jueves, 24 de diciembre de 2009

Santa Claus y la paz mundial


Sucedió la víspera de Navidad. Preparaba el tradicional mensaje navideño que como presidente de la nación más poderosa del mundo debía pronunciar. Su misión consistía en infundir esperanza e ilusión a su pueblo, pues para eso había sido elegido. Lo principal era dejar bien clara la hegemonía de su nación. Con eso demostraría su capacidad para liderarla. De las decisiones políticas ya se encargaban otros.

Sabía bien que hasta el presente esa clase de mensajes se basaron siempre en la repetición machacona de los deseos profundos de felicidad que anidan en el alma de todo ser humano. Era necesario que así fuese para que millones de personas estuviesen dispuestas a creerlos. Lo de menos era que fuesen razonablemente creíbles. Bastaba con que fuesen deseables para que se escuchasen con deleite y fuesen dados por válidos y verdaderos. A menos, claro está, que algo muy evidente los desmintiera.

Navidad es sinónimo de esperanza, pero la situación real en la que el mundo se encontraba no era esperanzadora. La gente de su país quería paz, por supuesto, pero quería por encima de todo seguir gozando de un nivel de confort igual o superior al del presente. Y la paz cristiana, basada en el amor y la justicia equitativa, es incompatible con ese deseo. Sin pueblos sometidos bajo férreos regímenes policiales y sin millones de personas trabajando por salarios de miseria no pueden tener las clases acomodadas de ningún país del mundo el privilegiado bienestar de que gozan. Luego no era esa paz lo que su pueblo quería sino la pax romana de los ejércitos, impuesta por la brutalidad, la crueldad, la violencia de las armas...

Su mensaje no podía defraudar a quienes le habían elegido. Debía ser un mensaje de paz, pero según la entendían sus adeptos. Él era el presidente de una nación que adora el triunfo, la derrota del adversario. Su grandeza se constituyó a partir del genocidio y del expolio, como la de todos los grandes imperios. La guerra era la base de esa democracia de la que tan ufanos estaban. Luego, ¿para qué andarse con rodeos?

Lo tenía ya. Tan sólo le faltaba darle un toque navideño. Y para ello, ¿qué mejor que referirse a Santa Claus, ese mágico personaje que tanto hace soñar a niños y a mayores?

Y así lo hizo. De pie en su tribuna, ante las cámaras de televisión de todas las grandes cadenas, dijo:

«Queridos y queridas compatriotas. Estamos en tiempo de Navidad. Dentro de unas horas Santa Claus traerá los regalos navideños a los niños y las niñas de nuestra gran nación. Como cada año, habrá delegado antes en los padres de cada criatura la responsabilidad de proveer los recursos necesarios para adquirir los regalos que luego él les dejará al pie del árbol. Os animo a quienes tenéis hijos a trabajar firme, tan duro como haga falta para cumplir lo mejor posible con la responsabilidad que se os ha asignado. Si así lo hacéis, si os entregáis sin reserva al destino que la vida os impuso, veremos resplandecer esta Navidad los miles de ojos ilusionados de tantos niños y niñas que son nuestra esperanza de futuro».

«Ese futuro que todos anhelamos exige que en el mundo reine la paz. Nuestros ejércitos son los encargados de hacerla posible. Como presidente de la nación más poderosa del mundo, garantizo la paz de los pueblos que acepten el orden que establece nuestra democracia y me comprometo a disponer cuanto sea necesario para que nadie pueda alterarlo».

El atronador aplauso de quienes se habían reunido para escuchar presencialmente el esperanzador discurso de su presidente puso punto final a sus palabras. El himno de la nación resonó solemne y poderoso mientras las pantallas de todos los televisores se llenaban de panzudos Santa Claus rodeados de montañas de regalos. El mensaje de esperanza a propios y de aviso a extraños había quedado claro. El mundo entero sabría de ahora en adelante a qué atenerse.

Sólo que... Hasta el más tonto sabe ya que una democracia capitalista es aquella en la cual las clases acomodadas imponen por la fuerza leyes que sumen al pueblo en la miseria, que someten a las gentes y las mantienen hambrientas y obligadas a trabajar por casi nada. Y así, el viento de guerra con el cual el arrogante presidente pretendía atemorizar al mundo entero, más que temores era conciencias lo que agitaba en otros pagos no tan privilegiados como los que le daban soporte. Y allí sí que la Navidad estaba presente. Pero no una Navidad de festejos banales sino de afirmación y confianza en la dignidad del ser humano; una Navidad de solidaridad y de esperanza. Pues cuanto más fuerte redoblan los tambores de la guerra, más enardecen a quienes se oponen a ella.

http://www.kaosenlared.net/noticia/santa-claus-y-la-paz-mundial


domingo, 20 de diciembre de 2009

El robo de la gran tienda


Es mitad de diciembre, casi ya Navidad, tiempo de esperanza según la tradición cristiana. El público acude a los comercios a proveerse de regalos. Estamos en una tienda de gran superficie, perteneciente a una cadena de ámbito internacional especializada en útiles y vestimenta para diversas actividades deportivas. La gran nave está abarrotada de mercancía y de gente. Las dependientas no dan abasto a atender lo que les piden, por lo que el público se las arregla como puede para encontrar lo que busca. Todo el mundo remueve las estanterías repletas de género, aunque sin demasiada idea de donde tiene que buscar.

Quien vigila a través de las cámaras ve un cliente que por su aspecto le parece sospechoso y decide observar atentamente sus movimientos, en previsión de que pudiese ser un ladrón. La gran densidad de gente hace difícil ver lo que en realidad hace cada cual, pero aun así el vigilante concentra su atención en ese joven, dispuesto a evitar que hurte nada.

Al cabo de un rato, después de recorrer diversas zonas de la tienda sin que aparentemente haya encontrado lo que buscaba, el joven sale por la puerta de “salida sin compra” y se dirige a la “salida al exterior”. El encargado de las cámaras, persistiendo en su sospecha, activa el cierre de las puertas y avisa a un guardia de seguridad, quien se acerca al joven y tras un breve intercambio de palabras trata de hacerlo entrar en un cuarto contiguo. El joven se niega. Discuten, forcejean... y el guardia va a parar al suelo. En aquel momento un espontáneo surge de entre el público y arremete contra el joven, lo que da tiempo al guardia a incorporarse y volver a la pelea. Entretanto ha sido alertado otro guardia de seguridad de la empresa y entre ambos y el espontáneo sujetan y maniatan al “sospechoso”. Lo arrastran hacia el cuarto, se encierran dentro y a poco aparece una patrulla de policía que entra también en el cuarto y cierra tras de sí la puerta.

Todo ha concluido. El orden ha sido restablecido. Alguien apunta que una buena paliza y un tiempo entre rejas enseñarán a ese desgraciado a respetar a los agentes de seguridad. La paz es un bien estimable. El orden y las fuerzas que lo garantizan merecen todo nuestro apoyo. Los atentados a la propiedad privada de las grandes cadenas de tiendas debieran ser considerados acciones terroristas, por cuanto que alteran la paz y subvierten el orden establecido.

Pasado ya el susto, la gente vuelve a entregarse a la grata tarea de comprar sus regalos navideños, puesto que sin ellos no se concibe hoy la Navidad en nuestra “civilización occidental cristiana”.

Tiendas como la presente contribuyen a mantener la ilusión navideña un año tras otro en nuestra opulenta sociedad sin que nos lleguen los pesares de quienes dejan su vida en jornadas agotadoras de trabajo para ganar un mísero sustento. Lejos nos quedan las maquilas y la miseria de quienes en ellas trabajan en régimen de explotación, de esclavitud casi, sin derechos laborales, donde el menor reclamo conlleva el despido inmediato y las reivindicaciones colectivas son tenidas por alteraciones del orden público y reprimidas como tales por la policía.

Cierto que, si bien se mira, ese orden que impone la pobreza a millones de seres humanos equivale a robarles la vida en beneficio nuestro. Pero desde la perspectiva de la moral capitalista que nos rige no hay que tener por ello cargos de conciencia, porque el robo de esas vidas no es robar sino “crear riqueza”.

Entonemos pues aleluyas y gocemos de los beneficios que el “sagrado” orden establecido nos reporta. ¡Qué duda cabe de que vivimos en el mejor mundo posible!

¡FELIZ NAVIDAD!



Publicado en Prensa Ecuménica ECUPRES, de Argentina el 21 de diciembre de 2009

http://www.kaosenlared.net/noticia/el-robo

viernes, 27 de noviembre de 2009

Reivindicar la guillotina


Escuchando y leyendo cuanto dicen los informativos referente a geopolítica, a distribución mundial de riqueza-pobreza y al impune abuso de poder de quienes detentan la propiedad del mundo, se me ocurre que desde una posición contraria a la pena de muerte es digno y justo, equitativo y saludable reivindicar la guillotina, ese afilado instrumento de podar nobles testas que sirvió antaño para atajar de raíz el pensamiento reaccionario.

Posiblemente la restauración de ese terrorífico ingenio comportaría no pocos “daños colaterales”, como eufemísticamente se les llama ahora a los inocentes que mueren por causa de las guerras que mueve la codicia del imperio. Pero dudo que el número de víctimas fuesen ni de lejos comparable al que ahora da la defensa de la democracia, esa diabólica falacia mediante la cual una mínima parte de la población mundial convierte en esclava suya al resto.

Esclavitud, hambre, miseria de todo orden que condena a muerte a millones de seres humanos por el solo delito de haber nacido pobres. Luego he dicho bien cuando he reivindicado la guillotina desde una posición contraria a la pena de muerte.

Hoy la humanidad entera está dividida entre ricos y pobres, al igual que desde los más remotos tiempos históricos. La democracia sigue siendo un acuerdo entre ricos, al igual que lo fue en sus comienzos. Los pobres siguen sin contar para nada en ella, por más que ahora se intente disimular ese ninguneo mediante la falacia del voto. La realidad es que en las decisiones que toman quienes gobiernan no está previsto que el pueblo pueda siquiera opinar. ¿Qué diferencia hay entre el despotismo reinante en la Francia del siglo XVIII y el que impera actualmente en el mundo?

Si los aristócratas eran los odiados amos de la tierra en aquellos tiempos, hoy son los ricos del mundo quienes esa propiedad ejercen. Ellos son quienes deciden la vida o la muerte de millones de personas mediante los diversos procedimientos que tienen a su alcance. Los políticos son los paladines de tan altos señores, quienes dan la cara por ellos y les protegen y defienden mediante el brazo armado de toda esa chusma de esbirros, ejecutores, torturadores y asesinos profesionales que tienen a sus órdenes. Nada ha cambiado pues, salvo las apariencias.

Si en aquel tiempo hubo una clerecía encargada de lavar el cerebro al pueblo sometido, hoy ésta ha sido desplazada por los llamados medios de comunicación de masas, “mass media” en la lengua del imperio. El método es básicamente el mismo, pues consiste en forjar una cadena esclavizante en la propia mente del esclavo.

A la vista de todo ello, no puedo evitar pensar si no se estarán dando en el presente de nuestra opulenta civilización occidental cristiana motivos similares a los que puso en marcha el infernal invento propuesto allá por 1789 a la Asamblea Constituyente Francesa por Joseph-Ignace Guillotin.

El conflicto moral que tales pensamientos generan en mi mente hace que aparezcan en ella, rebeldes y victoriosos, héroes pacifistas como Gandhi o Martin Luther King y otros no tan famosos pero igualmente merecedores de admiración por haber sabido combinar la resistencia al oprobio con el respeto a la vida.

“Más vale padecer injusticia que cometerla” dicen que decía Sócrates. Sin duda. Pero ¿es injusto tratar de evitar que millones de seres humanos sean víctimas de algunos de sus congéneres?

Como un eco sin respuesta resuena en mi mente esta pregunta mientras como entre brumas desfilan las imágenes de quienes a lo largo de la historia, en diversas luchas, han dado fe con su sangre de que los derechos de los pueblos nunca fueron un regalo de quienes los oprimían.

De pronto una música estridente me sobresalta. Ante mí el televisor muestra imágenes de un spot publicitario. ¿Será cuanto antecede una pesadilla que me vino en un instante que me quedé traspuesto? Quizá. Ruego a quienes lo hayan leído que me disculpen por no haber podido evitar su relato.

Publicado en ECUPRES:
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4162

miércoles, 21 de octubre de 2009

Maldición eterna a quienes bendicen sables


Con el mayor respeto por quienes profesan creencias religiosas, entre ellas las cristianas, que son las que guiaron los primeros años de mi vida y en las que me eduqué. Desde mi actual perspectiva humana, en tanto que cristiano de corazón pero agnóstico de pensamiento, no puedo sino maldecir el uso perverso que de la buena fe de la gente hacen algunas iglesias cristianas, entre ellas la Iglesia Católica Romana. Me mueve a ello la noticia publicada el 14 de octubre por “Mémoire des luttes”, traducida y difundida por “Rebelión” en lengua castellana con fecha 16/10, con el título “El sable, el hisopo y la sala de mercados”. [1]

Hace falta tener muy poca conciencia y unos principios éticos muy relajados para contemplar fríamente la desvergüenza con que el cardenal y arzobispo de Tegucigalpa Óscar Rodríguez Madariaga dio por legítimo el actual golpe militar de Honduras y el silencio que ha mantenido luego ante los atropellos y crímenes que los golpistas están produciendo en ese pequeño, pobre y maltratado país de América Latina, en el cual se ceban ahora las oligarquías de toda América del Sur y las clases dominantes de la América del Norte.

Que el Instituto Católico de Paris conceda las insignias de doctor honoris causa a alguien que acaba de manifestarse tan en contra de los más elementales derechos humanos, y que sean dos cardenales quienes convoquen el acto y pronuncien los discursos panegíricos, el cardenal André Vingt-Trois y Monseñor Hippolyte Simón, arzobispo de Clermont, no puede ser sino un oprobio para quienes de corazón se sientan miembros de esa Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana.

El Banco Central Europeo (BCE) de la mano del Fondo Monetario Internacional (FMI) y juntos del brazo con eminencias cardenalicias, altas jerarquías de la Iglesia católica, no puede ser sino causa de repulsión profunda en el alma de quienes sientan un mínimo respeto por la paz y la justicia equitativa.

Si el mundo necesita con urgencia alzarse contra la injusticia, París será el próximo 24 de noviembre uno de los muchos lugares propicios para ese alzamiento.

Desde mi ancestral espíritu cristiano emplazo a las buenas personas católicas a alzar la voz y manifestarse públicamente contra semejante ignominia. El lema «todos somos Iglesia» no tiene que servir para escudar a los canallas que forman alianzas de poder contra los pobres del mundo entero, sino para exigir a sus autoridades eclesiásticas, en nombre de esa santa institución a la cual pertenecen y veneran, que sean consecuentes con los más elementales principios éticos que deben regir la convivencia humana. De no hacerlo así, quienes sienten el catolicismo en lo hondo de su alma tendrán que asumir también en ella la complicidad con semejantes criminales que su silencio conlleva.

[1] Homenajean al cardenal golpista de Tegucigalpa y al ex director general del FMI el día 24 de noviembre en la Universidad Católica de París   http://www.rebelion.org/noticia.php?id=93350


Este artículo ha sido publicado en:

ECUPRES - (27/10/2009)
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4084

MERCOSUR NOTICIAS – (27/10/2009)
http://www.mercosurnoticias.com/index.php?option=com_content&task=view&id=31944&Itemid=30

FEADULTA – (22/10/2009)
http://www.feadulta.com/iglesia-maldicion-bendicen-sables.htm

LA HORA DEL GRILLO – (21/10/2009)
http://lahoradelgrillo.blogspot.com/2009/10/maldicion-eterna-quienes-bendicen.html

KAOSENLARED.NET – (21/10/2009)
http://www.kaosenlared.net/noticia/maldicion-eterna-quienes-bendicen-sables

viernes, 9 de octubre de 2009

Es en la rebelión donde el alma se revela

Rebelarse es una actitud visceral, un movimiento sísmico humano que arranca de lo hondo del alma. Cuando alguien se rebela lo hace con las entrañas y aun en contra de toda razón y conveniencia. Las grandes rebeliones de la historia las han protagonizado pueblos con conciencia, con el alma despierta. Pueblos formados por hombres y mujeres conscientes de su dignidad humana que se han rebelado contra la injusticia, la mentira, la humillación, y se han lanzado a la lucha en pos del ideal que brillaba en su mente, en su corazón y pensamiento, en su alma despierta.

Rebelarse es la condición esencial del ser humano, el baremo que marca el nivel de humana dignidad de la persona. Y puesto que la natura humana tiene tendencia a someter al otro, a explotarlo, a obtener beneficio del esfuerzo ajeno, es preciso que el alma esté despierta para cerrarle el paso a toda esa injusticia, ajena y propia, puesto que todos estamos expuestos a caer en la más absoluta iniquidad. De ahí que la rebelión no sea tan sólo un acto contra otro u otros sino que puede y aun debe serlo también contra uno mismo cuando la conciencia a ello llama.

Pero para que la conciencia grite reclamando justicia hay que tenerla viva y bien despierta. Forjarse una conciencia no es algo gratuito; requiere dedicación, tenacidad, continuidad, firmeza, reflexión, meditar, contemplar la belleza de la vida con el alma serena y el corazón henchido. Requiere educación y aun autoeducación y un largo y generoso filosofar durante toda la vida. Forjarse una conciencia, hacer crecer el alma no es algo gratuito ni es nada banal que se obtenga sin más; requiere esfuerzo.

Ese ente misterioso y metafórico, el alma humana, que tanto verbo ha movido, no es algo que se pueda dejar en el olvido, al margen de la vida cotidiana pensando en sacarlo a relucir cuando convenga, igual que los pendones en las celebraciones y fiestas lugareñas. El alma vive y crece al ritmo de nuestra propia vida o se atrofia como miembro en desuso y al final fenece o si más no queda inservible.

Y es tal vez por eso que ahora en nuestro mundo acomodado rebelarse no se estila, que es una actitud fuera de moda, que no se lleva ya. Ha quedado tan sólo en rasgo peculiar de adolescentes, una incomodidad inevitable que padres y educadores intentan casi siempre esquivar y aun neutralizar, para bien del educando, según dicen. La mayoría de la población al asumir su condición de adulto entiende que madurar consiste en ser feliz a ultranza, adaptándose al sistema y sumiendo su alma en una estado de sopor que le impida plantearse toda cuestión acerca de cuanto pueda acaecerle, evitando de ese modo cualquier incomodidad de cuerpo y de alma, aun a costa de su propia dignidad humana. Algo así como un proceso de hibernación mental de por vida que garantice la supervivencia en el glacial panorama moral que va a envolverle.

Actualmente acá, la gente lleva años ya sin rebelarse más que contra la misma rebelión, contra todo lo que pueda constituir un estorbo en el camino trazado por la propia inercia. La inmovilidad parece ser uno de los valores máximos de esta sociedad nuestra que, paradójicamente, se caracteriza por la velocidad, por el movimiento permanente, por lo poco que duran ya las cosas empezando por los cacharros esos a que tan aferrados estamos y sin los cuales parece como si no pudiéramos vivir. Un afán desquiciado de renovación y consumo, que afecta incluso a la estructura emocional de las personas y a su vida afectiva, es la principal característica de esa inercia esclavizante contra la cual parece imposible rebelarse.

Un correr permanente, sin alma, sin conciencia, para así ir más deprisa a nadie sabe donde, hace como de balanceo de las almas, justo para mecerlas y dormirlas, para inmovilizarlas hasta atrofiarlas y así poder embrutecer a las personas hasta convertirlas en simples individuos de una gran masa, amorfa y manipulable por quienes ostentan el poder. Masa en lugar de pueblo. Individuos sin alma en lugar de personas conscientes.

Ese es el gran triunfo del capitalismo, convertir el pueblo en masa. Pero ese ha sido también siempre el gran objetivo de todas las ideologías y religiones generadoras de creencias: esclavizar el pensamiento, secuestrar las mentes, anular las conciencias, adormecer las almas para así convertir las personas en individuos y el pueblo en masa.

Personas sin alma, pueblos sin alma, individuos, masa... Sumisión permanente... Triunfo del poder esclavizante. Un pueblo sin conciencia, con el alma dormida, es un pueblo vencido y sometido.

Pero no para siempre, pues que ninguna esclavitud es perpetua. La crisis de opiáceos alcanza ya al mundo acomodado. Entre la gran masa empieza a florecer la conciencia ¿Despertarán las almas? ¡Quién sabe! Es en la rebelión donde el alma se revela.

NOTA: El presente artículo es la reedición hecha por su autor de uno que con el mismo título publicó en KAOSENLARED.NET el 9/7/2004.

Publicado en:

ECUPRES – 09.10.2009

http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4069

MERCOSUR NOTICIAS

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Educar para la Paz


En un mundo de injusticia, la Paz exige subversión.


Hay palabras que por el uso perverso que de ellas se ha hecho han sido condenadas a la más absoluta ambigüedad, motivo por el cual generan sospechas cuando no rechazo en buena parte de quienes las reciben. Y así vemos que un término tan loable en su origen como es “paz” genera en no pocas mentes tantas alarmas como su contrario “guerra”. Razones hay para ello más que sobradas, pues a estas alturas de la historia son ya muchos los millones de seres que han sufrido y aun sufren la “paz” de quienes la imponen mediante sanguinarias guerras y crueles represiones. Y no en tiempos pasados sino en tiempos actuales, ya que como todo el mundo sabe hasta las Fuerzas de Paz de la ONU son ejércitos compuestos por tropa de origen pobre al servicio de los ricos, pues sirven para imponer el orden que establecen los países poderosos y sus clases dominantes.

La palabra “paz” al uso, según viene voceada desde las altas esferas, no es sino una falacia. Piden paz los opresores, los déspotas de todo género cuando quieren que nadie se oponga a sus punibles acciones. Apelan a la paz ciudadana y a su correlato el orden los gobiernos autoritarios que no aceptan que nadie discuta sus arbitrarias decisiones. La paz es, para toda esa canallada, el escudo que les permite permanecer en la arbitrariedad y la injusticia sin que nadie les discuta nada.

Desde muy antiguo se ha asociado paz con sumisión, con aceptación resignada de las imposiciones de quienes detentan el poder. En la formación de esa idea ha contribuido no poco la religión cristiana, que al amparo de los poderes terrenales a partir del siglo IV ha tenido sumo cuidado en predicarle al pueblo la paz asociándola a la sumisión y desvinculándola de la justicia, algo que por pocas luces que se tenga ya se ve claramente que es un camino sin otra salida que la impunidad de quienes detentan el poder.

La paz como incondicional mansedumbre, como sumisión de unos seres humanos a la voluntad de otros no es sino una apología de la injusticia y del más absoluto desorden, tanto si esa sinrazón ocurre en el seno de un sistema tan sencillo como puede ser una familia como si es a nivel estatal o mundial.

Afortunadamente, la naturaleza humana tiene en su raíz suficiente sentido de la supervivencia como para despertar de todos los letargos mentales en que puedan intentar sumirlo quienes manipulan el pensamiento colectivo, lo cual hace que cada vez sea más manifiesto el rechazo a semejante forma de entender la paz.

Desde una perspectiva pedagógica, superada la trasnochada idea de paz que nos predicaron durante siglos las fuerzas del poder, debemos entender hoy que educar para la paz es educar en el respeto a la dignidad humana, en la justicia equitativa, en la libertad responsable y en el compromiso humano, valores sin los cuales cualquier simulacro de paz es pura falacia.

Sin dioses, sin ídolos, sin mitos, sin falacias ni dogmas; con tan sólo la confianza profunda en la capacidad humana para discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo noble de lo espurio, lo humano de lo inhumano... Esa es la senda que la pedagogía actual tiene que hollar de nuevo en esta civilización que ha emponzoñado con intereses y odios los viejos caminos de la sabiduría y de su tradicional vehículo transmisor, el lenguaje.

La tarea de educar y de educarse no exime a nadie. Es un imperativo categórico que afecta a todo ser humano. Cada cual debe llevarla a cabo en la medida de sus capacidades sin que quepa excusa alguna. Nadie puede sentirse exento de esta obligación, pues es la principal de las funciones de relación que tenemos en tanto que miembros de la gran familia humana.

A la vista de la situación mundial presente, quienes tienen responsabilidades educativas, sea cual sea el grado de responsabilidad que ocupen y el modo como lo hagan, deberán replantearse qué senda van a seguir en sus tareas de ahora en adelante. Nadie puede ignorar que llevamos siglos avanzando por una ruta equivocada, la cual nos ha traído hasta el caos presente y nos conduce inexorablemente hacia el caos total.

La Paz no es ningún regalo, tiene un precio y un gran costo, que es el de cultivarla primero en la propia mente, intelecto y corazón, para luego con esfuerzo construirla día a día con quienes tengamos cerca y hacer que vaya extendiéndose como una mancha de aceite hasta abarcar todo el mundo.

Construir la Paz equivale a oponerse a la injusticia, a alzarse contra ella y contra quienes la ejercen.

En un mundo de injusticia, la Paz exige subversión.



Publicado
el miércoles 7 de octubre de 2009 en:

ECUPRES
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MERCOSUR NOTICIAS
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LA HORA DEL GRILLO (miércoles 7 de octubre de 2009)
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jueves, 17 de septiembre de 2009

Redención cristiana


Cada día me llega un nuevo motivo para no confiar en la capacidad redentora del cristianismo. Y no porque no crea que la tenga sino porque estoy firmemente convencido de que no la va a ejercer. Se adueñaron de su espíritu redentor las fuerzas del poder en los siglos III y IV y ya no le dejaron levantar cabeza ni se la van a dejar levantar. Un día me lo recuerda el apoyo del cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga a los golpistas hondureños, que a su vez me trae a la memoria el soporte que anteriormente dieron durante años las jerarquías eclesiásticas católicas a los criminales regímenes dictatoriales de América Latina y de otros sitios del mundo como éste mismo desde el cual escribo. Otro día son las medias tintas de las mentes católicas que difieren de la jerarquía vaticana y se reúnen en congreso teológico para repetir lo que ya sabemos y lanzar a la población creyente un mensaje aguado y blando que no sirve sino para dejar constancia de su propia existencia. Otro, las páginas web religiosas supuestamente de avanzada, dispuestas a decir solamente las verdades que no van a incomodar al público católico que las lee...

Posiblemente el cristianismo no sea la más profunda de las tradiciones de sabiduría que se han dado en la historia de los pueblos, pero es la que se ha implantado con más fuerza en occidente, ya que contó con el empuje del Imperio Romano y de cuantos poderes terrenales le sucedieron a lo largo de los siglos. Y esa fuerza que adquirió indignamente, bien pudiera servirle ahora para redimirse a sí mismo si la aplicara en beneficio de la humanidad.

Se me ocurre que podría empezar redimiendo a la Iglesia Católica Romana, la mayor de las iglesias cristianas, la cual, siguiendo las enseñanzas del evangelio podría prescindir de sus bienes suntuarios e invertir ese dinero en beneficio de los más pobres. Luego, continuando su proceso de redención, podría ponerse al lado de quienes están luchando por un mundo más justo, en vez de seguir al lado de quienes lo hacen más injusto. Ese ya sería un buen principio de redención cristiana, pues como alguien dijo muy acertadamente, si las buenas personas católicas actuasen cristianamente, millones de gentes se convertirían en cristianas.

Pero no va a ser fácil. Quienes manejan los hilos de esa Santa Madre Iglesia no están dispuestos a mover un solo dedo para modificar nada. Al contrario, que se empecinan en seguir con su catolicismo cultista y esa espiritualidad solipsista y egocentrada que de nada le sirve a un mundo cada día más extraviado. Aferrados a sus dogmas y a sus “verdades de fe”, seguirán esperando, sin duda, a que el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» redima con su Divina Sangre a quienes en él creen y les depare un lugar en lo alto del cielo, al cual accederán al son de las trompetas del Juicio Final. Entretanto eso no llegue, seguirán arrimándose a los gobiernos conservadores, reclamándoles prebendas y privilegios para su Iglesia, que es lo que siempre han hecho.

No quiero decir con esto que en el mundo cristiano no haya personas estimables ni que el cristianismo no sea camino de redención humana. Muestras las tenemos en abundancia en las personas que llevadas por su fe se han jugado y se juegan el todo por el todo en una lucha desigual con las fuerzas opresoras en America Latina y en tantos otros sitios del planeta Tierra. La pena es que ellas, a sabiendas o no, lavan la cara de la Iglesia y colaboran con ello a sustentar esa estructura clerical que tan lamentables acontecimientos ha protagonizado y protagoniza. Pero dejando ahora eso, que no es el tema, lo que digo es que no me parece digno de crédito ese cristianismo acomodaticio, catequético, que no cuestiona lo que esa catequesis dice que tiene que creer y hacer ni la valía humana de quienes se lo dicen. Porque ese creer sin pensar, sin cuestionar para nada lo que se cree ni a quienes lo predican, es lo que lleva a la mayor parte de la población creyente a vivir con la misma inconsciencia que vive la mayor parte de la no creyente en esta opulenta y feliz civilización occidental cristiana. Y así, Dios por un lado y la vida cotidiana por el otro, creyentes y no creyentes se tragan irresponsablemente las patrañas que los líderes político-económicos les soplan continuamente al oído a través de los medios de comunicación de masas de que disponen y contribuyen así a convertir el mundo en un infierno.

¡Qué poco sirve a la Humanidad de hoy día, deseosa de conocimiento y necesitada de valores claros por los que apostar, un cristianismo de esta guisa, pusilánime, hipócrita y acomodado, que no se atreve a afrontar su propia realidad y sigue escondiendo debajo de la alfombra la basura acumulada a lo largo de diez y seis siglos! Servirá talvez a quienes haciendo mundo aparte les baste su vida interior y no quieran afrontar en absoluto la realidad humana, pero eso ya se ha visto que no redime a nadie ni cambia nada.

El mundo se nos viene abajo por segundos y no se ve brillar por parte alguna la redención cristiana. Las voces que se alzan hoy anunciando apocalipsis y clamando en pro de la justicia no son mayoritariamente religiosas sino profanas. ¿Será que el Espíritu traspuso ya la religión y se hizo finalmente carne humana? /PC

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2009/09/redencion-cristiana.html

lunes, 14 de septiembre de 2009

Sentir, pensar, creer...


Nadie camina en solitario por la vida. Ningún corazón late vacío de amores y de odios, pues la sangre de todo ser humano es una mezcla de ambos. Una mezcla caliente, oxigenada y viva, que nos mueve a gozos y a tormentos. Una mezcla que transporta hasta la más remota de nuestras fibras alimentos y afectos, todo cuanto nos nutre cuerpo y alma, ese conjunto indivisible que es el ser humano.

Quienes conocen bien el alma humana saben que hay que nutrirla de continuo, que no hay que dejar que se apague la pasión que nos hace latir, porque en ese latir está la vida. Para eso están las fiestas y los juegos y el arte y la cultura entera, para llenarnos de gozo y evitar que nos invada la tristeza y nos domine el tedio y con él entren en nuestro corazón los rencores y el odio. Pero también para este fin está el pensamiento, para que no sea puro instinto animal cuanto nos mueva; para que nos vayamos convirtiendo día a día, año tras año, en seres verdaderamente humanos.

Pensar es necesario. No podemos prescindir del pensamiento. Es preciso pensar en todo momento cuanto estamos haciendo y mirar bien el camino que estamos siguiendo, no sea que extraviemos y vayamos a parar a algún atolladero. El ser humano aprende cuando actúa y piensa, y suele errar cuando prescinde del pensamiento.

Por fortuna pensar es una facultad humana. Todo ser humano es capaz de pensar, no tan sólo en lo más necesario para su subsistencia sino en todo aquello que sirve para llevarle a estados más felices. Nadie debe por tanto renunciar a esta tarea ni delegarla en otros, porque de que la lleve a cabo con acierto van, a la larga, su sufrimiento y su gozo y el de su entorno y el de su descendencia y el del mundo entero, porque todo trasciende, nada se queda en lo inmediato sino que se expande y acaba abarcando el universo. Pensar es un deber por tanto, una responsabilidad ineludible de todo ser humano.

Pero pensar no es fácil y es incómodo y además da miedo. Porque pensar es barajar lo que sabemos, confrontarlo, ponerlo en orden, discernir, desechar lo inservible y hacer limpieza del trastero de la mente, porque no es cierto aquello de que «el saber no ocupa lugar», pues sí lo ocupa. Y a veces de tal modo que no deja espacio para otras maneras de pensar y de entender la vida, porque el saber y el pensar y el sentir y el creer llenan a rebosar nuestra persona hasta el punto de definirnos, de ser quien somos. 


Ese conjunto intelectual y afectivo que somos tiene sus puntos flacos; se mantiene en pie si nada lo cuestiona, pero puede tambalearse y aun derrumbarse si se lo zarandea demasiado. Por eso la mayoría de la gente prefiere no cuestionar ninguna de sus certezas, ninguna de “sus seguridades”. Y cuando así se actúa, pensar ya no es pensar sino recrearse en lo ya pensado por nuestra propia mente o por mentes ajenas. Y esto es pararse, no es hacer camino, es inmovilizarse y quizás echar raíces... Pero vete a saber de qué árbol y para dar qué frutos.

Lo contrario de pensar no es creer, como a veces se dice, sino “no pensar”. Creer es inherente al ser humano. No hay nadie que no crea. Creemos de a poco de nacer, desde el momento justo en que nos diferenciamos de nuestra madre. De niños creemos sin pensar; de adultos, después de haber pensado. ¡Cuanto niño crecido hay en el mundo, gente que cree a pies juntillas lo que le echen, sin pararse a pensarlo!

De ese “no pensar”, de esa fe infantil, de esa credulidad ciega e irresponsable viven los lideres desalmados, religiosos y profanos. Viven de generar ensueños, prometiendo paraísos en la tierra o en el cielo a cambio de no cuestionar nada, de dar por bueno cuanto dicen, de aceptar sin discusión sus conclusiones y de hacer nuestra su escala de valores. Viven de mantener una humanidad infantil, retrasada, inteligente pero necia, manipulable, de niños irresponsables entretenidos permanentemente con sus juegos y con sus fantasías, seres indefensos, fáciles instrumentos para sus ambiciosos fines.

Y si pensar no es fácil, creer aun lo es menos. Se me ocurre que no va más allá de aquello que, por instinto o por haberlo mamado o por la razón que sea, no podemos dejar de creer sin que el mundo se nos venga abajo. Pòrque ¿en qué creer si no queremos eludir la realidad; si no aceptamos infantiles ensoñaciones; si nos negamos a llamar maestro o padre o madre a quien predica una cosa y hace otra; si por más que buscamos no encontramos más camino que el trazado por la ambición de quienes rigen el mundo; si cuando hallamos gentes afines vemos que están en una situación de desconcierto similar a la nuestra?

Hace algunos años le oí decir a una monja profesora de Biblia, mujer inteligente y llana, cuando en una de sus clases explicaba “El libro de Job”: «Guardad la fe de la primera comunión donde guardáis el vestido que llevasteis aquel día, porque os quedó tan pequeño como aquél y ya no os sirve». La escuche atentamente y me quedé con la copla que en mi fuero interno entendí que decía:

− Guardad la fe infantil, la credulidad ciega, irreflexiva y necia, y cambiadla por una fe adulta, cuestionada, pensada a la luz de cuanto el ser humano ha ido aprendiendo con el paso del tiempo. Pero no viváis sin fe, porque sin fe no se avanza, no se hace camino, no se va a parte alguna, no se ama, no se confía, no se apuesta por la vida.

Pep Castelló | Para Kaos en la Red | 14-9-2009 | 2192 lecturas |
www.kaosenlared.net/noticia/sentir-pensar-creer

domingo, 19 de abril de 2009

Anticlericalismo


El anticlericalismo visceral que anida en el alma del pueblo español y que tan a menudo se manifiesta en foros y debates debiera interpelar a las buenas gentes católicas. Debieran preguntarse honestamente, con ganas de saber, por la causa de ese odio, sin parapetarse tras la barrera fácil de la maldad ajena. Pero en lugar de eso, se cubren con el manto impermeable de la Madre Teresa y aguantan los chaparrones que les llegan con sin igual desprecio, o como mucho echando pelotas fuera mediante respuestas infantiles expresadas con delicadas maneras.

La ira, en cambio, no suele tener buenas maneras, pero sí profundas causas. Y esas causas son las que la buena gente católica no quiere abordar. Porque de hacerlo, de tomar en consideración la realidad y averiguar el porqué de tanto odio, ¿cómo podría seguir luego gozando en conciencia de los beneficios de todo orden que proporciona formar parte del pueblo escogido?

No vamos aquí a resolver ese litigio tan profundo y tan viejo que tanta sangre ha derramado en tantas partes del mundo y en especial sobre nuestra “piel de toro”, que es la que nos va mejor tomar en cuenta porque nos cae más cerca, pero sí señalar con ganas de sosiego, no de pelea, que si alguien tiene que dar el primer paso en pro del entendimiento y del respeto mutuo es la población católica. Y no porque piense cuando esto escribo que sea la culpable de la discordia − que sí lo pienso, con pleno convencimiento − sino porque es la que tiene motivos de doctrina para hacerlo.

No vamos a exponer ahora una larga lista de esas razones y motivos porque es un trabajo ímprobo, pero sí apuntar, siquiera por encima, algo que si no recuerdo mal está en los evangelios: «si al ir a ofertar recuerdas que tienes una deuda con tu hermano, deja tu ofrenda al pie del altar y ve antes que nada a ponerte en paz con él».

Llegado a este punto, el hereje impenitente que esto escribe no puede por menos que preguntarse:

• ¿Es eso lo que hacen las buenas gentes católicas españolas con sus obispos al frente?

• ¿Buscan de corazón la paz con sus hermanos no creyentes, hijos también de Dios según reza su credo?

• ¿No será que en vez de paz lo que buscan los obispos de la COPE y la campaña “pro vida” es pelea?

• ¿Acaso no es pelea tratar de imponer su moral a toda la población española creyente y no creyente?

• ¿Acaso es buena fe ese empecinarse en mantener los privilegios estatales de que goza la Iglesia?

• ¿Acaso...?

La lista se hace tan larga, que no merece seguirla. Máxime porque quienes debieran hacerla son esas buenas almas católicas que quieren ignorarla.

Dar razones en público para el anticlericalismo es echar leña al fuego. Pero callar ante una población católica tan felizmente convencida de estar haciendo las cosas como su Dios manda es complicidad y deserción flagrante para cualquier espíritu combativo que opte por la paz. Porque es bien sabido que la paz exige entendimiento.

Señoras y señores, hombres y mujeres que profesáis la religión católica en esta España que la derecha política y eclesiástica consideran cristiana y propia, poneos la mano sobre el pecho y antes de acudir a celebrar vuestra próxima eucaristía pensad qué pueden tener en contra de vuestra amada Iglesia quienes tan visceralmente se manifiestan anticlericales. Pensadlo y obrad en consecuencia. /PC


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domingo, 12 de abril de 2009

Con este signo vencerás


¡Qué mal entienden el mensaje de Jesús esas gentes católicas que dan la batalla política luciendo lazo blanco al igual que Constantino usó la cruz como amuleto para vencer en el campo de batalla, según la leyenda! ¿De dónde sacan que Jesús se rebelase contra alguien que no fuesen los que habían convertido el templo en un refugio de hipócritas y negociantes?

Desde el siglo tercero acá, el cristianismo ha sido utilizado sistemáticamente para someter la población fiel a los intereses de los poderes terrenales. Los más complicados malabarismos mentales han servido para extraer de las sagradas escrituras la doctrina que más ha convenido a los líderes religiosos, hasta el punto de que al grito de ¡Dios lo quiere! se han cometido los mayores crímenes. Los seguidores de ese cristianismo soberbio no han dudado en colonizar pueblos y despojarlos de sus religiones y creencias para imponerles la suya, la de los invasores, la de quienes como fieras mataban, violaban, saqueaban y esclavizaban, sin ningún respeto ni humano ni divino. ¡Cuan lejos de esa religión quedan las enseñanzas y el ejemplo de ese Jesús de Nazaret que muestran los evangelios!

Hoy ese espíritu de conquista sigue vivo en la Iglesia Católica Romana. La clerecía de los países donde hay un ascendente católico todavía no erradicado sigue exigiendo a sus gobiernos que las leyes sancionen lo que ellos consideran pecados. Ningún auxilio sanitario para abortar y además cárcel a quienes tal hagan. Inquisición pura. La Iglesia señala la culpa y el poder judicial aplica la condena. ¡Que ejemplar muestra de amor cristiano! ¿Puede extrañarle a alguien que cada vez tengan menos fieles? ¿Puede alguien con la mente clara y un básico sentido de la justicia estar de parte de quienes así proceden?

Pero la adhesión a una fe religiosa nunca fue fruto de la claridad mental sino de estados emocionales debidamente encauzados. Hoy ese mecanismo mental sigue funcionado igual que siempre. La población católica devota está unida por fuertes lazos de afecto con su Iglesia a la que mentalmente asocia con el Dios al cual rezan y adoran. De ahí que no acepten críticas demasiado severas y que se afanen en disculpar las faltas que no pueden ocultar porque son ya de dominio público. Mal camino para formar conciencias amantes de la verdad y la justicia, pues aprendemos de las personas que amamos no por cuanto nos dicen sino por mimetismo, por cuanto en ellas vemos, ya que por amor a ellas tomamos amor a lo que hacen.

A la vista está el resultado. Donde hay líderes religiosos con conciencia social, con una vida ejemplar tanto desde una perspectiva cristiana como desde una ética humana universalizable, allí hay movilizaciones en pro de una justicia equitativa, de mejoras sociales, de mayor humanidad en suma. En cambio, donde los líderes religiosos siguen una conducta de censura cuando no de represión, para lo único que se lanza a la calle la población católica es para pedir prohibiciones a derechos que ellos no reconocen paro sí el resto de la población. Derechos que no les afectan porque su ejercicio no obliga a nadie sino que es libertad de cada cual valerse de él o no. Como se ve, los ejemplos cunden, tanto los buenos como los malos. Tal vez de ahí la gravedad de aquel grito evangélico: «¡ay de quien escandalizare...!».

A menos que se tenga una gran viga en el ojo, no se puede negar que el ejemplo que están dando las altas capas de la clerecía católica es deplorable. Tanto es así, que dentro mismo de esa Iglesia se alzan voces que pretenden justificar lo injustificable y disculpar lo que no hay modo de justificar. Esos parches podrán servir talvez para la población creyente que tenga una fuerte dependencia afectiva con esa Santa Madre Iglesia que según sus fieles confiesan es a la vez meretriz y casta, pero no para quienes todavía conserven la mente suficientemente clara como para poder discernir lo que es aceptable de lo que no lo es. Ahí se dará sin duda, cada vez con más fuerza, el rechazo al catolicismo.

No preocupa a quien esto escribe ese previsible incremento del rechazo religioso. La liberación es siempre preferible a cualquier forma de esclavitud; la lucidez, a cualquier forma de oscurantismo. Pero consciente de que el ser humano necesita mitos y creencias que le muevan por dentro, lamenta que otros mitos peores a los que integran el cristianismo vengan a sustituirlos, que es lo que está sucediendo a nivel mundial ya en los tiempos que vivimos. Se mire como se mire, pero siempre que la mirada esté libre de egoísmo, sería deseable que quienes tienen alguna capacidad de hacer oír su voz entre la población creyente hiciesen un profundo proceso de reflexión y se decidiesen a jugar la carta de la honestidad en vez de seguir jugando la de la conveniencia que, a pesar de cuanto dicen, es por la que siguen apostando. /PC

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martes, 24 de marzo de 2009

Soberbia

A la memoria de Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, asesinado el 24 de marzo de 1980 en El Salvador.


No responder al odio que nos muestran denota sabiduría, pero ignorarlo puede ser signo de soberbia. La aversión que despertamos no debe amilanarnos ni desviarnos de nuestro recto proceder, pero sí hacernos reflexionar, porque tan digno de atención es el odio que sentimos como el que provocamos.

Pensar que los buenos somos nosotros y los malos son los otros es propio de quienes se creen en posesión de la verdad y por ese motivo no se cuestionan nada de cuanto hacen. Ignorar el parecer contrario es negar el diálogo. Éste comienza cuando quien se siente objeto de odio se pregunta honestamente: ¿qué hago yo para que me odien tanto? Pero esta pregunta cuando no es retórica no está al alcance de ningún espíritu soberbio.

Me vienen todos estos pensamientos a la cabeza cada vez que observo actitudes anticlericales y alergias antieclesiásticas en los comentarios que aparecen al pie de noticias y artículos publicados en alguna página de la red, a los cuales, dicho sea de paso, no suele darse ninguna respuesta dialogante. Ante ellas caben dos actitudes: pensar que quienes tal aversión muestran son mala gente y atacan a la Iglesia Católica por el simple gusto de hacerle daño, o pensar que ese sentimiento es la respuesta a una conducta eclesiástica que merece atención.

Aceptar los desmanes de la jerarquía como males menores me parece una actitud cómplice; acatar su autoridad y no contestarla enérgicamente cuando se lo merece, me resulta inaceptable. Decir que «la Iglesia es a la vez meretriz y madre» me parece una forma como otra cualquiera de esconder la cabeza debajo del ala. Pienso que nadie con un mínimo de vergüenza aceptaría vivir al amparo de una persona cuya conducta considerase censurable. Y no obstante ahí están todas esas gentes que al grito de «todos somos Iglesia» dan soporte a esas jerarquías eclesiásticas que no paran de cometer indignidades.

En atención a que toda conducta humana tiene su causa, no cabe sino preguntarse a qué se debe ese acerbo anticlericalismo, como también cual es la causa de esa escandalosa indignidad que muestra una buena parte de la población católica. Porque si el odio fuese inmerecido, una actitud cristiana por parte de quien lo recibe bien podría ser preguntar por la causa: «si obro mal muéstrame en qué». Claro que para plantear las cosas de este modo hay que tener la conciencia muy limpia, la mente muy serena y el corazón muy dispuesto para la concordia y la paz.

Entrar en diálogo implica siempre liberarse de prejuicios y de soberbia, algo muy difícil cuando se vive con la mente secuestrada hasta el punto de negar lo evidente. Y esta actitud es la que se da precisamente en las ideologías y en las creencias religiosas. Que unas y otras sirven para movilizar a las gentes, nadie lo duda; «la fe mueve montañas». Lamentablemente, me atrevo a decir, porque a menudo esos movimientos de masas se hacen por causas reprobables, tales como el afán de imponer las propias convicciones a quienes no las comparten; y no precisamente por altruismo.

La convivencia es diálogo, y éste sólo es posible desde la honestidad. No es ocultando defectos y errores como se establecen diálogos. No es mintiendo como se gana el respeto de la gente cabal. No es lavando el cerebro del personal adepto como se trabaja en pro del bien común. Es obrando honestamente, con veracidad y con respeto, como se consigue hacer brillar la verdad y la honestidad.

Hoy 24 de marzo se cumplen veintinueve años del asesinato de Monseñor Romero, víctima de las intrigas políticas entre el gobierno de los EEUU y la ICR regida por el papa Juan Pablo II. El objetivo era cerrarle el paso al comunismo en América Latina. ¿En beneficio de quién, esa oposición férrea y sangrienta?

Desde la libertad de pensamiento y sentimientos que proporciona la no adscripción religiosa ni política, el hereje impenitente que esto escribe ve con pesar y rabia la pasividad cómplice de un mundo católico que no alza su voz de forma contundente contra tanto desafuero eclesiástico, tanta hipocresía y tanta soberbia. /PC

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jueves, 12 de marzo de 2009

Catolicismo militante


Constantino y sus seguidores cambiaron el revolucionario mensaje de Jesús de Nazaret en una religión de piadosos conformistas, cuando no arribistas. Que dentro de la población creyente haya gentes que todavía conservan limpia y clara la conciencia no es mérito de esa religión sino de la sensibilidad de las personas que acunaron esos sentimientos o bien de la transformación que ellas fueron haciendo a lo largo de su vida. Que nadie venga pues a poner por delante, a modo de escudo, a la Madre Teresa y otras similares, ni a las gentes que integran el mundo de la Teología de la Liberación, porque no es mérito de la Iglesia Católica que ellas existan.

No digo con esto que las prácticas de espiritualidad cristiana no hayan contribuido en nada a despertar y cultivar cualidades humanas como la compasión y la ternura, pero sí que han servido también y sirven para cultivar fanatismos tan peligrosos como lo es el de creerse en posesión de la verdad.

Mucho se ha insistido desde posiciones revolucionarias en la enajenación inherente al consuelo “espiritual” que el cristianismo proporciona a la persona, especialmente en referencia al sufrimiento de las clases oprimidas. Tanto ha sido así que en un momento dado, con acierto o sin él, se le puso el apodo de “opio del pueblo”. Pero los tiempos cambian y los tópicos caen. Hoy el cristianismo no es opio para nadie ni para nada. Hoy el opio del pueblo es el paradigma que el capitalismo ha instalado en esta civilización occidental cristiana, según el cual el bienestar es un derecho gratuito cuyo costo y consecuencias no hay que analizar.

A nadie se le esconde que el pensamiento predominante entre la población católica española es conservador, al margen de cual sea su preferencia dentro del abanico político que se le ofrece. Pero eso no es por causa de la religión sino pura concomitancia. Las personas conservadoras no sienten rechazo hacia el inmovilismo propio de las religiones del libro, en las cuales el ser supremo es quien habla y sus elegidos quienes quedan en posesión de la verdad si escuchan con el corazón bien dispuesto. Otra cosa es que a partir de ahí ambos conservadurismos se retroalimenten mutuamente, como suele ocurrir.

Hoy el cristianismo en el mundo es deudor de su pasado, tal y como lo es todo cuanto existe. Pero toda realidad es cambiante y todo pasado es diverso, por lo cual no debemos caer en el error de basar los análisis de hoy en acontecimientos de ayer ni en parciales percepciones actuales. Para hacer justicia a los hechos necesitamos ver en cada lugar y en cada momento qué pasó y qué está pasando. Y en este mirar, vemos que a pesar de que todas las confesiones cristianas tienen en común un buen número de creencias básicas, las conductas de los colectivos que integran esa gran religión son muy diversas. Se dan desde fanáticos fundamentalistas que asocian su religión a ideologías de ultraderecha, hasta quienes usan la fe cristiana como motor de su insurrección contra la injusticia que sufren los pueblos oprimidos. Y esto tanto es así en el pueblo llano como en parte de la clerecía.

En opinión de quien esto escribe, que espero pueda ser ampliamente compartida, las religiones en sí no son ni buenas ni malas. Hay excelentes personas creyentes del mismo modo que las hay ateas. La bondad y la maldad de las personas no guardan relación con sus creencias religiosas, sino con la calidad humana que cada cual ha podido alcanzar. El pensamiento religioso es tan manipulable como cualquier ideología y de esas manipulaciones se valen quienes sin escrúpulos quieren detentar el poder.

El ser humano es religioso por naturaleza, de aquí que prohibir la religión a las gentes que la profesan sea un disparate a la vez que una injusticia. Pero permitir que una religión configure el ordenamiento jurídico de un estado democrático es un disparate todavía mayor y aun mayor injusticia, por lo que ninguna persona responsable debe caer en ello. Quienes amparándose en su religión quieren que en España y en otros países de América Latina se legisle según la moral católica tienen tanto a reflexionar como quienes basándose en la conducta de esas desatinadas gentes condenan las religiones y a quienes las profesan.

Pongamos pues cada cosa en su lugar, que es la condición necesaria para entenderse. Para empezar, no hay que confundir el reconocimiento de un derecho con una obligación. Nadie pretende obligar a ninguna mujer a que aborte; tan sólo se trata de no meterla en la cárcel si decide hacerlo. Pero si esto no bastase a esa población católica militante empecinada en que su moral prevalezca sobre la del resto de la población, cabe añadir: la moral católica es para quienes profesan la religión católica; las leyes son para toda la nación y tienen que servir para la convivencia, no para la exclusión. /PC

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martes, 10 de marzo de 2009

Evangelización versus proselitismo

Cuando la Regla de Oro cambia en Ley del Embudo


Proselitismo rima con terrorismo y éste, ya se sabe, puede ser legal o punible según que lo practique quien detenta el poder o quienes contra él se alcen. Igualmente el proselitismo es censurable cuando lo practican miembros de cualquier religión que no sea la que goza de protección estatal.

En España, la religión que goza de esa protección es la Católica Apostólica Romana, por lo que las acciones que ésta lleva a cabo para aumentar la población adscrita no se consideran proselitismo sino evangelización, que es mandato divino.

El fin de la evangelización es expandir el Reino de Dios. A eso se ha dedicado la Iglesia durante siglos con la colaboración de los poderes de turno. Cualquier acto de proselitismo llevado a cabo por miembros de otras confesiones religiosas fue considerado terrorismo espiritual o herejía, que para el caso es lo mismo. Tribunales especiales se encargaron de juzgar qué era evangelización y qué herejía y cuidaron bien de que ésta fuese severamente castigada. El tormento y la hoguera fueron en esos casos herramientas de evangelización, o sea instrumentos para transmitir la Buena Nueva. Gracias a ellos, el cristianismo verdadero quedó firmemente implantado en Europa, y hoy no son ya necesarios métodos tan contundentes.

Pero no hay que juzgar los hechos de antaño con el pensamiento de hogaño, de modo que vamos a centrarnos en el aquí y ahora.

España es ancestralmente católica. El censo de población católica lo da el número de personas bautizadas. El bautizo es una imposición paterna que el clero español cuida muy bien de proteger a lo largo de la vida de cada persona bautizada, ocultándole la posibilidad de apostatar, poniéndole obstáculos para hacerlo y ofreciéndole al mismo tiempo estímulos diversos para que persista en su fe católica.

Los principales estímulos que ofrece la Iglesia Católica a la totalidad de la población bautizada son las celebraciones solemnes de primeras comuniones, bodas y entierros, amen de todos los placeres que a las personas devotas proporciona el culto sagrado, junto a una serie de ventajas en los ámbitos de la educación, consideración social y otros.

La evangelización en España no es, pues, cosa de broma sino algo muy serio. No se trata solamente de salvar almas al precio que sea sino que hay que asegurar también la continuidad de los privilegios de que gozan la población católica y sus santos pastores, que en gran parte depende de que sean mayoría. Da igual que esa mayoría sea una falacia nominal. Da igual que ningún miembro de esta Iglesia Católica Española haya decidido libremente su adscripción a la fe de sus mayores. Es parte de la Iglesia Católica y punto.

Otra cosa sería que el censo lo diese el número de personas que ayunan en cuaresma, o el de quienes voluntariamente dedicasen una parte de sus ingresos a la financiación de su Iglesia, con opción de ahorrarse ese gasto en caso de apostasía. Pero el número de quienes ayunan no es computable y la opción tributaria de ahorrarse el gasto de financiación religiosa no existe. Es el gobierno quien decide lo que hace con el dinero que recauda, y aunque le pregunta al contribuyente si quiere que una parte de sus ingresos vaya a parar a la Iglesia Católica, esta pregunta no es sino retórica, porque en caso de respuesta negativa financia igualmente a la Iglesia. De modo que puestos a pagar, lo mismo da creer que no creer, y si además esa supuesta fe comporta ventajas, pues miel sobre hojuelas. ¿Para qué complicarse la vida con procesos de apostasía si nos van costar tiempo y dinero y con ello no vamos a ahorrarnos luego ni un céntimo?

Nada, pues, de hogueras ni tormentos, que esos son ya procedimientos obsoletos. Ahora continuidad del concordato y política fiscal, que es más disimulado y más propio de los tiempos que corremos. ¡Ah, y continuidad también del gorroneo! ¿O no es gorronear hacer que la población no creyente pague parte de los gastos de culto y adoctrinamiento de la católica?

Las preguntas que en esta ocasión asaltan al hereje impenitente que esto escribe son:

• ¿Qué se hizo de la Regla de Oro?

• ¿Se puede ser Luz para la humanidad desde posiciones de privilegio?

/PC


viernes, 27 de febrero de 2009

El malo de turno


Mucho se está diciendo últimamente en contra del actual papa Benedicto XVI, denominado Papa Ratzinger por quienes no le son afectos. Sus muchos dislates son censurados por plumas de diversa tendencia religiosa y social. No obstante, desde la perspectiva que me ofrece la aconfesionalidad, aun sin ánimo de alzarme en su defensa me pregunto si esas críticas que contra él se lanzan no debieran dirigirse contra esa estructura piramidal que le ha llevado hasta la cumbre jerárquica.

Me pregunto si este papa no será el malo de turno de la Iglesia Católica, como hasta hace poco Bush lo ha sido del imperio USA, principal baluarte del capitalismo salvaje. Si tanto uno como otro no estarán haciendo las veces de cortinas de humo que sirven para ocultar lo verdaderamente malo, que no es sino las estructuras imperiales que los sostienen.

Durante el papado de Juan Pablo II el nombre de Wojtyla ocupaba el lugar que hoy ocupa el de Ratzinger. En aquel entonces, quienes habían puesto sus esperanzas en el Vaticano II se referían al Papa Juan XXIII con el apelativo de “el papa bueno”, algo que de algún modo venía a decir que quien entonces reinaba no lo era tanto. En cambio hoy su connivencia con el imperialismo USA y las sanguinarias dictaduras de América Latina, que tantos crímenes cometieron y tanto sufrimiento causaron, apenas se menciona. Es como si las maldades del actual papa sirviesen para echar tierra encima de las que cometió su predecesor.

Personajes como Joseph Ratzinger los hay a montones en todos los estamentos que supuestamente se ocupan del bien común. Sus comportamientos suelen despertar las más acerbas críticas, tanto en el interior de la institución a la cual pertenecen como fuera de ella. Y no obstante son ellos quienes acceden al poder. Parece evidente que algo no acaba de ir bien en las instituciones humanas. Pero en el caso de la Iglesia Católica cabe preguntarse si no es todo lo contrario, si lo que está ocurriendo en su seno no demuestra el buen funcionamiento de esta institución tal como la concibieron sus fundadores - o reconversores, si se prefiere - en el siglo tercero.

Porque de no ser así, dígaseme cómo pueden formar parte de la jerarquía eclesiástica personajes como los cardenales Cañizares y Rouco Varela, por poner sólo los que tengo más próximos. ¿Acaso han dado alguna muestra de humanidad y sentido evangélico en su quehacer eclesiástico, o más bien se han destacado por sus posicionamientos políticos de derechas? ¿Acaso Juan Pablo II no aseguró la continuidad ideológica de la curia vaticana con el abundante nombramiento de cardenales de tendencia similar a la de los mencionados? ¿Se equivocó al nombrarlos?

Mirando bien la relevancia que la Iglesia ha tenido a lo largo de los siglos no parece razonable pensar que pueda ser consecuencia de un cúmulo de errores sino más bien de muy pensados aciertos. ¿Acaso lo que se propuso Constantino al convocar su concilio fue llevar el revolucionario mensaje de Jesús hasta el último rincón de su imperio? ¿O fue instaurar un cristianismo domesticado, nada profético, dogmático, autoritario, clasista, en el cual las bienaventuranzas reales son los bienes materiales y la espiritualidad consiste en la contemplación del más allá mediante los goces que proporciona el culto a un Dios providente, cuya voluntad es poner en esta vida a los desheredados al servicio de los poderosos, para compensárselo luego en el cielo si han sido buenos, obedientes y sobretodo sumisos?

La consecuencia lógica del capitalismo es el neoliberalismo. La consecuencia lógica de un cristianismo hecho a medida del Imperio ha sido esta Iglesia Católica que lleva ya diez y seis siglos predicando un mensaje que se niega a asumir en toda su profundidad y amplitud: «Amaos los unos a los otros, bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados...» ¿Puede alguien indicarle al hereje impenitente que esto escribe, dónde encontrar estas enseñanzas en el modelo de vida que se proyecta desde el Vaticano?

Que nadie me cite encíclicas, por favor, porque una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. De ahí que el evangelio nos remita a los hechos para discernir a las personas que los llevan a cabo, no a sus discursos. Ahora bien, puesto que los hechos están tan claros que hace falta querer estar ciego para no verlos, cabe pensar si no es ésta la Iglesia que de verdad desea la mayor parte de la población católica actual: una institución poderosa, afecta a los amos del mundo que garantizan su subsistencia y la continuidad del culto, dentro de la cual unos santos hombres y unas santas mujeres dedican su vida a paliar los sufrimientos de las víctimas de esos mismos amos, lavándole así la cara a la cúpula vaticana y a quienes la siguen.

De ser como decimos, huelgan críticas, porque el triunfo de la Iglesia constantiniana resulta incuestionable. El Papa actual será más o menos hábil, pero no es sino uno más de los que ha habido y posiblemente habrá a lo largo de los tiempos, cuya misión no es otra sino hacer que la Iglesia Católica ocupe el primer puesto en el ranking mundial de religiones.

La pregunta que nos asalta es: ¿era ésta la Buena Nueva de Jesús?

viernes, 20 de febrero de 2009

A vista de perro


Hace ya años, allá por entre los sesenta y setenta, tuve ocasión de ver una colección de fotografías titulada “París visto por un perro”. Las fotos no eran nada del otro mundo; calles, papeleras, bancos, farolas... Pero el fotógrafo había hecho todas las tomas desde una altura no superior a la de un perro mediano, lo cual le daba una perspectiva inusual a lo cotidiano.

Ponerse a la altura del otro para tratar de ver las cosas como él las ve, no es lo corriente, sino un difícil ejercicio que apenas hace nadie porque encierra el riesgo de perder las ventajas que nos da la carencia de empatía. Pero es la condición necesaria para entender los puntos de vista, las opiniones, los sentimientos y las acciones ajenas.

Algo de esto me vino a la mente cuando leí en su día el artículo de Leonardo Boff “En la sala de la Ex-Inquisición” [KOINONIA/Boff/083]. En respuesta a los cargos que le hacía el Cardenal Ratzinger, que le acusaba poco menos que de herejía, Boff dice: «usted no tiene ojos para la teología de la liberación porque ve el mundo de los pobres por esas ventanas cuadradas por donde no llega su grito». Elocuente cruce de acusaciones que dejaba claro donde estaba cada cual.

Lo he recordado de nuevo hace muy pocos días al leer el testimonio de unas cooperantes en los “asentamientos humanos” de Chimbote, puerto de mar pesquero, en el norte de Perú, con fábricas de harina de pescado que emplean en precario, junto con la pesca cuando no hay veda, a la mayor parte de la población obrera. Chozas sin agua, calles de pura arena, son el “hábitat” de esa creciente población hambrienta y marginada, explotada por los ricos y pastoreada por un obispo, español para más señas, que vive en una zona residencial fuertemente custodiada, a la cual tampoco llegan los gritos desgarrados de los pobres.

Es evidente que esta Iglesia Católica Romana mira desde lo alto; que sólo se postra de rodillas y mira hacia arriba cuando mira al cielo, pero que se mantiene altiva ante la realidad del mundo en que vivimos. Ni por un instante se le ocurre a esa alta clerecía salir de su privilegiado entorno palaciego para mirar desde la perspectiva de la población doliente, cargada de penas y privada en su realidad de los más elementales derechos por la dureza de corazón de los amos del mundo. La miseria humana a ras de suelo, a vista de perro, no es lo que quieren ver esos clérigos encumbrados, sepulcros blanqueados, corazones de piedra, amantes del bienestar material, de los honores mundanos, de los atributos del poder.

Desde la libertad de pensamiento que ofrece la no adhesión a ninguna confesión religiosa, sin la mirada excelsa de quienes tienen su mente acomodada a celestiales visiones y a doctrinales interpretaciones, el hereje impenitente que esto escribe ve como pura vergüenza las referidas conductas, episcopal y cardenalicia, tan distantes de esas capas de población miserable, excluida, marginada. Ni rastro de Buena Nueva se vislumbra en sus comportamientos; ni una brizna de amor ni de compasión en sus corazones ante tanta humanidad lacerada.

¿Imagina alguien a Jesús ignorando altivamente al leproso que le suplica?

Pero Jesús anunciaba el Reino de Dios, no la Iglesia, que es lo que llegó en su lugar, como bien señaló Alfred Loisy. Jesús no se mantenía alejado de los pobres, pero la Iglesia instituída a fuerza de concilios vive instalada en el mundo rico. Sólidos muros de piedra, de sentimientos y de intereses separan a los de arriba de quienes viven en el polvo y en el barro. Ni el mensaje de Jesús ni el llanto de los pobres pueden atravesar esas colosales murallas. Ni uno ni otro pueden ser escuchados desde los suntuosos aposentos de quienes se erigen en representantes divinos.

A quien esto escribe no le es fácil ver la sede de Pedro bajo la cúpula vaticana, sino más bien la de Constantino y quienes le sucedieron. Diez y seis largos siglos de alianza y connivencia con los poderes terrenales, de ignorancia voluntaria del sufrimiento de millones de seres bajo el domino de las clases pudientes así lo atestiguan.

Posiblemente quien esto lea pensará que quien lo escribe no goza de la altitud de miras que da la fe en la Santa Madre Iglesia Católica. Nada más cierto. Tal vez si la tuviera su perspectiva sería otra, mucho más excelsa, no tan cercana a la de un perro. Tal vez entonces no pensaría, como piensa ahora, que los millares de “madres teresas” y de “santos romeros” que ha habido y hay en diversos lugares del mundo no bastan para compensar el daño que hace el mundo rico, ni para blanquear la podredumbre que encierra el fausto clerical. Tal vez. Pero ya advertimos desde un buen comienzo que estamos mirando desde abajo, a vista de perro. /PC

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