domingo, 23 de diciembre de 2007

Hay estrellas que guían y las hay que ciegan


Humildes navegantes, sin rumbo y sin cartas, buscando los caminos sobre el piélago inmenso de la vida, avanzamos a tientas en pos de la Utopía, confiando en la fuerza que nos mueve y anima.

No hay renuncia más dura y más costosa que la de andar sin guías, segadas las cadenas de la seguridad a ultranza, al impulso de la sed y la confianza, sin mayor esperanza que la certeza de hallar por recompensa al final del camino tener clara conciencia de haber andado en pos de la Utopía desde la soledad de la propia existencia, sin pactos ni alianzas esclavizantes que limitan y frenan.

Maestros y maestras hubo y hay en el mundo y aun en nuestro entorno, personas sabias y modestas, de talante prudente que se guardan de proclamar verdades y de imponer consignas que no sean mirar en derredor con compasión y amor, abriendo el corazón a la bondad, se halle donde se halle y sea la que sea. Suelen ser voces débiles y casi sin eco, que intentan alumbrar en la oscuridad como pequeñas velas, casi como luciérnagas. Esas sí que merecen ser tenidas muy en cuenta, escuchadas con atención, pues difícilmente habrá por causa de ellas peligro de ceguera. Más guían las estrellas con su tenue luz parpadeante que el esplendente Sol con su fulgor ardiente que abrasa y ciega.

Pero es humano buscar seguridades, buscar cobijo bajo árboles frondosos, caminar en rebaño para tener redil y dormir al abrigo, bajo la protección y vigilancia de pastores. Es humano y a la vez primitivo, aunque sin duda alguna es una opción muy válida y legítima. Pero no veo claro que sea ése un camino para ir más allá, porque tengo entendido que nadie que rompió moldes lo siguió. «Las alimañas tienen madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tiene siquiera donde recostar la cabeza».

Me viene todo esto al pensamiento con motivo de estas fechas navideñas, tan propicias para manifestaciones confesionales, para poner el símbolo en primer plano y pasar de puntillas sobre lo simbolizado. Desde esta perspectiva, lo esencial pasa a secundario y queda secuestrado por quienes ostentan el uniforme mental de las creencias que confiesan. La Navidad deja de ser mensaje de paz y de fraternidad humanas y se convierte en una simple proclama confesional cristiana. Limitación y freno en el camino que lleva a la Utopía.

Pienso que si algo humanamente válido hay en las tradiciones religiosas no está en las creencias propias del colectivo humano que las sigue, sino en el anhelo palpitante que las engendró. Y desde esta perspectiva, la Navidad es símbolo de humildad y de bondad principalmente, y estos valores, que pueden ser compartidos por cualquier ser humano, están muy por encima de todo cuanto pueda afirmarse mediante consensuadas creencias. Humildad que nos invita a postrarnos en silencio, sin proclamas dogmáticas, y bondad que nos anima a acoger otras formas de pensar y de vivir en paz y en gozosa armonía con cuanto nos rodea, natural y humano.

Confesar nuestro anhelo de bondad y de justicia, de una justicia que dé a cada cual lo que le corresponde por la simple razón de haber nacido, no por la fuerza del brazo que lo protege ni por el acopio que pudieran haber hecho sus antecesores. Exponer cuanto sirva para guiar nuestro corazón y pensamiento hacia ese horizonte es el fin de este modesto blog, de esta modesta página virtual que hacemos de forma colectiva. Para manifestaciones confesionales y políticas en la red ya hay muchos otros sitios.

Por este motivo, ante la singladura que nos ofrece el año que comienza ruego a todo el colectivo que hacemos esta página que tengamos muy presente en traer hasta aquí para compartirlo todo cuanto pueda aceptar cualquier persona de buena voluntad, creyente, agnóstica, indiferente o atea, y que dejemos toda proclama política o religiosa para otros espacios, que los hay en abundancia.

Luz, Gozo y Paz a todas y a todos.

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2007/12/hay-estrellas-que-guan-y-las-hay-que.html

sábado, 15 de diciembre de 2007

Aunque nos pese, cambiamos

Parece indiscutible ya hoy en día entre las gentes pensantes que cuanto hacemos los humanos se fundamenta en nuestra propia naturaleza y tiende a satisfacer alguna necesidad personal o colectiva. Ciencia, técnica, pensamiento, religiones, arte… Nada escapa a este principio, por más que queramos darle vueltas.

El ser humano no es un ente estático sino que evoluciona individual y colectivamente. Cada nueva incorporación en el saber modifica la persona y el colectivo que la asimila. Y en consecuencia genera nuevas posibilidades y también nuevas necesidades de todo orden.

Parar el curso de esa evolución es tarea imposible y cuantos esfuerzos se hagan con ese empeño es pura necedad. Vivir es un ejercicio continuo de adaptación al medio y al entorno, con todo cuanto de riesgo e incomodidad eso comporta. Es caminar hacia adelante, con el cuerpo y la mente, y es todo lo contrario de vegetar o quedarse en el sitio ancorados en principios inmutables mientras transcurre el tiempo y todo cambia.

Es evidente que estamos viviendo ya en un tiempo distinto de aquel en que nacimos y crecimos. Han cambiado las cosas y con ellas el modo de pensar y las costumbres. Es de dominio público, y nadie o casi nadie se escandaliza ya, por más que no son pocas las personas que continuamente lo lamentan, las mayores sobretodo. Pero aun así, aun a pesar del descontento continuo que manifiestan, acaban por rendirse y hacer suya la letra de aquel tango titulado “Cambalache” escrito por Discépolo allá por el año 1934.

¡1934! La historia se repite pues de continuo. Un siglo sucede a otro siglo, y si el XX fue para muchas almas ya un escándalo, no tiene por qué serlo menos el XXI. Y por este motivo, a esta nueva forma de vivir y de hacer que ahora se impone conviene encontrarle, cuanto antes, nuevas formas de pensar para poder razonar de forma conveniente lo que se siente y se hace. Tal vez así podamos evitar cometer en este siglo tantos errores como se cometieron en el pasado.

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2007/12/aunque-nos-pese-cambiamos.html

viernes, 30 de noviembre de 2007

Plegaria agnóstica


Lo propio del ser humano es buscar. Buscar materialmente, buscar intelectualmente, buscar aquello que necesita y no tiene. Buscar casi como el tigre que sabe que o se mueve o no encuentra subsistencia. El ser humano es un ser buscador por instinto, por naturaleza. Lo eran nuestros ancestros cuando vivían de la recolección y de la caza, y lo somos nosotros, humanos del siglo XXI que exploramos el espacio y rebuscamos hasta en el rincón más íntimo de nuestra propia mente.

Astronautas del alma, hemos vagado durante siglos por universos internos buscando la razón de nuestros sentimientos, y en eso aún estamos. Hemos puesto cimientos en la mente y en ellos hemos fundamentado con soberbia todos nuestros saberes y creencias. Con soberbia, sí, ignorantes antaño a la fuerza y hoy día de buen grado, de que cuanto vivimos son espacios mentales edificados sobre la roca viva de nuestra naturaleza corpórea, mutante y limitada.

Y hemos construido ahí nuestro Babel, en nuestra propia mente, con cuantos materiales hemos ido encontrando en el camino a lo largo de la vida personal y colectiva. Casas, palacios, templos y esa torre de soberbia en la que cada cual quiere salvarse de perecer ahogado en el abismo profundo del no saber. Y hemos creado dioses a la medida de esos templos que previamente alzamos. Y los hemos vestido con ropajes verbales para que nadie vea que no son reales sino tan solo fantasías de nuestra humana mente. 

Y a todo esto, quién sabe si un ser impensable, desde un espacio quizá inexistente, observa atentamente su creación y dentro de ella a ese ser imperfecto que lentamente va construyendo a través de milenios y milenios mediante continuas imperceptibles variaciones en los genes. Y quien sabe también si, con un sentido del humor infinito y eterno no se ríe de este disparate, de este esperpento que camina y actúa con ignorado desconocimiento de su absoluta realidad de juguete animado en este cosmos creado o no por vete a saber qué. ¿Quién sabe eso?

Pues no, no lo sabemos. Pero hablamos de Dios, y lo nombramos. Y sin saber nada de él o de ello lo imaginamos y lo pensamos como una criatura. Y lo afirmamos con fe ciega o lo negamos ciegamente también, con la misma certeza en uno y otro caso. Limitación humana, ignorancia, necedad de necedades, que es la base sobre la que se asienta la vanidad.

Lo triste es que sobre esa roca firme de estulticia edificamos los humanos nuestra vida en común. Seres gregarios, necesitamos compartir nuestras certezas con otras muchas gentes desquiciadas afines para sentir que estamos en el recto pensar, que somos fuertes, indestructibles por los demás mortales, enemigos supuestamente a la fuerza, como si otra posibilidad no hubiera que la de enemistarse y atacarse.

Ateos y creyentes sientan cátedra. Guerra santa y necesariamente a muerte, pues no caben los unos y los otros en este estrecho mundo de las ideas que cada vez va estando más en poder de quienes nada piensan, de quienes sin más dios ni más idea que su propio egoísmo destruyen cuanto tienen a su alcance, empezando por la propia conciencia, para llenarse el vientre, como las bestias y refocilarse con los excrementos de su necia inteligencia.

– ¡Ay Dios, si existes, qué incomprensible eres! Haces y deshaces universos y mundos y necias criaturas, y los sumerges en nebulosas de placer y sufrimiento, como si un mago fueras animando la nada. Para tu complacencia supongo, porque no es que lo sepa. Si no fuese yo un mortal como otro cualquiera, con una mente limitada, con una visión ciega de cuanto está fuera de mi estrecho universo, alzaría mis ojos hacia ti y te pediría clemencia. Clemencia y Luz para esta Humanidad de estúpidos y primitivos mortales de la que formo parte. Pero no está a mi alcance esta plegaria porque ¿cómo rogarte si no sé si existes más allá de mi mente? Mejor me postro ante el misterio y guardo silencio. 

Publicado en “La hora del Grillo” el  30 11 2007 con el título “Certezas del más allá”.http://lahoradelgrillo.blogspot.com/2007/11/certezas-del-ms-all.html
 

jueves, 29 de noviembre de 2007

El diálogo difícil pero no imposible

De un tiempo acá se han intensificado los esfuerzos por darle una vuelta total a los postulados tradicionales de la fe. Y no tan sólo en el ámbito de la discusión doctrinal sino también, y eso es lo que me parece más importante, en el de la difusión. Bienvenidos sean todos esos esfuerzos, por más que a mi ver de poco sirven en el mundo presente. Intentaré explicarme.

Por supuesto que el mundo católico necesita librarse de esa teología trasnochada que ni de reojo se atreve a mirar por el catalejo de la ciencia como no sea con la oculta intención de reafirmarse. Pero tal como lo vemos desde fuera, salvo honrosas excepciones, ese mismo colectivo humano que parece esforzarse en ponerse al día sigue creyendo más en Cristo que en Jesús, y en éste más que en lo que dicen los evangelios que predicaba. La eucaristía sigue siendo el rito común de todos los católicos, pese a todas las discusiones teológicas sobre la presencia real o no del mismo Dios bajo las formas del vino y del pan, y el Padrenuestro su oración por excelencia, por más que se cuestione la oración de petición y se discuta sobre la credibilidad de un Dios providente. Unidad pues en el mundo católico, por más que con algunas diferencias de pensamiento que vistas desde fuera pocas cosas cambian. Y para garantizar que en realidad nada cambie, ahí tenemos la liturgia, esa gran muralla de contención que hay en el lado religioso justo al borde del abismo, la cual nadie que no se rinda ante la magia sacramental puede salvar. 

El abismo entre el mundo religioso y el profano persiste pues aun a pesar de todos los matices de última hora. Dios, ese término ambiguo donde los haya, aparece por doquier a modo de comodín en el lenguaje. Unas veces como el origen de la vida, otros como un ser personal que ocupa un lugar principal en la mente de la persona creyente. Y en último término está la identidad de la persona, algo a lo que nadie puede renunciar, sea creyente o increyente. El diálogo se presenta, pues, muy difícil, y hay que andar con pies de plomo para no herir a nadie.

Tal vez lo mejor sea no intentar diálogo alguno. Que cada cual se quede donde está y haga a su aire su camino. Si se coincide, bien, y si no santas pascuas. Pero que nadie se llame a engaño, que tan santas no van a ser. El mundo está «patas arriba» (Eduardo Galeano) y va a hacer falta reunir todas las fuerzas posibles para lograr enderezarlo algún día. Por esto abrí un blog que titulé LA HORA DEL GRILLO y puse en él un pedido de aportaciones que sirviesen a la vez para las gentes creyentes y no creyentes, para aunar fuerzas. Pero bueno, se ve que unos y otros no somos capaces de renunciar a nuestro discurso apologético. Yo el primero.

Desde hace ya algún tiempo tengo guardado en una carpeta un escrito que titulé en un principio “Plegaria agnóstica” y luego retitulé como “Certezas del más allá”, y que finalmente guardé. No pensaba publicarlo en parte alguna justamente por esto que estoy diciendo, por el tono apologético que tiene, se mire como se mire. Pero lo haré mañana, hoy no, para no acaparar la página. Lo postearé en PLATAFORMA DE ENCUENTRO, este espacio que cada vez veo más inútil porque me siento cada día más incapacitado para entenderme con nadie que no sea por lo menos tan ateo como yo.

Entiendo que desde la óptica religiosa sea inaceptable la idea de estar viviendo en una nube, y esto ya es motivo suficiente para que pida yo disculpas ahora mismo por haber utilizado esa imagen. Pero lo que sí tengo por cierto es que poco o nada ofrece el catolicismo al mundo actual como no sea la posibilidad de aceptar su pensamiento religioso. Un pensamiento que no sirve hoy para nadie que no sea ya de antemano creyente. 

Me duele en lo más hondo, y me parece que me va a seguir doliendo de por vida que el mundo católico no se plantee seriamente cómo llegar al corazón de las personas que están creciendo ahora, no para catequizarlas que es lo que hace o por lo menos intenta, sino para ayudarlas a crecer humanamente. 

Y acabo ya. Acabo confesando que no me es fácil dialogar con personas creyentes. Tal vez porque es un diálogo difícil y yo no estoy capacitado para tanto, o tal vez porque es un diálogo punto menos que imposible, aunque espero que no. Como he dicho en diversas ocasiones, y concretamente en “Universo de burbujas”, kaos 14/7/2007, «los humanos vivimos encerrados en guetos, en gigantescas burbujas de seres afines que determinan mundos», un encierro que «nos aísla, que nos impide colaborar, o que incluso muchas veces nos enfrenta». Bueno, pues veremos qué pasa. Ahí está ese blog de LA HORA DEL GRILLO esperando aportes.

Luz, Gozo y Paz a todas y a todos.

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2007/12/el-dilogo-difcil-pero-no-imposible.html

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Las puertas del infierno y del cielo


En un ya viejo cuento un samuray exigía a un sabio que le dijese dónde debía buscar las puertas del cielo y del infierno.

– Eres demasiado necio y orgulloso para entender lo que yo pueda explicarte

– Dímelo ahora mismo o hago rodar tu cabeza por el suelo –dijo enfurecido el samurai echando mano de su espada.

– Acabas de encontrar la puerta del infierno –le respondió el sabio.

Sorprendido por la respuesta y algo avergonzado ante la impasible serenidad del anciano, el samurai volvió su espada de nuevo a la vaina y sentándose junto a él le preguntó:

– Y la del cielo, ¿cómo puedo encontrarla?

– Acabas de encontrarla también ahora.

A menudo me acude al pensamiento este sencillo cuento, cuando miro en derredor y veo la filosofía que me envuelve. Y pienso que si bien ahora puedo intentar identificarme con el sabio y seguir su ejemplo, no podía ni soñarlo cuando todavía era joven y vivía inmerso en el fragor de la batalla por la subsistencia. ¡Qué difícil es ver las puertas del cielo cuando se vive con la mente embriagada por el éxito o simplemente por la necesidad perentoria de subsistencia! Y a la vez, ¡qué difícil es no embriagarse viviendo en una atmósfera de vapores tóxicos!

Educamos a nuestros jóvenes para ser samuráis al servicio de los actuales señores, los dueños del dinero. Crecen con la idea de la eficacia y de la competencia machacándoles las sienes ya desde el parvulario, y es casi imposible que con semejante infernal ruido nadie pueda encontrar ni una sola de las puertas del cielo. Y es así, no nos quepa duda, como estamos convirtiendo en un infierno este planeta Tierra.

La forma de vivir que nos ha impuesto el neoliberalismo que impera ya a lo largo y a lo ancho de este planeta nos cierra a cal y canto las puertas del cielo y abre de par en par las del infierno. Solamente quienes logran apearse de este enloquecido mundo que gira como un torbellino a velocidad cada vez más vertiginosa pueden zafarse. Pero qué pocos y qué pocas, y ¿a qué precio?

Me vino esto a la mente el pasado domingo, durante el almuerzo con una religiosa amiga de mi mujer que nos honraba con su presencia en nuestra casa. El tono de su voz y el ritmo de su habla me evocaron al sabio anciano que en el cuento conversaba con el aguerrido samuray. Y mientras la escuchaba pensé que me hallaba en presencia de una de esas personas que han logrado apearse. Y me entristeció pensar que quienes permanecen con los tobillos aherrojados al banco de remeros de la nave tengan como destino ineludible vivir cual galeotes y perecer ahogados.

Me entristece este mundo de miseria en el que permanece la inmensa mayoría de la gente. Me entristece tener que contemplar con impotencia esa puerta voraz que los engulle hacia lo más profundo de las tinieblas sin que les llegue ni el más leve resquicio de luz de la celeste esfera.

Y digo yo sin ánimo de molestar a nadie, con todo el respeto que me merecen las opciones personales y entre ellas la vida religiosa, que no me parece forma de salvar a esas multitudes de potenciales náufragos aherrojados invitarles de lejos a cabalgar sobre esta blanda nube de algodón que nos sustenta en andas sobre la cima de este paradisíaco Olimpo mientras las demás pobres humanas criaturas sobreviven sin alma en ese pozo inmundo que han creado los diablos de la ambición y la codicia. Un tal camino de espiritualidad sirve sin duda a nivel personal, y en la medida que cada cual trasciende a su entorno sirve también al colectivo humano. Pero si de verdad queremos liberar de sus prisiones a nuestras hermanas y hermanos, tenemos que apearnos. Pero no de este mundo, sino de nuestra nube.

OTRO MUNDO ES POSIBLE, OTRA ESPIRITUALIDAD ES NECESARIA.

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2007/12/las-puertas-del-infierno-y-del-cielo.html

viernes, 9 de noviembre de 2007

El diálogo posible


Hace tiempo que abrigo la esperanza de que algún día, que no debe de andar ya muy lejano, ateos y creyentes se unirán en una gran plegaria silenciosa que tendrá como fin hacer brotar desde lo más profundo de sus mentes la flor de la bondad. Eso será cuando unos y otros acallen el discurso, esa disparatada gran arma arrojadiza que hiere más que une cuando la impulsa el afán de vencer, de dominar al otro, de subyugar su mente mediante el pensamiento y las ideas.

El ser humano ha caminado siempre al impulso y amparo de su intuición, esa gran facultad que le permite pensar lo que no sabe e imaginar lo que aun no conoce a partir de lo visto. Y que le capacita también, sin duda, para errar, ese gran riesgo inherente al coraje de abordar lo que no se conoce.

Errar es pues consubstancial a nuestra humana natura, y tal vez por eso quienes pretenden a toda costa poseer la verdad, cualquiera que ésta sea, se ciñen a lo que a todas luces parece indiscutible en un caso, o bien apelan a revelaciones misteriosas venidas de lo alto en el contrario. Opciones personalmente válidas, pero muy peligrosas, porque el ser humano necesita compartir, y con tal fin acaba buscando la manera de convencer al otro, y de poner para ello los medios que hagan falta. Y esto, se quiera o no se quiera, es afán de domino, imposición en suma.

Pienso, o si más no lo sueño y lo deseo, que tarde o temprano el mundo cristiano -si no todo mayoritariamente- se atreverá a mirar por el telescopio de la ciencia con ánimo de encontrar en el propio cerebro a ese Dios escondido antaño entre las nubes y hoy casi ignorado por quienes viven de creer solamente lo que se ve y se toca. Entonces, ateos y creyentes tendrán algo objetivo en qué fijarse y podrán dejar de lado las discusiones sibilinas.

Y si entretanto, además de esto los unos y los otros han adquirido conciencia de que la nave Tierra nos está naufragando, tal vez con un poco de suerte decidan elaborar conjuntamente un pensamiento y una liturgia, sin magias ni misterios pero llena de aliento, que dé soporte emocional y enaltezca el ánimo para llevar a cabo la gran tarea de humanizar al mundo, empezando como es lógico por la propia mente.

Creyentes y ateos unidos a través de la ciencia, del conocimiento observable y verificable para, sin perder el espíritu que anima la poesía redentora de los libros sagrados y de las viejas tradiciones religiosas y sin fantasear más de lo inevitable, entrar en una esfera mental cognitivoafectiva de humanidad profunda. Parece impensable, casi un sueño, y a lo mejor lo es. Pero nunca se ha realizado nada que antes alguien no lo haya soñado.

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miércoles, 7 de noviembre de 2007

La necesaria espiritualidad


Hemos averiguado, con enormes costes, que una universidad puede existir en el mismo espacio físico que un campo de concentración.

Karen Armstrong, “La gran transformación”.


Son muchas, muchísimas las voces que se alzan y los escritos que aparecen a diario señalando la necesidad de una reconsideración del pensamiento por el cual se rige esta civilización nuestra. A la vista está que el conocimiento científico y el desarrollo técnico no son valores en sí, puesto que tanto pueden traernos bienestar como desgracia. No hay más que ver el camino de autodestrucción que de su mano hemos seguido durante todo el siglo XX, y las pocas muestras que hay de querer cambiar de rumbo en lo que llevamos del XXI. El mundo se nos viene abajo por momentos, ya sea por catástrofes ambientales provocadas por nuestra disparatada forma de vida o por simple y pura violencia humana, y no parece que haya nadie, ni persona ni institución, con ánimo de tomárselo en serio.

Es a todas luces necesario y urgente encontrar una forma de espiritualidad conveniente para esta era que estamos iniciando. Una espiritualidad universalizable, capaz de guiar el pensamiento científico y los avances técnicos por caminos de humanidad.

Tratándose de pensamiento y de valores, parecería lógico que la pelota estuviese en los tejados de la filosofía y de las religiones, y que fuesen estas fuentes de luz humana quienes una vez más tirasen del carro y llevasen el peso de la inmensa tarea que comporta reeducar a la humanidad en peso. Pero no es así, pues la filosofía apenas cuenta en el mundo actual, predominantemente científico y técnico, y las religiones han caído todas en las trampas que les pusieron las mismas instituciones que las lideran, de modo que su ineficacia para cuanto no sea el bien personal de quienes a ellas se acogen está más que probada. No parece que la salvación pueda venir por ninguna de esas dos vías. Y no obstante otras no se ven, pues está bien claro que, por altruistas que se presenten, las instituciones humanas acaban siendo un fin en sí mismas.

Las viejas religiones basadas en creencias son ricas en metodología, tienen procedimientos muy eficaces para configurar la mente de quienes a ellas se entregan, y esto es un valor que no se debiera perder. Pero cada vez tienen menos posibilidades en un mundo que lo último que está dispuesto a hacer es creer a ciegas. Las tímidas remodelaciones que ha hecho el cristianismo no bastan para la gran tarea que hay por hacer. Hoy no sirve ya aceptar que el trueno no es la voz de Dios y reconocer que Galileo estaba en lo cierto. Hoy las religiones tienen un problema mucho mayor del que han tenido a lo largo de los siglos frente al pensamiento que evolucionaba. El reto que hoy tienen es el de reconocer públicamente que todo cuanto han predicado es fruto de la mente humana. Que no es palabra de Dios sino de hombre. Sabia palabra si se quiere, pero humana. Que no hay nadie en el mundo con poderes sobrenaturales. Y que con Dios o sin él en el cielo o donde sea, es nuestra propia mente quien guía nuestros pasos por la vida. Solamente a partir de este gesto de humildad podrán recuperar su credibilidad y ponerse a la par con el pensamiento profano para llegar al gran público y hacerle una oferta honesta y universalmente válida.

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domingo, 21 de octubre de 2007

Nuestros fundamentos espirituales


Esta impactante imagen de León Ferrari me recuerda un escrito que encontré en la red en Mayo del 2004, el cual recogía parte de una intervención de Nikos Kazantzakis en la BBC de Londres en 1946, del cual copio algunos fragmentos.

«Para que una civilización se mantenga en un nivel elevado, debe establecer la armonía entre el espíritu y el alma. Esta síntesis debe ser el fin supremo de la lucha actual de la humanidad...»

«... Una civilización no puede establecerse sino sobre fundamentos espirituales. La vida política y económica está gobernada por las realizaciones espirituales del hombre. ¿Cómo podrá el hombre rehacerse interiormente en un clima de cansancio, de ansiedad y de incertidumbre? No hay sino un solo medio: movilizar todas las fuerzas de luz que están adormecidas en cada hombre y en cada pueblo...

«En este momento, no hay otra salvación. Debemos movilizar todos nuestros recursos para combatir la mentira, el odio, la pobreza y la injusticia. Debemos llevar la virtud a este mundo...

«¿Cuáles son los hombres que van a llevar adelante los recursos morales de la humanidad. No podemos esperar que este grito, este toque de llamada, el más importante de todos, venga de jefes temporales. Sólo los jefes espirituales del mundo pueden y deben cumplir esta noble misión, por sobre pasiones personales. En nuestros días la responsabilidad del pensador es muy grande. Pues las pasiones son ciegas y engendran la lucha y las fuerzas materiales que el espíritu ha colocado en las manos de los hombres son formidables. De su uso depende la salvación o la pérdida de la humanidad. Miremos claramente la época peligrosa que atravesamos y veamos cuál es el deber espiritual del hombre hoy. La belleza no basta ya, ni la verdad teórica, ni la bondad pasiva. El deber espiritual del hombre hoy día es mayor y más complejo que en el pasado. Él debe aportar el orden en el caos después de la guerra y abrir un camino. Debe descubrir y formular un nuevo grito de llamada universal, capaz de establecer la unidad, es decir la armonía entre el intelecto y el corazón. Debe hallar las palabras sencillas que una vez más van a revelar a los hombres esta verdad muy simple: los seres humanos son todos hermanos».

Tanto la imagen de Ferrari como lo dicho por Kazantzakis tras el impacto emocional de la segunda guerra mundial me sugieren algunas preguntas:

1- ¿Sobre qué fundamentos espirituales camina hoy realmente nuestra civilización?

2- ¿Quiénes son hoy día los jefes espirituales del mundo?

3- ¿Hay en la escena pública mundial personas con auténtica autoridad moral?

4- ¿Va a confiar alguien en ellas después de haber vivido tantas decepciones y engaños?

5- ¿Quiénes pueden ser esos “hombres” (supongo que Kazantzakis escribiría hoy “esas personas”) que pueden asumir tanta responsabilidad?

6- ¿Como movilizar todas esas fuerzas necesarias para combatir “la mentira”, “el odio”, “la pobreza” y “la injusticia”?

7- ¿Hay actualmente en el mundo personas, instituciones u organismos capaces de llevar a cabo esa tarea?

8- ¿Que papel pueden jugar en ello los gobiernos?

9- ¿Cómo se les puede motivar a involucrarse en este proyecto humanizador?

10- ¿Qué se puede hacer personalmente?


Éstas son algunas de las preguntas que me vienen a la mente a la vista de lo expuesto. Y para reflexionar sobre ellas y sobre las que queráis aportar pido vuestra participación. Os invito a poner vuestros comentarios y a que enviéis cuanto material os parezca interesante a la dirección de correo de este blog.

A todas y a todos, Luz, Gozo y Paz.


Pep Castelló 
 
http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2007/12/nuestros-fundamentos-espirituales_13.html

sábado, 7 de julio de 2007

Templos a la Utopía

¿Acaso espera alguien cosechar sin riegos ni cultivo?


Decía, no hace mucho, Leonardo Boff en una conferencia que la función de las religiones no es gobernar sino «generar utopía». No me sorprendió un pensamiento tan franciscano en él, pero quedó resonando en mi mente, acorde con otro expresado por Jon Sobrino, del cual tuve noticia unos meses antes, que decía «la salvación de la humanidad está en los pobres». ¡Dios! No me extraña que a punto estuviesen desde Roma de anatemizarlo. Porque ¿puede alguien elogiar la pobreza sin menoscabar la dignidad de la jerarquía eclesiástica vaticana?

Es evidente que el mundo se ve distinto según el lugar desde el cual se mira. «Dime como vives y te diré como piensas». A nadie instalado en la opulencia de occidente se le ocurriría nada parecido. Ni que la salvación del mundo esté en los pobres, ni que la función propia de la religión sea generar utopía. Porque ¿cómo atisbar ni que sea de lejos la utopía estando de pragmatismo hasta las cejas? Y ¿como confiar en la pobreza pensando solamente en la riqueza?

A veces, no muchas por desgracia, la vida nos sorprende con pensamientos o hechos fuera de lo corriente. Son instantes que calan en nuestra mente y que nos cuestionan desde lo hondo del alma nuestras más importantes certezas. Poca cosa estas breves interpelaciones al lado del lavado de cerebro permanente a que nos somete el sistema, pero mucho si se tiene en cuenta lo difícil que es en el mundo actual acceder a un zarandeo emocional del orden que sea, pues vivimos la mayor parte del tiempo con el alma dopada, anestesiada la conciencia, impermeables a todo cuanto pueda perturbar nuestro seguro caminar por las vías que los amos del mundo nos tienen señaladas.

En el mundo actual, pensar distinto suele comportar riesgo. Vivimos esclavos de quien manda, y tiramos del arreo al que estamos sujetos como el burro en la noria. Hoy como ayer, aceptamos la voluntad soberana de los amos sin cuestionarla apenas, y aun pensando las más de las veces que eso es lo mejor de todo lo posible. «No hay cadena más fuerte que la forjada en la mente del esclavo». Seguimos nuestra ruta ciegamente, sin rebeldía alguna, aceptando con sumisión cuanto nos carguen y echando a andar a la primera voz del arriero, antes de que nos caiga el palo sobre el anca. ¡Dios! ¿Dónde quedó la dignidad humana?

Pienso que lo más grave que le puede ocurrir a un ser humano es conformarse a pensar «como Vicente, como piensa la gente», sin atreverse a imaginar algo distinto de lo que siempre ha visto. Tomar por bueno el pensamiento establecido sin cuestionarlo por temor a quedar fuera del sistema y no poder gozar en adelante los beneficios que comporta la “integración”, eufemismo que sirve para designar de forma aceptable el aborregamiento. Y justamente es esto lo que ocurre de un tiempo para acá. Hay un consenso general en todo el mundo sobre el orden de valores, y no hay nadie con entidad y fuerza que se atreva o que quiera cuestionarlo. Ni gobiernos, ni iglesias, ni partidos políticos, ni intelectuales siquiera no fuese que perdiesen sus prebendas. ¿Quién va a alimentar pues la Utopía que late en lo más hondo del corazón humano y que nos ha traído hasta el lugar que estamos desde las ya remotas y olvidadas cavernas?

Debiera haber un templo a la Utopía en cada barrio y en cada pueblo, igual que hay iglesias, bibliotecas, escuelas, gimnasios, piscinas, campos de fútbol y polideportivos. Un templo con las puertas abiertas a todo el mundo que se atreva a entrar con el alma desnuda de prejuicios y arrogantes creencias. Un templo donde rendirle culto a la bondad, a la gratuidad, a los nobles sentimientos, a los deseos generosos. Un templo con liturgias humanas motivadoras, activas y plurales, al margen de cualquier religión e ideología. Un templo donde hacer volar el corazón como una cometa a la brisa del alma, de esa dimensión de la persona que nos caracteriza como seres humanos. No sé de qué modo es posible construirlo y tenerlo en activo, pero sé que hay que hacerlo. Hay que hacer esto porque difícilmente se dan cosechas sin cultivo, y raramente crecen flores sin que alguien las riegue.

OTRO MUNDO ES POSIBLE, OTRA VIDA INTERIOR ES NECESARIA.

PUBLICADO EN:
kaosenlared.net 07 07 2007