lunes, 18 de octubre de 2010

Sentir, pensar, creer... ed


Nadie camina en solitario por la vida. Ningún corazón late vacío de amores y de odios, pues la sangre de todo ser humano es una mezcla de ambos. Una mezcla caliente, oxigenada y viva, que nos mueve a gozos y a tormentos. Una mezcla que transporta hasta la más remota de nuestras fibras alimentos y afectos, todo cuanto nos nutre cuerpo y alma, ese conjunto indivisible que es el ser humano.

Quienes conocen bien el alma humana saben que hay que nutrirla de continuo, que no hay que dejar que se apague la pasión que nos hace latir, porque en ese latir está la vida. Para eso están las fiestas y los juegos y el arte y la cultura entera, para llenarnos de gozo y evitar que nos invada la tristeza y nos domine el tedio y con él entren en nuestro corazón los rencores y el odio. Pero también para este fin está el pensamiento, para que no sea puro instinto animal cuanto nos mueva; para que nos vayamos convirtiendo día a día, año tras año, en seres verdaderamente humanos.

Pensar es necesario. No podemos prescindir del pensamiento. Es preciso pensar en todo momento cuanto estamos haciendo y mirar bien el camino que estamos siguiendo, no sea que extraviemos y vayamos a parar a algún atolladero. El ser humano aprende cuando actúa y piensa, y suele errar cuando prescinde del pensamiento.

Por fortuna pensar es una facultad humana. Todo ser humano es capaz de pensar, no tan sólo en lo más necesario para su subsistencia sino en todo aquello que sirve para llevarle a estados más felices. Nadie debe por tanto renunciar a esta tarea ni delegarla en otros, porque de que la lleve a cabo con acierto van, a la larga, su sufrimiento y su gozo y el de su entorno y el de su descendencia y el del mundo entero, porque todo trasciende, nada se queda en lo inmediato sino que se expande y acaba abarcando el universo. Pensar es un deber por tanto, una responsabilidad ineludible de todo ser humano.

Pero pensar no es fácil y es incómodo y además da miedo. Porque pensar es barajar lo que sabemos, confrontarlo, ponerlo en orden, discernir, desechar lo inservible y hacer limpieza del trastero de la mente; porque no es cierto aquello que se dice de que “el saber no ocupa lugar”, pues sí lo ocupa, y a veces de tal modo que no deja espacio para otras maneras de entender la vida, porque el saber y el pensar y el sentir y el creer de un cierto modo llenan a rebosar nuestra persona.

En ese cúmulo de “certezas” nos asentamos, aunque con riesgo de tambalearnos y aun derrumbarnos si alguna realidad nos zarandea demasiado. Por eso la mayoría de la gente prefiere “no pensar”, no cuestionar en ningún momento lo que le han enseñado, permanecer fiel de por vida al pensamiento heredado. Pero cuando así se actúa, pensar ya no es pensar sino recrearse en lo ya pensado; es detenerse, no es hacer camino, es inmovilizarse, echar raíces... Aunque vete a saber de qué árbol y para dar qué frutos.

Ese “no pensar” que señalamos no es, como suele decirse, sinónimo de creer. No, en absoluto. Creer es inherente al ser humano. No hay nadie que no crea. Creemos de a poco de nacer, desde el momento justo en que nos diferenciamos de nuestra madre. De niños creemos sin pensar; de adultos, después de haber pensado. ¡Cuanto niño crecido hay en el mundo, gente que cree a pies juntillas lo que le echen, sin pararse a pensarlo!

De ese “no pensar”, de esa fe infantil, de esa credulidad ciega e irresponsable viven los lideres desalmados, religiosos y profanos. Viven de generar ensueños, prometiendo paraísos en la tierra o en el cielo a cambio de no cuestionar nada, de dar por bueno cuanto dicen, de aceptar sin discusión sus conclusiones y de hacer nuestra su escala de valores. Viven de mantener una humanidad infantil, retrasada, inteligente pero necia, manipulable, de niños irresponsables entretenidos permanentemente con sus juegos y con sus fantasías, seres indefensos, fáciles instrumentos para sus ambiciosos fines.

Hace algunos años le oí decir a una monja, profesora de Biblia, mujer inteligente y llana, cuando en una de sus clases explicaba “El libro de Job”: “Guardad la fe de la primera comunión donde guardasteis el vestido que llevasteis aquel día, porque os quedó tan pequeña como aquél y ya no os sirve”. La escuche atentamente y “me quedé con la copla”, que en mi fuero interno repetía:

“Guardad la fe infantil, la credulidad ciega, irreflexiva y necia, y cambiadla por una fe adulta, cuestionada, pensada a la luz de cuanto el ser humano ha ido aprendiendo con el paso del tiempo. Pero no viváis sin fe, porque sin fe no se avanza, no se hace camino, no se va a parte alguna, no se ama, no se confía, no se apuesta por la vida”.

Nota. Este artículo es integrante de una serie de notas de Josep Castelló englobadas en título genérico “Otro Mundo es Posible, Otra Educación es Necesaria” / PE

Publicado el 18 de enero de 2010 en:

ECUPRES
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4241

MERCOSUR NOTICIAS

http://www.mercosurnoticias.com/index.php?option=com_content&task=view&id=35078&Itemid=30




miércoles, 7 de abril de 2010

Repique de campanas


Aquella Semana Santa había transcurrido como las precedentes desde hacía mucho tiempo. Alejado de noticiarios e informativos y sin conexión en la red ni nada que le distrajera, había dedicado una buena parte de su tiempo a reflexionar desde su perspectiva agnóstica sobre cuanto en esos días se celebraba.

Paseando por caminos solitarios entre campos no del todo yermos pero apenas cultivados, no podía apartar los ojos de aquellas interminables hileras de piedras que delimitaban los bancales. ¡Cuántos esfuerzos había allí apilados! ¡Cuánto sudor! ¡Cuántas jornadas! ¡Cuántos años! ¡Cuánto tesón!

Eran tiempos en los que todo perduraba, y lo que moría renacía de nuevo, como las cosechas, como las hojas caducas de los árboles. Nada era efímero. Aquellas piedras se pusieron allí para que allí permaneciesen a lo largo de generaciones y más generaciones, nuevas vidas que vendrían a sustituir a las que les precedieron. ¿Cómo no pensar, en aquel contexto, que la muerte iba ser superada?

Llevaba años pensando que el lenguaje simbólico religioso no es de esta época sino de tiempos ya remotos que fenecieron con las formas de vida que les fueron propios. El mundo actual no podía aceptarlo como lo había aceptado durante siglos, y no valía maquillarlo con irracionales razones, porque no era la razón lo que lo sostenía sino la necesidad interna de aceptarlo.

De entre las muchas ideas religiosas que la mente actual rechazaba figuraba en lugar preferente la del Cristo resucitado, el principio fundamental del cristianismo según había oído innumerables veces. Ese acontecimiento celebrado en la Pascua no parecía entusiasmar hoy a mucha gente. A él mismo no le decía nada. No le interesaba en absoluto el discurso religioso, y no por desprecio a la sabiduría anexa sino porque la forma en que la expresaba y pretendía transmitirla le parecía obsoleta y muy manipulable.

“No es lo que dice sino lo que nos da a entender”, solía decir una monja amiga cuando él le señalaba esto que ahora le venía al pensamiento. De acuerdo, no es lo que dice, pero ¿por qué no decir llanamente lo que se quiere dar a entender?

Miraba todo lo religioso con gran reserva. Creyente desde la niñez, conservó durante su juventud un fervor religioso que fue creciendo hasta que la dureza de la vida le llevó a mirar en perspectiva social, desde la cual las respuestas no podían ser ambiguas porque la realidad era concreta. Y a partir de ahí, abandonó la religión y se hizo ateo, con un ateísmo radical que fue remitiendo y cambiando en agnosticismo en la medida que veía la apuesta por lo racional como un suicidio colectivo. Sentía que el mundo había perdido el norte desde que abandonó lo poco bueno que llevaban las religiones y que avanzaba sin rumbo ni destino a velocidad de vértigo.

En su entorno casi nadie entendía que declarándose agnóstico mostrase tanto interés por lo religioso, aunque en verdad, no le interesaban las religiones sino el fin que les suponía. Su antigua fe era agua pasada. Quizá fuese verdad aquello de que la fe la da Dios, porque él intentó durante mucho tiempo creer de nuevo sin conseguirlo. Pero ahí habría que ver de qué fe y de qué Dios se estaba hablando, puesto que ideas sobre una y otro las hubo y las hay para todos los gustos.

Aun así, de algo estaba plenamente convencido y era que la esencia de todas las tradiciones religiosas es la dimensión espiritual de la persona, ese conjunto de pensamientos y sentimientos que nos mueven a actuar como seres verdaderamente humanos. Eso aparte, no sentía el menor interés por las especulaciones mentales de ninguna confesión religiosa, se declaraba hereje impenitente de todo credo y basaba su ética en la equidad, en el amor y en la compasión que despierta el sufrimiento ajeno.

En esa divagación estaba cuando un repique de campanas le llegó de lejos. No eran las de la iglesia del pueblo sino las del campanario de la medieval iglesia que fue de los templarios, fortaleza amurallada en lo alto del cerro recientemente restaurada.

Ignoraba el motivo de aquel inesperado repique, a pleno día, en aquella hora, cuando no había ya ninguna celebración prevista, y pensó que quizá fuese un ensayo del campanero. Pero le daba igual, porque en su corazón cristiano aquel vuelo de campanas que se propagaba por encima de los campos sonaba a Pascua, a anuncio de Resurrección. Y allí, en aquel altozano, de pie en el camino rodeado de robles de todas las edades, sintió que, creencias aparte, la exaltación de la vida que proclama el Cristo Resucitado se convertía en brisa que le avivaba el alma.


Publicado en ECUPRES el 7/4/2010 - PreNot 8817-100407
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4398



martes, 9 de febrero de 2010

Cuando no cabe esperanza


Hacía tiempo ya que la leyenda de Leónidas en las Termópilas vagaba por su mente. Su presencia era quizá una respuesta inconsciente a esa afirmación tantas veces refrendada de que no se puede vivir sin esperanza.

¡Esperanza! Qué gran palabra tan ambigua y carente de sentido en su fuero interno. Esperanza ¿de qué? ¿De una vida feliz tras la muerte, quizá? ¿De que algún día la justicia y la bondad triunfasen en el mundo? No. Hacía ya muchos años que no profesaba creencias religiosas. Lo que pudiese haber más allá de la muerte le parecía un misterio indescifrable. En cuanto a lo segundo, tanto la información que recibía como lo que a diario observaba le llevaban a ver que ahí no había siquiera argumento para una fantasía. Luego ¿qué esperar cuando el alma se resiste al ensueño y la realidad golpea con dureza?

En esa divagación se enzarzaba cada vez que una noticia tenebrosa le llegaba al alma. Su impotencia se hacía tan presente que le llevaba a ver pequeñas también a todas las personas que a pleno riesgo hacían frente a las poderosas huestes del Imperio. La victoria no cabía siquiera en el mayor de los sueños. Vencer era imposible. Más tarde o más temprano la maldad imperial acabaría con toda resistencia. Era una derrota ya cantada. Pero aun así, Leónidas y sus trescientos espartanos se unían en su mente al Cristo crucificado que tantas veces había contemplado.

Quizá por su naturaleza pesimista o por la educación recibida amén de cuanto había visto y vivido, consideraba la vida como una condena. Un “valle de lágrimas”, según canta la “Salve” con estoicismo gregoriano. Imaginaba la humanidad como un enjambre de sísifos empujando hacia arriba instante tras instante su propia vida, empeñando todas sus fuerzas en mantenerla en lo alto. Sudor, sangre, sufrimiento y muerte al fin.

Ante una visión interna tan lacerante, de nada le servía la perspectiva religiosa porque ¿cómo compaginar la imagen de un Dios bondadoso con la del Creador de tanto sufrimiento? No, en modo alguno le cabían ahí las enseñanzas cristianas que recibió de niño y aun de joven. Si había un Dios, seguro que pensarlo no estaba a su alcance, de modo que mejor lo dejaba. Y no obstante esa era la fuente de su leche materna, la que lo había nutrido desde el primer momento de su vida. Quizá por eso cuando la adversidad arreciaba y amenazaba firme la desesperanza, el Cristo en cruz preguntando en tono de queja a su Eterno Padre por qué lo había abandonado acudía a su mente junto a la leyenda espartana.

Sabía bien que el mundo estaba lleno de miseria. Que los pobres vivían cada día más derrotados en tanto que la bestialidad de los poderosos crecía exponencialmente. La cruel hidra de la codicia dominaba hasta el más remoto rincón de la tierra y devoraba a quienes se le enfrentasen. Y no obstante, ni de lejos pasaba por su mente ceder, dejar que rodase pendiente abajo la piedra de su existencia. Temblaba sólo de imaginarse yaciendo en lo hondo del barranco junto a los demás seres que huelgan sin más conciencia de sí mismos que la de un perro o un gato o un asno o un caballo o cualquier animal doméstico o de carga o cualquier irredento desalmado.

El panorama que alcanzaba a contemplar desde su perspectiva era desolador. Si veía esta vida como una condena; si en su pensar y razonar no había lugar alguno para la esperanza; si no podía ni quería vivir meciéndose en una nube de opiáceos ensueños, a algo tenía que aferrarse para no caer en la desesperanza. Y ahí estaba Leónidas, un pagano, junto al Cristo cristiano, haciendo cada cual lo que debía según su fuero interno, movidos ambos por la honda convicción de que ese y no otro era su destino.

En este desvarío se encontraba una vez más aquella noche cuando una luz le vino de repente, con la cual vio, quizá por vez primera, que a pesar de su profundo pesimismo un resquicio le dejaba a la esperanza en lo hondo del alma, pues que con Fe ferviente aunque no exenta de angustia esperaba que esa Fuerza Misteriosa que mueve el universo le mantuviese el ánimo de por vida y no le dejase caer en la desesperanza.


Publicado en Prensa Ecuménica ECUPRES el 9/2/2010.
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4301