitalismo. El consumismo desaforado ha convertido el acto de comprar en supremo motivo de alegría. Ya no es el afán de poseer sino la simple acción de comprar, de tener algo nuevo que mostrar o con lo que entretenernos. Un afán necio, una ilusión falaz que somete la felicidad al poder adquisitivo, lo cual nos deshumaniza y condiciona todo nuestro modo de vivir.

Para nada escucha nuestra civilización cristiana el mensaje de la Navidad sencilla, modesta en lo material pero rica en sentimientos de humanidad. El mensaje que prevalece en todo el orbe cristiano en estas fechas navideñas es el de los ricos. ¡Comprad! ¡Comprad, malditos! ¡Comprad y codiciad y llenad vuestras vidas de amor a lo material, a lo superfluo!

A veinte siglos largos del mensaje navideño, el mundo científico nos anuncia que el planeta Tierra no soporta ya más este dislate consumista que agota a velocidad de vértigo los recursos naturales. Hoy las entrañas de nuestra casa común rugen por el expolio a que se las somete. No es sensato seguir consumiendo del modo que lo hacemos. No es sensato seguir condicionando la felicidad al poder adquisitivo. No lo es desde una perspectiva ecológica ni lo es desde una perspectiva filantrópica.

Hoy más que nunca tenemos motivos para ver la alegoría navideña con ojos proféticos. Para buscar la felicidad donde vaya de la mano con la igualdad, con la solidaridad, con una libertad total, respetuosa con la del prójimo, compartida con la humanidad entera. Con creencias religiosas o sin ellas, el mensaje humano que la Navidad conlleva debiera servirnos para reflexionar sobre lo que hay de valor y lo que hay de espurio en nuestro modo de vivir, tanto en el orden personal como en el social como en nuestra relación con lo político.

Hagamos, pues, un alto en el camino. Apaguemos el televisor. Parémonos a pensar, a reflexionar y preparémonos para emprender un nuevo giro alrededor del Sol con la mente clara, limpia de polución capitalista y llena de ideales de profunda humanidad. Libertad, fraternidad e igualdad, de hoy en más en nuestro corazón y pensamiento para nuestro propio hacer, para la gente que nos rodea y para el mundo entero. /PC

http://www.kaosenlared.net/america-latina/al/bolivia/item/77076-la-navidad-del-pobre-y-la-del-rico.html 

sábado, 21 de diciembre de 2013

Navidad en tiempo de guerra

Ni paz ni tregua navideña sino guerra sin cuartel en todo el planeta Tierra es lo que el mundo rico le ofrece al pobre en esta Navidad que ahora celebra la civilización que se autodenomina cristiana.


No doblan las campanas anunciando el recomienzo de la vida y la simbólica celebración que de él hace la civilización cristiana. No resuenan en la bóveda celeste cantos de gloria entonados por angelicales criaturas. No hay paz en la tierra para los hombres de buena voluntad sino sufrimiento y miseria, una miseria decretada por los ricos epulones que mandan redoblar cada vez con más fuerza los tambores de la guerra. Una guerra cruel como todas las que la bestia humana ha desencadenado siempre para satisfacer su codicia y su soberbia. Una guerra que diezma poblaciones y arrasa tierras dejándolas estériles y desiertas. Una guerra que ahora nos alcanza.

En su ambición desmesurada se disputan los ricos hasta el más insignificante rincón de la superficie de la tierra. Todo les vale, a sí sean desiertos o glaciales o helados mares, pues todo es susceptible de negocio en esa loca confusión que han hecho entre el valor y el precio. Todo puede ser convertido en herramienta de poder sobre el adversario, otro grupo de necios competidores destructores de cuanto de humano tenemos en el alma y vertemos en la tierra. Locos todos ellos, cortan la rama de la que pendemos todos, incluso ellos. Cuando la rama caiga se acabará todo para todos.

El mundo rico ha decretado la guerra al mundo pobre de forma clara, sin ambages, sin sibilinas sutilidades. No le basta ya con ganar dinero a espuertas sino que quiere más. Quiere tener al pobre sometido, esclavo... Sabe bien que los pobres se durmieron en sus laureles y confundiéndose tomaron a los amos por amigos, por iguales... ¡Necios! El rico es rico porque roba a los pobres, no porque los ame y comparta con ellos sus riquezas.

Un complaciente bienestar nos indujo a pensar que ya no éramos pobres, que el mundo era nuestro por derecho natural y que ese derecho nos bastaba para andar descuidados por la vida. Descuidamos nuestro deber de asociarnos para defender cuanto teníamos. Fuimos tan estúpidos que dejamos nuestro futuro y el de nuestro pueblo en manos de los políticos profesionales. Ni de lejos nos pasó por la cabeza que los políticos podían venderse a los banqueros. ¡Bobos! Ahora estamos pagando todos esos descuidos.

Llegamos a creer que gozar de un confort semejante al de los ricos nos hacía ya ricos. ¡Borricos es lo que nos ha hecho ese espejismo! Hemos perdido la conciencia de clase. Hemos creído que ya no éramos obreros porque nuestro nivel de conocimientos nos permitía ocupar cargos medios y aun altos en las empresas de los ricos. Nunca nos paramos a pensar que por más cualificados que estuviésemos no éramos más que obreros. Obreros fácilmente sustituibles, que podíamos quedarnos sin trabajo, bien por despido o bien por cierre de la empresa o bien por lo que fuera. Nos olvidamos de que obrero es quien a cambio de un sueldo renuncia a la plusvalía de su trabajo y acepta que esta pase a manos privadas, que se la quede el amo y que haga con ella lo que le plazca.

Hoy la realidad nos invita a abrir los ojos. No es una invitación amable la suya sino preñada de violencia. Millones de desempleados, muchos de ellos sin perspectiva alguna de poder volver a trabajar en un mercado laboral donde cada día sobra más gente. Familias enteras sin vivienda, desahuciadas por la codicia de los bancos que con la complicidad de los gobiernos de turno les hicieron unos prestamos hipotecarios en condiciones de usura. Miseria para una gran parte de la población mientras las minorías insolidarias colaboran con los estafadores. Leyes cada día más injustas aplicadas por un poder judicial plenamente situado al lado de los políticos corruptos. La desvergüenza más escandalosa campa por sus anchas en el panorama político internacional sin que haya organismo capaz de ponerle freno. ¿Vamos a resignarnos? ¿Vamos a padecer todos esos atropellos sin ofrecer resistencia?

Solo hay una forma de pararle los pies a la fiera capitalista y esta pasa por organizarnos. Quienes están arriba tienen la fuerza; quienes estamos abajo hemos de tener la inteligencia, la solidaridad, el tesón y el coraje suficiente. Es hora de ponernos en pie, de organizarnos, de agruparnos, de unirnos con nuestros iguales, con quienes nos sintamos más identificados para plantarle cara a tanto criminal disfrazado de político. Nadie puede hacer nada en solitario. ¡Nadie! No hay más que dos opciones: unirnos y luchar o rendirnos y dejar que nos devoren. No hay más.

No es tiempo de inocentes villancicos esta Navidad 2013 sino de escuchar el clamor del pueblo desposeído y unirse a él. Es tiempo de abrir los ojos y llenarse el corazón con el espíritu rebelde de ese Jesús valeroso que los evangelios dicen que fue, arquetipo de luchador incansable, fiel a sus ideas hasta el mismísimo final. Ojalá que su espíritu impregne a todo el orbe cristiano, creyente y no creyente. Ojalá que nos llene el alma y nos una en un esfuerzo común contra la codicia, contra la injusticia, contra el crimen organizado, y nos dé el coraje necesario para poner en el primer plano de la vida la dignidad del ser humano. /PC

http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/76607-navidad-en-tiempo-de-guerra.html

http://ecupres.wordpress.com/2013/12/23/navidad-en-tiempo-de-guerra/

sábado, 14 de diciembre de 2013

Acallar las voces... silenciar la conciencia

Cuando los déspotas alcanzan  el poder, la injusticia queda garantizada. Así lo demuestran la “Ley Mordaza” española y las revueltas policiales argentinas.


Acallar las voces que denuncian injusticias es la razón de ser de esa “Ley Mordaza” que el gobierno de las derechas se ha sacado de la manga en España, como también lo es el origen de esa mafia policial argentina cuyas maniobras difunden estos días los medios informativos españoles tras pasarlas por el filtro de la desinformación.

No hay que ser adivino para ver en la reiterada difusión de esas noticias la intención de reforzar la idea fascista de que el pueblo se desmadra cuando no hay una mano dura que lo sujete. Para eso sirve promover revueltas y desorden ciudadano y a eso van encaminadas las acciones criminales de esas bandas que la mafia policial maneja a su antojo y conveniencia. Propagar el miedo para justificar la represión es lo que han hecho siempre los golpistas. Poner a las clases medias de su parte y lanzarlas contra las más pobres para así justificar leyes que promueven la desigualdad social es una medida criminal de gobierno a la que se adhieren todos los partidos políticos falsamente denominados de izquierdas.

Quienes gobiernan saben de la poderosa fuerza de las palabras cuando éstas transmiten ideas que laten en las mentes de quienes las escuchan. Saben que la injusticia mueve a la indignación y ésta a la rebelión cuando el pueblo toma conciencia del abuso a que se le somete. Saben que todo opresor necesita la colaboración del oprimido si quiere seguir adelante con la injusticia, porque a un pueblo que masivamente se rebela solo se le puede detener con un despliegue grande de violencia, algo que puede ser políticamente peligroso y aun ineficaz a la larga. De ahí que mientan continuamente y hagan cuanto esté a su alcance para silenciar toda denuncia que pueda contribuir a generar opiniones y sentimientos que no favorezcan sus intereses.

Acá el gobierno miente para justificar el robo que le está perpetrando al pueblo en favor de las clases privilegiadas. Miente el gobierno y miente esa oposición cómplice que dice una cosa cuando ejerce como tal y hace la contraria cuando está en el gobierno. Mienten los políticos, prevarican los jueces y entre unos y otros arman el necesario baluarte para defender sus intereses y los de quienes les financian. En la Argentina mienten los gobernantes que ocultan la verdadera relación que mantienen con la policía y achacan los disturbios a los pobres de las villas, cuando en realidad no son ellos sino las bandas mafiosas que esos policías manejan y activan a su conveniencia.

Cuando las protestas surgen de forma más o menos espontánea, los gobiernos se limitan a sacar a la calle las fuerzas antidisturbios. Pero cuando la protesta es organizada van a por quienes las lideran. Porque quienes gobiernan saben bien que por mucho descontento que manifieste el pueblo, las protestas quedarán en nada mientras no haya alguien con carisma que las lidere. Y a eso aplican todos los medios de que disponen, desde los judiciales hasta los físicamente violentos, tales como paramilitares y fuerzas armadas.

En un estado en manos del despotismo todo vestigio de democracia queda suprimido, ya sea por ley o de hecho. Las leyes se alejan del principio sagrado de la “regla de oro” para asemejarse a un embudo, ancho para unos y estrecho para otros. El crimen institucional campa por sus anchas. Los grandes estafadores gozan de impunidad y en caso de ser encausados son declarados inocentes o en último extremo son indultados. En tanto que sobre los pobres ladronzuelos recae con fuerza todo el peso de la ley.

No puede haber justicia en el mundo mientras no haya conciencia clara de cuanto se hace y de por qué se hace. Y no habrá conciencia mientras se silencien las voces que denuncian la injusticia. Los partidos de gobierno que se autodenominan de izquierdas debieran tener muy presente que esconder la verdad y silenciar las voces que protestan redunda a la larga en perjuicio suyo. Porque el pueblo aborrece la mentira y difícilmente perdona a quienes le engañan.

Las mentiras de los gobernantes falsamente proclamados de izquierdas son armas letales en manos de la derecha, porque ésta se valdrá de ellas para actuar contra el pueblo y someterlo. De ahí que más peligroso sea un traidor que cien enemigos.

Los gobernantes que con discursos de izquierdas, aun haciendo algunas acciones favorables al pueblo hacen políticas estructurales propias de la derecha son en realidad traidores a la causa que dicen defender. Tarde o temprano el pueblo sufrirá las consecuencias de esas políticas de derechas y descubrirá que quienes las llevaron a cabo no eran sus amigos sino sus solapados enemigos. /PC



PUBLICADO EN:

http://www.kaosenlared.net/secciones/s2/opinion/item/76081-acallar-las-voces-silenciar-la-conciencia.html


http://ecupres.wordpress.com/2013/12/16/acallar-las-voces-silenciar-la-conciencia/

domingo, 8 de diciembre de 2013

El singular combate de un caballero desarmado


Sin montura y sin armas ante el dragón veía el caballero con dolor como la feroz bestia sujetaba con una de sus garras a la doncella, entreabiertas sus fauces babeantes, dispuesta a devorarla. Nada podía hacer por liberarla, pues carecía de cuanto precisa un caballero para la lucha.

Miró en derredor buscando algo de que valerse a modo de arma, pero nada encontró. Tan solo piedras que lanzar, inofensivas caricias para una bestia del tamaño de la que enfrentaba. Ningún leño, ni rama rota, ni herramienta abandonada por algún labriego, ni nada que blandir a modo de lanza, espada o maza.

Sentía la impotencia oprimiéndole el pecho hasta impedirle casi respirar. Toda su dignidad de caballero se iba abajo, se hundía en un derrumbe que le llevaba hasta las mismas entrañas del infierno que para los desgraciados tenía destinado su paradigma.

Algo debía hacer, fuese lo que fuese y llevase a lo que llevase. Cualquier cosa menos quedarse impávido contemplando como la bestia desgarraba con sus fauces el cuerpo de la desdichada que aun sin ella saberlo le exigía actuar conforme a su código de honor de caballero.

Su cerebro giraba como las aspas de un molino al impulso de un viento huracanado. Si él no podía liberar a la doncella, alguien quizá podría hacerlo. Algún otro caballero que el destino trajese por aquellas senda. Alguien con más buena fortuna que la suya, que no hubiese sufrido la desventura de naufragar, al igual que él cuando el inepto barquero hizo que zozobrara la barcaza en la que cruzaban el caudaloso río que le dejó sin caballo y sin armas.

Pero él no era el destino. Él no podía hacer que ningún compañero de armas acertase a cruzar por allí en aquel instante ¿Como hallar a algún afortunado mortal en aquel momento? No podía ausentarse. No podía abandonar a la doncella para ir a buscar ayuda.

Estaba en un mar de dudas. Nunca quienes le habían instruido desde niño le habían hecho pensar situación parecida. Tan solo le habían dicho y repetido millares de veces que antes morir que abandonar el campo de batalla. Porque, ¿de qué sirve vivir bajo el oprobio, estar vivo sin honor?

No le cabía duda. Nunca estuvo en su mente la idea de rendirse. Sabía que vencer era imposible, pero el deber le obligaba a lanzarse a pelear, con armas o sin ellas.

Agarró una piedra, la mayor que tuvo a su alcance y acercándose a la bestia se la lanzó a la cabeza con ánimo de herirle en un ojo. No acertó a cegarle, pero sí a enfurecer a la fiera, que sin soltar a la doncella se giró hacia él rugiendo, abiertas de par en par sus espantosas fauces.

Se trataba de ganar tiempo, de evitar en la medida de lo posible la muerte de su dama. Así que agarrando cuantas piedras hallaba las lanzaba una tras otra a la cabeza de su monstruoso enemigo, el cual sin soltar su presa iba ahora a por él.

La lucha era desigual. La bestia tenía fauces y garras, en tanto que él no tenía más armas que las piedras, como un simple cabrero, no como corresponde a un caballero. Pero no le importaba. Iba a seguir en el combate, así fuese con piedras o con puños o con lo que pudiese hasta que la fortuna a o la desgracia marcasen el final.

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La fiera avanzaba hacia él furiosa por las pedradas que recibía. El caballero esquivaba los ataques de aquel pesado monstruo y agarrando piedras se la lanzaba con fuerza a la cabeza. El animal rugía mientras con pesados movimientos trataba de alcanzar a su agresor. Pero no soltaba a la doncella que tenía presa con una de sus garras. Era evidente que aparte de enfurecerle las pedradas no le hacían mella.

El caballero pensó que debía arriesgar más si quería herirle, así que agarrando una pesada piedra con ambas manos se acercó al enfurecido monstruo y cuando éste alargó el cuello hacia él con las fauces abiertas se la lanzó con fuerza y le dio, esta vez sí, en pleno ojo.

El rugido del dragón fue espantoso. Apartó su cabeza bruscamente y con una velocidad inesperada dio un giro sobre sí mismo y propinó un coletazo al caballero haciéndolo rodar por tierra.

Medio aturdido por el golpe vio cómo el dragón se le venía encima dispuesto a atraparle con sus dos garras delanteras. Eso le indicaba que había soltado a la doncella. Así era. Pudo ver como la muchacha se incorporaba y se esforzaba por alejarse de allí. 

Poco más vio. De un zarpazo lo agarró la fiera y lo alzó en el aire como si de un muñeco de trapo se tratara. Sintió la brutal presión de aquellas poderosas garras sobre su cuerpo. Forcejeó cuanto pudo intentando desasirse, pero fue inútil. Aquella bestia tenía una fuerza descomunal, acorde con su tamaño, y él no tenía ni un mal cuchillo con que herirle.

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Dícese “con la velocidad del pensamiento” y nada es más cierto, pues mientras volteaba por los aires antes de estrellarse contra la dura roca a la que el dragón lo lanzó con rabiosa fuerza, tuvo tiempo suficiente para hacer un repaso de todas sus hazañas. 

No sabía siquiera como se había convertido en caballero, pues carecía de linaje y nunca había recibido las enseñanzas propias de tal condición. Nacido en humilde cuna se fue pertrechando de cuanto iba encontrado en los desvanes de la vida y aprendiendo en cuantas lides su imprudencia le embarcaba. Nunca tuvo otro maestro de armas sino sus propios errores, de los que aprendió con dolor derrota tras derrota.

Ahora se veía librando su último combate. Era una victoria pírrica, pero era un triunfo, porque había logrado liberar a la doncella. Que ella lograse llegar a las puertas de la ciudad sin que la fiera la alcanzara ya no era cosa suya. Él había hecho cuanto le correspondía. /PC



sábado, 7 de diciembre de 2013

La lucha del pueblo y la todavía lejana revolución

¿Cuál es el verdadero enemigo de la revolución y dónde se esconde?

En un momento como el presente en que la codicia de las clases altas estruja a más no poder al pueblo y éste toma conciencia y se rebela, parece lógico pensar siquiera por un instante hacia dónde vamos con nuestras protestas, o quizá mejor, hacia dónde queremos ir con nuestras acciones.

Tenemos mucho por lo que luchar porque mucho es lo que nos están robando. El número de colectivos movilizado y gente que se les suma crece día a día. Pero la lucha es desigual, como lo fue siempre, dada la gran desigualdad de recursos entre uno y otro bando. En tanto que los opresores tienen todo el aparato estatal a su favor, los oprimidos van a pecho descubierto dispuestos a recibir cuantos palos les propinen y contando como único recurso con la conciencia de quienes les apalean, que suele ser mucho más escasa de lo que requiere la humana convivencia.

Defender el estatus, salvaguardar los intereses de los opresores mueve cifras de dinero inimaginables. Los presupuestos de gasto militar son astronómicos. Los sueldos de políticos, economistas, abogados, y fuerzas represoras de todo orden que trabajan en favor de las minorías ricas de la población mundial son fabulosos si los comparamos con los de quienes en similares funciones tratan de estar al servicio de lo justo, de lo que revierte en bien de la sociedad entera. Y si tenemos en cuenta que una buena parte de quienes están al servicio de los ricos son gente del pueblo, las esperanzas de igualar la lucha mediante la toma de conciencia de la ciudadanía quedan muy menguadas.

No obstante algo se va a lograr en ese heroico empeño. Algo se va a librar del despojo institucionalizado al cual nos someten. Algún momento de gloria va a celebrar el pueblo a lo largo de esta desigual guerra que ha dado comienzo. Pero... ¿nos basta con eso?

A nadie se le oculta que las situaciones no bajan del cielo sino que surgen de un proceso que requiere un tiempo para desarrollarse. El viejo refrán “aquellos polvos trajeron estos lodos” lo expresa claramente. Lo ocurrido a partir del año 2008 se venia gestando desde mucho antes, desde 1980 dicen los expertos, pese a que casi nadie entre la gente común del pueblo se daba cuenta. Y esa ignorancia hace que la mayor parte de la población aspire hoy tan solo a regresar a la situación que teníamos en 2007. No ven que la situación actual no es un azar de la vida sino consecuencia de las decisiones dictadas por la ideología capitalista y que de no cambiar nada de cuanto venía sucediendo en el último cuarto de siglo volveríamos en breve a estar donde ahora estamos.

Ante lo que acabamos de comentar cabe la siguiente pregunta: ¿quiere de verdad el pueblo librarse del yugo capitalista, o le basta con mejorar las condiciones de vida por el momento y luego ya veremos?

Mucho tememos que la idea de librarse del capitalismo no está al alcance de la mayor parte del pueblo. Son muchos los factores que contribuyen a que eso así sea, pero el principal de ellos es que no somos capaces de imaginar otra forma de vivir distinta de la que el capitalismo nos ha impuesto. Consumo irracional y aun compulsivo en algunos casos, confort excesivo, individualismo y competitividad en vez de solidaridad, aceptación de la desigualdad social, irresponsabilidad política...

El principal impedimento para un verdadero cambio está en el pensamiento colectivo, es decir, en alma del pueblo. Ahí es donde se esconde nuestro principal enemigo. Pues mientras sigamos deseando cuanto el capitalismo ha puesto a nuestro alcance seremos esclavos de su maldita ideología, del maldito materialismo que nos oprime.

Hacen falta años de pedagogía para deshacer tanta miseria espiritual y construir un paradigma que ponga la dignidad humana en el primer plano del pensamiento colectivo. Años y acciones, porque como dijo Freire, es de ingenuos pensar que quienes gobiernan desde la ideología van a decretar sistemas educativos destinados a la liberación y dignificación del pueblo. Luego si queremos ese cambio, esa redención humana de las clases sometidas, va a tener que ser la sociedad civil quien lleve a cabo esas acciones encaminadas a construir el nuevo paradigma desde el cual pensar la vida.

Por fortuna esa campaña pedagógica comenzó ya, pues cada denuncia de injusticia es una invitación a abrir los ojos para ver las cosas de forma distinta a como las estábamos viendo. Son muchos los colectivos que hoy día están en pie de lucha. Deber de todo el pueblo es participar en esta necesaria defensa de lo propio, empezando por la dignidad pisoteada por los políticos de turno y sus secuaces.

En esta lucha contra el poder que estamos librando nos jugamos la libertad nuestra y de las generaciones que nos siguen. Si la perdemos habremos sentenciado nuestra esclavitud y la suya. Nadie debe mantenerse al margen de esta contienda. Cada cual debe aportar lo suyo, según sus fuerzas y capacidades, pero teniendo muy claro que abstenerse es traición. Porque tan solo con la victoria podremos mantener la condición de seres libres. /PC

http://www.kaosenlared.net/secciones/s2/opinion/item/75518-la-lucha-del-pueblo-y-la-todav%C3%ADa-lejana-revoluci%C3%B3n.html