viernes, 27 de febrero de 2009

El malo de turno


Mucho se está diciendo últimamente en contra del actual papa Benedicto XVI, denominado Papa Ratzinger por quienes no le son afectos. Sus muchos dislates son censurados por plumas de diversa tendencia religiosa y social. No obstante, desde la perspectiva que me ofrece la aconfesionalidad, aun sin ánimo de alzarme en su defensa me pregunto si esas críticas que contra él se lanzan no debieran dirigirse contra esa estructura piramidal que le ha llevado hasta la cumbre jerárquica.

Me pregunto si este papa no será el malo de turno de la Iglesia Católica, como hasta hace poco Bush lo ha sido del imperio USA, principal baluarte del capitalismo salvaje. Si tanto uno como otro no estarán haciendo las veces de cortinas de humo que sirven para ocultar lo verdaderamente malo, que no es sino las estructuras imperiales que los sostienen.

Durante el papado de Juan Pablo II el nombre de Wojtyla ocupaba el lugar que hoy ocupa el de Ratzinger. En aquel entonces, quienes habían puesto sus esperanzas en el Vaticano II se referían al Papa Juan XXIII con el apelativo de “el papa bueno”, algo que de algún modo venía a decir que quien entonces reinaba no lo era tanto. En cambio hoy su connivencia con el imperialismo USA y las sanguinarias dictaduras de América Latina, que tantos crímenes cometieron y tanto sufrimiento causaron, apenas se menciona. Es como si las maldades del actual papa sirviesen para echar tierra encima de las que cometió su predecesor.

Personajes como Joseph Ratzinger los hay a montones en todos los estamentos que supuestamente se ocupan del bien común. Sus comportamientos suelen despertar las más acerbas críticas, tanto en el interior de la institución a la cual pertenecen como fuera de ella. Y no obstante son ellos quienes acceden al poder. Parece evidente que algo no acaba de ir bien en las instituciones humanas. Pero en el caso de la Iglesia Católica cabe preguntarse si no es todo lo contrario, si lo que está ocurriendo en su seno no demuestra el buen funcionamiento de esta institución tal como la concibieron sus fundadores - o reconversores, si se prefiere - en el siglo tercero.

Porque de no ser así, dígaseme cómo pueden formar parte de la jerarquía eclesiástica personajes como los cardenales Cañizares y Rouco Varela, por poner sólo los que tengo más próximos. ¿Acaso han dado alguna muestra de humanidad y sentido evangélico en su quehacer eclesiástico, o más bien se han destacado por sus posicionamientos políticos de derechas? ¿Acaso Juan Pablo II no aseguró la continuidad ideológica de la curia vaticana con el abundante nombramiento de cardenales de tendencia similar a la de los mencionados? ¿Se equivocó al nombrarlos?

Mirando bien la relevancia que la Iglesia ha tenido a lo largo de los siglos no parece razonable pensar que pueda ser consecuencia de un cúmulo de errores sino más bien de muy pensados aciertos. ¿Acaso lo que se propuso Constantino al convocar su concilio fue llevar el revolucionario mensaje de Jesús hasta el último rincón de su imperio? ¿O fue instaurar un cristianismo domesticado, nada profético, dogmático, autoritario, clasista, en el cual las bienaventuranzas reales son los bienes materiales y la espiritualidad consiste en la contemplación del más allá mediante los goces que proporciona el culto a un Dios providente, cuya voluntad es poner en esta vida a los desheredados al servicio de los poderosos, para compensárselo luego en el cielo si han sido buenos, obedientes y sobretodo sumisos?

La consecuencia lógica del capitalismo es el neoliberalismo. La consecuencia lógica de un cristianismo hecho a medida del Imperio ha sido esta Iglesia Católica que lleva ya diez y seis siglos predicando un mensaje que se niega a asumir en toda su profundidad y amplitud: «Amaos los unos a los otros, bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados...» ¿Puede alguien indicarle al hereje impenitente que esto escribe, dónde encontrar estas enseñanzas en el modelo de vida que se proyecta desde el Vaticano?

Que nadie me cite encíclicas, por favor, porque una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. De ahí que el evangelio nos remita a los hechos para discernir a las personas que los llevan a cabo, no a sus discursos. Ahora bien, puesto que los hechos están tan claros que hace falta querer estar ciego para no verlos, cabe pensar si no es ésta la Iglesia que de verdad desea la mayor parte de la población católica actual: una institución poderosa, afecta a los amos del mundo que garantizan su subsistencia y la continuidad del culto, dentro de la cual unos santos hombres y unas santas mujeres dedican su vida a paliar los sufrimientos de las víctimas de esos mismos amos, lavándole así la cara a la cúpula vaticana y a quienes la siguen.

De ser como decimos, huelgan críticas, porque el triunfo de la Iglesia constantiniana resulta incuestionable. El Papa actual será más o menos hábil, pero no es sino uno más de los que ha habido y posiblemente habrá a lo largo de los tiempos, cuya misión no es otra sino hacer que la Iglesia Católica ocupe el primer puesto en el ranking mundial de religiones.

La pregunta que nos asalta es: ¿era ésta la Buena Nueva de Jesús?

viernes, 20 de febrero de 2009

A vista de perro


Hace ya años, allá por entre los sesenta y setenta, tuve ocasión de ver una colección de fotografías titulada “París visto por un perro”. Las fotos no eran nada del otro mundo; calles, papeleras, bancos, farolas... Pero el fotógrafo había hecho todas las tomas desde una altura no superior a la de un perro mediano, lo cual le daba una perspectiva inusual a lo cotidiano.

Ponerse a la altura del otro para tratar de ver las cosas como él las ve, no es lo corriente, sino un difícil ejercicio que apenas hace nadie porque encierra el riesgo de perder las ventajas que nos da la carencia de empatía. Pero es la condición necesaria para entender los puntos de vista, las opiniones, los sentimientos y las acciones ajenas.

Algo de esto me vino a la mente cuando leí en su día el artículo de Leonardo Boff “En la sala de la Ex-Inquisición” [KOINONIA/Boff/083]. En respuesta a los cargos que le hacía el Cardenal Ratzinger, que le acusaba poco menos que de herejía, Boff dice: «usted no tiene ojos para la teología de la liberación porque ve el mundo de los pobres por esas ventanas cuadradas por donde no llega su grito». Elocuente cruce de acusaciones que dejaba claro donde estaba cada cual.

Lo he recordado de nuevo hace muy pocos días al leer el testimonio de unas cooperantes en los “asentamientos humanos” de Chimbote, puerto de mar pesquero, en el norte de Perú, con fábricas de harina de pescado que emplean en precario, junto con la pesca cuando no hay veda, a la mayor parte de la población obrera. Chozas sin agua, calles de pura arena, son el “hábitat” de esa creciente población hambrienta y marginada, explotada por los ricos y pastoreada por un obispo, español para más señas, que vive en una zona residencial fuertemente custodiada, a la cual tampoco llegan los gritos desgarrados de los pobres.

Es evidente que esta Iglesia Católica Romana mira desde lo alto; que sólo se postra de rodillas y mira hacia arriba cuando mira al cielo, pero que se mantiene altiva ante la realidad del mundo en que vivimos. Ni por un instante se le ocurre a esa alta clerecía salir de su privilegiado entorno palaciego para mirar desde la perspectiva de la población doliente, cargada de penas y privada en su realidad de los más elementales derechos por la dureza de corazón de los amos del mundo. La miseria humana a ras de suelo, a vista de perro, no es lo que quieren ver esos clérigos encumbrados, sepulcros blanqueados, corazones de piedra, amantes del bienestar material, de los honores mundanos, de los atributos del poder.

Desde la libertad de pensamiento que ofrece la no adhesión a ninguna confesión religiosa, sin la mirada excelsa de quienes tienen su mente acomodada a celestiales visiones y a doctrinales interpretaciones, el hereje impenitente que esto escribe ve como pura vergüenza las referidas conductas, episcopal y cardenalicia, tan distantes de esas capas de población miserable, excluida, marginada. Ni rastro de Buena Nueva se vislumbra en sus comportamientos; ni una brizna de amor ni de compasión en sus corazones ante tanta humanidad lacerada.

¿Imagina alguien a Jesús ignorando altivamente al leproso que le suplica?

Pero Jesús anunciaba el Reino de Dios, no la Iglesia, que es lo que llegó en su lugar, como bien señaló Alfred Loisy. Jesús no se mantenía alejado de los pobres, pero la Iglesia instituída a fuerza de concilios vive instalada en el mundo rico. Sólidos muros de piedra, de sentimientos y de intereses separan a los de arriba de quienes viven en el polvo y en el barro. Ni el mensaje de Jesús ni el llanto de los pobres pueden atravesar esas colosales murallas. Ni uno ni otro pueden ser escuchados desde los suntuosos aposentos de quienes se erigen en representantes divinos.

A quien esto escribe no le es fácil ver la sede de Pedro bajo la cúpula vaticana, sino más bien la de Constantino y quienes le sucedieron. Diez y seis largos siglos de alianza y connivencia con los poderes terrenales, de ignorancia voluntaria del sufrimiento de millones de seres bajo el domino de las clases pudientes así lo atestiguan.

Posiblemente quien esto lea pensará que quien lo escribe no goza de la altitud de miras que da la fe en la Santa Madre Iglesia Católica. Nada más cierto. Tal vez si la tuviera su perspectiva sería otra, mucho más excelsa, no tan cercana a la de un perro. Tal vez entonces no pensaría, como piensa ahora, que los millares de “madres teresas” y de “santos romeros” que ha habido y hay en diversos lugares del mundo no bastan para compensar el daño que hace el mundo rico, ni para blanquear la podredumbre que encierra el fausto clerical. Tal vez. Pero ya advertimos desde un buen comienzo que estamos mirando desde abajo, a vista de perro. /PC

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2009/03/evangelizacion-versus-proselitismo.html